viernes, noviembre 12, 2010
Un escupitajo a las puertas del Infierno
jueves, octubre 14, 2010
¡¡¡Ter-ter-ter, gi-gi-gi, ver-ver-ver, sar-sar-sar!!!
sábado, septiembre 04, 2010
Sexting: El grito en el cielo

miércoles, septiembre 01, 2010
La alegoría del pan (parte II)

El mismo título de hace cinco años. Cómo pasa el tiempo... Pero qué importa, si la tragedia del hambre, el dolor del desamparo y el mal insoportable de las carencias no tienen tiempo; por lo visto, los poderosos de turno tampoco tienen tiempo para ocuparse de las desgracias.
Las crónicas operan como simples anécdotas, y se usan cada vez más para impartir los más recalcitrantes mensajes ideológicos a través de los medios, a fin de esclarecer a las minorías sobre los peligros de la inseguridad y la barbarie de la expropiación ejercida por los sucios, por los incultos, por los infelices voluntarios que gustan de vivir en la miseria. ¿Y quiénes son los promotores de semejante clima? Los pobres, claro, los eternos, los inmemoriales, los caballitos de batalla de las oligarquías, que sustentan sus burdos argumentos en los pelos pinchudos y en las ropas raídas de los que nada tienen.
Hace cinco años fue un accidente. El maíz se había derramado sobre las vías. Esta vez, parece que fue un boicot a un tren de carga que transportaba el dorado alimento a la ciudad de Rosario. Dicen que fue un grupo de jóvenes pertenecientes a un "asentamiento precario", eufemismo vergonzoso con el que se suele nombrar actualmente el desencuentro de la dignidad con la condición humana. "Frenaron un tren [...]. Abrieron las boquillas del contenedor, lo que provocó el derrame de toneladas de cereal y el hurto de gran cantidad de granos".
La televisión mostró imágenes de familias enteras que guardaban el maíz en sus sacos de tela, sus carretillas, sus carros de basurgas, con pala o a mano limpia, y niños juguetones que revolvían esa especie de arena picuda y doliente –donde solían arrodillarse los castigados–, como si estuvieran retozando en la playa, tal como lo hacen aquellos otros niños, esos, los del otro lado, donde la exclusión es solo una palabara difícil de escribir, cuando no desconocida.
¿Quién conoce una canción infantil que hable del maíz? Cantemos con estos niños, estos, los de este lado, donde la exclusión no se conoce como palabra, sino como llaga, como sueño decepcionado, como planta que no retoña. Cantemos, cantemos, es solo una canción, la realidad pasa por otro lado:
En mi cara redondita
tengo ojos y nariz
y también tengo una boca
para cantar y reír.
Con los ojos veo todo
con la nariz hago achís,
y con la boca yo como
tortillitas de maíz.
Ojalá nos diéramos cuenta de que hace falta un canto común para este pueblo que yace, como tantos otros pueblos, a la vera de las vías de un tren que viene del sol y va hacia la oscuridad, un pueblo anclado a la tiniebla de la desesperanza, tendido y solitario, como un cadáver sin nombre.
Hypatia
miércoles, enero 13, 2010
Del cinismo al amor
¿Qué dicen los señores de la ONU? Y el buen Obama, ¿qué clase de plegaria sugiere que elevemos por el pueblo haitiano? Y los integrantes de la represiva, invasora y sanguinaria MINUSTAH (Misión de las Naciones Unidas para la estabilización de Haití), qué acercamiento solidario proponen después de tantos ataques y asesinatos a mansalva, ante cualquier intento de autodeterminación?Hagamos algo: ya que nos levantamos tan solidarios y considerando que los funcionarios amanecieron con las caretas puestas, vistámonos de payasos y entonces sí, pongámonos a hablar de la tragedia haitiana como si fuera nueva, como si el terremoto en Port au Prince fuera la desgracia repentina, imponderable y devastadora de un pueblo hasta ahora feliz, culto, bien alimentado y longevo.
¡Cuánta tragedia! ¡Cuánto derrumbe de edificios... bueno, en su mayor parte casuchas de madera...! ¡De qué modo atroz las catástrofes no discriminan entre pobres y ricos, aun cuando los ricos de un país representen un 4 % que detenta el 64 % de la riqueza...! "No solo murieron pobres", dice algún medio. ¡Bien por las catástrofes, qué democrática tragedia!
Y ahora basta. Miremos la única imagen que circula hasta ahora:
En la foto también sobresale una nariz roja. ¿Ven esta nariz? La sangre derramada por las fuerzas de ocupación de Estados Unidos desde 1949, que se llevó quince mil almas tenía el mismo color. Luego, Papa Doc y Baby Doc Duvalier prosiguieron con la masacre durante casi treinta años y bajo las crueldades de una bandera llamada "lucha contra el comunismo", aniquilaron quién sabe cuántos miles de almas más y lograron pintar la misma escena con el mismo color rojo.Me quito la máscara para decirte que te quiero, ay Haití de la primera liberación americana, isla caliente remojada en llantos, embriagada de ron, adormecida de misterios y de ritos vudú, revuelta de animales sin rumbo y de risas infantiles que, demasiado pronto, encuentran su final, mucho antes de llegar al horizonte de montañas azules, adonde la infancia tiende a dirigirse. Es que ese horizonte nunca fue para los miserables, sino para los pocos aristócratas que hoy, por una jugarreta del destino, ya no lo pueden admirar desde su 4 % de lujosos balcones.
Te quiero Haití, y nunca me vestiré de payaso para decirte esto; es que hay que tener la cara y las manos limpias para entender que esas miradas de ángeles disecados que se ven en la foto, no se enfriaron ahora, sino en el mismo momento en que el enemigo puso su mortífero pie en la isla y terminó por diezmar los sueños de libertad, la alegría y la integridad de todo un pueblo.
Hoy es una nueva trampa; van a desamparar tu desamparo, van a rematar tu muerte.
Tus poetas que cantan: Hemos ido de manos con las sombras. Nuestro andar es un grito estacionado; tus mujeres que lloran: "todo es un gran caos, hay gritos por todas partes"; tus niños inmemoriales sin lenguaje, sin pan, sin luz, sin esperanza; todos, todos tus habitantes, vivos y muertos, yacen en mi corazón en esta hora, Haití, luna huracanada, mar de luto, flamboyán encarnado.
Hypatia
sábado, enero 03, 2009
Sudamérica: una prueba de resistencia
Érase una vez, en una provincia argentina, una pareja de ancianos llamados Custodio y Sofía. Ellos vivían en un rancho de adobe sostenido por tirantes de quebracho. Solitos, alejados de todo vestigio de civilización, se dormían cada noche acunados por el silbido portentoso del viento. Allá arriba, donde la pureza de la atmósfera transforma la muerte en vida eterna, hay millares de plantas medicinales que florecen a pesar de los tiempos y de los gobiernos. Ella, Sofía, conocía al dedillo la función de cada una. Curaba sus males y los de su marido con brebajes y emplastos de aromas profundos, inquietantes. Quién sabe qué herencia le había dejado a ella un par de aritos colgantes de plata y marquesitas que relucían atravesados de sol. Al atardecer solían tomar mate. Más tarde, comían.Dentro de esa misma mentira y como muestra de lo que significa la "mayor prueba de resistencia", el despilfarro del poder, la incitación al consumo, la afrenta a la pobreza, la invasión y el atropello que representa una caravana de rugidos atravesando cientos de pueblos, desolados o habitados, que casi siempre confunden en el mismo color tierra y covachas, también es tergiversado en maravilla, en ocasión única y especial, en grandioso privilegio para los espectadores forzados de la riqueza ajena.
Dice la crónica que el evento del rally proyectó la imagen de Buenos Aires hacia todo el mundo: los organizadores calculan que el Dakar es visto, en Europa, por unos 150 millones de telespectadores... ¿Habrá proyectado, también, los dolores de los que claman por sus necesidades debajo de las autopistas, de cara a ese horizonte de sombras que les fue legado?
Mientras el primer mundo realiza esta inversión fabulosa de dinero y energía en pro de sus negocios, aquí, en el Sur, territorio secuestrado para que funcione como el escenario de una cruel paradoja, miles y miles asistirán pasivamente al paso de esas máquinas deshumanizadoras que ya se cansaron, por lo visto, de pasearse por las hambrunas africanas.
Para esos miles y miles la prueba de resistencia es otra. Ellos invierten su fuerza, en el mejor de los casos, en la esperanza de construir el arca para ver, algún día, una ramita de laurel en el pico de una paloma que regresa.
Hypatia
martes, septiembre 30, 2008
"El asesino"

–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.
Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.
Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?
Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.
Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...
Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.
Hypatia
miércoles, septiembre 17, 2008
INVISIBLE

¿Qué sucede? Será que los horrores del sistema han logrado invisibilizar la indigencia o hacer sordos y ciegos a los que no pertenecen a esa impuesta, obligada oscuridad?
No, calma. Hubo, sin embargo, quien pudo ver lo acontecido. Se trataba de alguien que pasó al lado del auto del médico. Aquí es cuando el periodista agrega:
–Uno que pasaba al lado, le dijo: "es un cartonero", y siguió viaje.
Y digo yo: ¡Ay, ese rastro fatalmente púrpura, inconfundiblemente humano que dejó marcado el trayecto hacia la muerte! ¡Ay, esa muerte sin elocuencia: ni gritos, ni llantos, ni –¡ay!– ayes! ¡Ay, de los ayes velados y errantes de los desamparados! ¡Ay, como sufre la gente pobre!
Y me pregunto: ¿Cómo es posible que, justamente, un médico, no sea capaz de construir, entre todas las abstracciones de su ciencia aprendida, la más elemental, una que sostenga la esencia del hombre? ¿Cómo es posible que el pobre tenga la culpa de su pobreza y que en medio de proyectos humillantes, la riqueza siga detentada por los ricos y su reparto igualitario espere en el fondo de todas las utopías?
Era un cartonero, o un limpiavidrios –como quien dice, una sombra–, qué más da, si era uno de esos pobres que exceden las estadísticas, que las rebalsan, así como el concepto de desigualdad, dentro de la teoría económica, no es más que una tragedia disfrazada de palabra, una enfermedad genética que se transmite a través de las generaciones y que este médico, como tantos otros, por supuesto, es obvio que desconoce.
Como de costumbre, nadie averiguó su nombre ni cuál era el sueño que quería recuperar, en qué cielo pensaba mientras escurría sus trapos cotidianos, ni si dejó una familia trasnochada de abandono o bajo qué luna abría su ventana hacia todos esos jardines imposibles.
Pero este que murió arrastrado por una de las tantas caras de la violencia del poder, era un hombre, y vino a este mundo, no cabe duda, a dejar su huella.
He allí su rastro imborrable. Su rastro de sangre. Su estigma y su esperanza.
Hypatia
domingo, agosto 17, 2008
Esas soñadoras despiertas
Se llamaba Braulio Aurelio, una combinación tan musical como cacofónica, que más parece un piar entre las altas frondas, que es casi una onomatopeya hecha identidad, que suena a travesura del abecedario.
En los altos del Hospicio de las Mercedes –hoy "el Borda"– vivía este hombre taciturno, entre paredes grises, adustas, desprovistas, monacales.
Es de noche, no piensa ser de noche. Pero cada noche, después de haber recorrido con pasión, sendero tras sendero, el laberinto de sus ciencias –medicina y matemática, en busca de respuestas y poesía– el doctor Moyano descansaba su frente luminosa sobre la almohada de una sencilla cama de hospital. Esa era su cama; un hombre sabio, habida cuenta de su biblioteca y su ventana, como instrumento de contemplación, no necesita nada más.
Humilde, callado, introspectivo, casi triste. Él tenía un silencio de estrella parecido al que hoy, montado en el aire de los callejones de "el Moyano", se despereza en las tardes y vela, agazapado entre los viejos troncos, el sueño que sueñan despiertas, tantas mujeres que allí habitan. Es de día, no piensa ser de día.
Rimbombante, ensordecedor, fastidioso, altisonante es, en cambio, el discurso de los que pretenden ser pioneros de una supuesta "modernización" del sistema de salud mental, que esgrimen sus proyectos de política sanitaria "de vanguardia" y mientras tanto frenan en un 40 % vergonzante, las obras de reciclado de la infraestructura de un hospital que empieza a ser un modelo de institución abierta y que ha dejado, hace tiempo, de ser un "manicomio desmanicomializable".
Como si fuera poco, ciertos vecinos de la ciudad de Buenos Aires prefieren que los "locos" estén lejos y encerrados, como le corresponde a un excluido, y salen a gritar sus "aquí, no, aquí juegan mis hijos", por la televisión, por todas partes.
¿Cómo va a ser de noche si es de día? ¿Cómo va a ser de día si es de noche? ¿Creen que están hablando con un loco?
Hypatia
viernes, agosto 08, 2008
Del otro lado

Allí, los asesinos condenados y los jueces, que enfrentan impávidos los gestos de otros asesinos, aún sin condena, anunciándoles públicamente su pase a degüello. Aquí, atados al destino funesto de sus padres, dos niños yacen aniquilados debajo de un puente que no es, precisamente, el que quieren tender los politólogos de turno, enredados en una maraña de cifras, asociando meros datos, como el crecimiento del producto bruto interno, con la dignidad y el bienestar de los pueblos.
De cara a las falencias del sistema judicial, frente a la impunidad de ciertos funcionarios que engrosan las bandas de los mismos delincuentes que ellos juzgan; que son capaces de otorgar, por treinta denarios, prerrogativas a quienes no las merecen, cuando no la libertad a cualquier monstruo, es necesario entender que este país no se resignará a la derrota y que no olvidará ni el rostro ni el discurso de ninguno de sus destructores.
Hay una multitud parada en el margen de cada una de las crónicas que hablan de estos asesinatos consentidos, para responder con las palabras del poeta: No es para quedarnos en casa que hacemos una casa, no es para quedarnos en el amor que amamos, y no morimos para morir. Tenemos sed y paciencias de animal.
La impunidad insiste, en la Argentina, desde las cruentas escenas del pasado: los uniformados de hoy y de ayer, junto con todos los que se encuentran amparados en los atributos del poder, asesinan, torturan, roban, corrompen, con actitud cada vez más despiadada y sin temor al reclamo. Ahora ni siquiera intentan el olvido, la ocultación o el disimulo, simplemente se solazan en el derecho a la negligencia, a la desidia y al individualismo ebrio de indiferencia que se arrogan, contradiciendo el sentido primordial de la palabra Justicia.
El espacio jurídico está lleno de “zonas liberadas” y lo siniestro que antes se pretendía ocultar, amordazando a la prensa, hoy lo publica la democracia en las tapas de los diarios. Quizás un día hallen respuesta las preguntas más desesperadas: ¿La impunidad es anterior a la conciencia o es el fruto venenoso y postrero de quien, subido al cadáver ajeno, se siente impune?
Es hora de rescatar del silencio a la indignación, de transformar la bronca en proyecto, de acotar el delirio sin límites de los que se sienten poderosos, de exigir el castigo a los culpables (a todos los culpables), de romper el espejo que refleja la omnipotencia de los perversos, de pasar al otro lado, a ese lado del mundo donde la mayoría sufriente y silenciosa pueda restablecer los equilibrios violentados y recuperar la esperanza.
Tal parece que se hace necesario romper con las palabras y las cifras. Que los millones de desprotegidos por la justicia pasen al envés de los cómputos, de los sistemas de plástico, de los plazos, de las audiencias inservibles y de los papeles sellados hasta el hartazgo que alimentan las bocas voraces de los expedientes y sustentan la obscenidad de muchos magistrados.
Ciegos, furiosos, enardecidos, hartos, habremos de caminar hacia un futuro que no nos marque con el sello fatal de la carencia, del abuso, del desamparo o de la muerte, hasta encontrar ese mojón que indique, con la misma pretensión de la estadística, el punto exacto de la soñada aurora.
Hypatia
jueves, julio 24, 2008
Patria fría
Ahora es invierno por las calles de la Argentina. Es cuando la pobreza escala puentes y laberintos buscando nidos, pero no encuentra más que sombras congeladas. Es invierno y hace demasiado frío en esta patria que abandona a sus hijos por millones, en este país tirado a la basura, ahora con sus soles en silencio.Ya se sabe que la muerte elige sus puñales y que no le basta con la hepatitis, la tuberculosis, el chagas, la desnutrición crónica y ahora la rabia, para fulminar a los pobres. En invierno transforma el frío en epidemia y anda buscando lunas sin establos, porque sabe que es allí donde descubrirá a su presa, en toda su vulnerabilidad, acurrucada.
El 10 de julio, en el barrio de Saavedra, encontraron muerta a una mujer. En medio de las tinieblas de la sudestada, dicen que se acercó hasta el museo histórico para buscar, en vano, la gracia de un techo que la protegiera de su orfandad. En la crónica se lee que, en principio, se supone que murió por el frío. Nadie escribió su nombre.
En Dina Huapi, Río Negro, un hombre apareció muerto en la chacra de una familia del lugar. Él vivía en una casilla que había apostado en ese predio para armarse una vida, no para que fuera a buscarlo la Innombrable con el mismo estilete, aunque esta vez con un filo de quince grados bajo cero. Ella le atravesó el costado antes del amanecer. Él se llamaba Francisco.
Mujer y hombre son ahora solo ejemplos, números de números entre las crónicas que hablan de varios muertos. El viento del sur o la humedad del Plata, las lluvias del Litoral, la nieve o la nevisca de otras latitudes van tendiendo sus víctimas por el invierno como si la causa de tanto desapego con los hombres fuera la propia tierra, como si la vida y la muerte tuvieran que dirimirse por el juego azaroso de los climas y de las geografías.
Pero los que mueren de frío, ya estaban agónicos de miseria y son los que moran indefensos en el lado oscuro de un país que es incapaz de cobijar a tantos y tantos de sus hijos. Es que en esta patria no todos resultan abarcados por la misma bandera; son demasiados los que no pueden servirse de su protección, porque los símbolos de pertenencia solo cobijan hoy, en la Argentina, a los que habitan en esos selectos espacios que defienden a cacerolazos las dignas damas de narices europeas y de lozas radiantes.
Cuando se escuchan argumentos pletóricos de civismo se diría, a la luz de estas muertes, que el marco de la democracia se vuelve endeble y hasta mentiroso.
Una mujer sin nombre y un hombre llamado Francisco, y todos los demás que fueron arrasados por el frío en lo que va del invierno, en realidad, murieron de exclusión.
Y mientras caían al fondo del abismo, hay quienes dicen que pudieron ver, con una última mirada inútil de un opaco arco iris, cómo la patria, haciéndose siniestramente solidaria, se iba muriendo con ellos.
Hypatia
miércoles, julio 16, 2008
Un pan sin gloria
Casa, cobijo, dignidad son, para algunos, simples vocablos insustanciales. El patrimonio esencial de un cartonero es tan solo el caminar sobre su propia sombra. Así es como la ciudad los ve aparecer: surgiendo de la nada; bajo el desvalimiento de las luces; al borde del silencio de las plazas y al tiempo que, los que aún gozan de la vida, atrancan puertas y ventanas, por el temor de ser invadidos por la oscuridad. Mientras tanto, esas familias de ojos crepusculares, van tropezando con las cosas apenas abastecedoras que la calle, en su breve caridad, les ofrece.Hace unos años hubo un niño, en la ciudad de Córdoba, Matías Acosta, de 6 años, que murió atropellado por un auto cuando trataba de cruzar una avenida. Julio Guillermo Castillo, de 12 años, quedó con varios traumatismos al ser atropellado por un taxi, en otra avenida. Quién puede decir si Julio tuvo más suerte que Matías… Era la misma sangre de la herida más profunda, el mismo pan sin gloria que ambos ayudaban a buscar en esa triste ruta sin flechas, por donde transitan todos nuestros niños indigentes.
No es solo su memoria lo que justifica estas líneas. Todo sucede ahora, en esta tierra, ocho años después de haber atravesado las puertas de un siglo, dos mil años después de los milagros.
Es que, para los niños que crecen en las calles, la muerte descuelga sin aviso las celadas, y mientras las manos de los basurgas pliegan y despliegan amarguras hasta colmar los carros, el desamparo los enreda en un juego a cara o cruz en el que no hay una opción mejor que otra. El carácter antagónico de la vida y la muerte se va debilitando para el que intenta sobrevivir en ese laberinto sin señales que es la miseria.
Sin embargo, es bueno recordar que nadie está autorizado a empujar a nadie a las márgenes del mundo, bajo esa sentencia irrevocable del sistema que lleva a la mitad del pueblo hacia la nada mientras, en los alrededores, unos muros de piedra ponen límite a un jardín inconcluso. ¿Quién convencerá a los funcionarios de que la única luna capaz de proteger a los niños no es la que se deshace en el barro, la que se ve, con suerte, centellear en la basura, sino la que, en verdad, les pertenece por derecho propio? Me refiero a esa luna tan clara, tan dulce y proveedora como un pan del cielo.
lunes, octubre 03, 2005
Hablamos por ellos
En la hora de la exclusión y los olvidos, los desposeídos de Latinoamérica siguen siendo perseguidos para su control, su excomunión o su exterminio. Pero todas las ramas de su sangre cantan con el mismo aire. Mundos de hermanos, hombres y mujeres que se enseñan unos a otros a leer, que se curan y se cuidan entre ellos, que se consuelan y se hacen solidarios frente al hambre, la enfermedad y la tristeza, desatan un gran tráfico de sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte, aunque los asesinen a mansalva.
El rechazo social y la muerte, son la única herencia de los hombres que no tienen techo. Policías y militares son contratados para exterminar la pobreza de las calles, ya sea porque contamina los intereses de los comerciantes de la zona, o por el mero hecho de querer contar su pena.
Los hundidos -escribe Levi- aunque hubiesen tenido papel y pluma, no hubieran escrito su testimonio, porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal. Semanas y meses antes de extinguirse habían perdido ya el poder de observar, de recordar, de apreciar y de expresarse. Nosotros hablamos por ellos, por delegación.
Los justicieros privados y sus “operaciones de limpieza”, la oscuridad de las fosas comunes, los falsos profetas de las nuevas democracias latinoamericanas, no son más que la obra extendida que iniciaron en estas tierras luminosas, tantos y tantos mesías de charreteras encaramados en el poder y que la historia repite, permutando matices.
Es bueno considerar que, en este mundo en el que amanecemos cada día, la mayor parte de nuestros niños son pobres y la mayor parte de nuestros pobres son niños. Hay millones de niños que viven en la calle y los “escuadrones de la muerte” asesinan cada año, sólo en Brasil, a 7000 de estos niños.
Ya no se trata de imputabilidad o no, ni de que sean bestialmente cazados. Sencillamente son aniquilados porque se han tornado peligrosos, más aún que sus mayores. Quizá sea porque, mientras duermen a la intemperie, intentan hacer pan de sus dolores, con el sueño.
Es que el sistema peligra, la paz y los derechos de las minorías se ven amenazados por multitudes de pobres que, aún sin techo y soportando apenas las miserias a las que se los somete, se refugian en el remanso de breves y libres felicidades.
Porque ellos son el verdadero testimonio, la prueba de que el amor, sustento de la condición humana, trasciende la muerte. Y es la propia sangre de los pueblos la que escribe la experiencia, dejando asentado que jamás, ningún sobreviviente ha podido renunciar a la luz, ni a la felicidad de existir.
Hypatia
Propiedades sacrosantas
Dicen que pocos vieron prender la llama entre las manos del incendiario y que “mientras Paraguay lloraba la muerte de, al menos, 364 personas en el devastador incendio del supermercado Ycuá Bolaños”, un guardia de seguridad confesaba haber recibido la orden de clausurar las salidas. En un edificio preparado para la evacuación en situación de emergencia, en la prolija y lustrosa geometría de un rectángulo, todos quedaron atrapados, todos repetidos en el grito.
Junto con el guardia, resultaron detenidos y acusados de homicidio doloso, otros tres cuidadores, el dueño del hipermercado, su hijo y un socio. Las noticias hablaban de cien muertos más, que regresaban aturdidos, que abrían los ojos, las puertas y que clamaban con estridencias justicieras, desde las crónicas.
Era un imperativo inapelable. El amo tenía que cerrar las puertas antes de que alguien le robara algo de su sacrosanta propiedad, aunque los mentores de la ópera bufa de la cultura consumista, música ambiental del neoliberalismo, hayan sido los primeros que enajenaron los albedríos de los pueblos. Lo que ha tenido lugar en la experiencia de modernidad capitalista, dice Walter Benjamin, "no es un reanimarse auténtico, sino una galvanización de lo humano”.
Juan Pío Paiva, quien “negó los cargos y dijo no ‘sentirse culpable de lo ocurrido’”, es el propietario y quien portó, aquella vez, el nombre del monstruo. Pero todas las minorías opresoras de Latinoamérica defienden sus intereses económicos a sus anchas, poniendo al margen y sumiendo en la indigencia a millones y millones, escarneciendo a las inmensas multitudes populares, con medidas que abarcan un espectro deplorable de matices: desde el agravio del hambre, hasta la muerte que, incendio a incendio, gana al fin la tierra.
El capitalismo contemporáneo, en su forma más grosera y desastrosa, hace las cosas a su antojo. Salvar sus bienes implica, como en el genocidio paraguayo de aquel domingo, una experiencia de destrucción que configura el nuevo carácter de la barbarie. El discurso de la “democracia”, en su particular fundamentación moral, basada en la lógica de la modernización neocapitalista, no califica, seguramente, de genocidio, ese acontecimiento atroz.
Pero los muertos del Paraguay y todos los muertos de esta América que se desangra por los ríos oscuros de su existencia, reclaman otra tierra, ya no la que ahora los cobija con su deber de madre, sino una tierra donde otra manera de vivir sea posible. Una tierra que no divida a sus hijos en dos partes, una que enloquece por amor a su historia y otra a la que le avergüenza su cédula.
Un lugar donde no haya que pedir a gritos las migajas de los sueños. Un nuevo mundo, en fin, donde no haya naufragios. Un mundo construido por las mayorías, de azadón y ladrillo, propiedades sacrosantas en las manos de los soñadores.
Hypatia
Guaridas sin sol
Dicen que el asentamiento “Los Bajos” fue tomando forma sobre los médanos hace cinco años. Las casas, de una sola habitación “con techos de cañizo o chapas,” más bien son como guaridas sin sol, que casi se despeñan por las barrancas del río, donde ruedan, junto con las angustias cotidianas, toneladas de basura a las que el desamparo no se acostumbra. Pero los reclamos no encuentran ni un cerro, siquiera, que les haga eco.
Estos hombres y mujeres que alguna vez tuvieron trabajo y sueños de bienestar, que alguna vez creyeron entender que con la mera fuerza de sus manos podrían forjar un tiempo claro para ofrendar a sus hijos, caminan hoy con el corazón como un arco que ya no cabe en el pecho y a sus apellidos de familia se los tragó el abandono y el desprecio de los vecinos más pudientes, que los nombra como la “gente del río”.
Así, colectivamente, ni familia Pérez, ni familia Fernández, todos juntos y hacinados en el fondo penumbroso de la exclusión, sobreviviendo en la sordidez del hambre y de todas las carencias, en el hartazgo de las promesas incumplidas de los funcionarios comunales, en medio de un paisaje donde todo se vuelve inconsolable, agonizan eternamente, sin calma, ni ilusión.
El comedor “Bichito de Luz”, que funciona en la zona sólo cuando tiene recursos, no da abasto. El hambre y las enfermedades son, para los niños de “El Bajo”, como esas manchas de humedad en las paredes de sus casas. Extendidas, interpretables como batallas con la muerte, como almas tropezando, como multitudes de fantasmas acosándolos en el desasosiego de la noche, mientras las madres se quedan sin palabras, llorando de perplejidad en la puerta de los hospitales, cuando no consiguen los remedios para la cura y los hombres, con dedos torpes, encienden el último cigarrillo con violencia .
Cada amanecer y cada tarde y cada noche, les sabe a mate cocido y pan, como arañazos sobre las heridas del hambre. La vida conserva siempre el mismo sabor definitivo e ineludible. Salvo cuando, en ocasiones, alguien como Samuel, un “changarín desocupado que limpia el patio de pieza única con una escoba de hojas de suncho” vuelve del monte con alguna iguana o una comadreja y las desangra sobre la crónica, avergonzándose sin motivo, de su inocultable, imperiosa necesidad de ser un hombre.
Hypatia
La alegoría del pan
Dicen que previendo “un importante robo de la carga por la cercanía de las villas de emergencia”, la empresa Nuevo Central Argentino, propietaria del cereal, dispuso apostar una custodia privada. La policía también fue convocada para vigilar los cuatrocientos metros de maíz derramado. Cuatro cuadras sembradas, como si fuera un milagro, con el padre maíz, vestido de las venas, alimento del son, uva del indio.
Y qué oportunidad mejor, para aquellos que padecen hambre, de recuperar el olvidado asombro de estar vivos...
Pero lo que los guardias privados y la policía estatal custodian, en esta tierra dolorida, no es la esperanza de los pobres, sino su potencial criminalidad frente a la propiedad “ajena”. Es ésa la consigna del poder. Como si la esperanza del pan no fuera la propiedad privada, atesorada y única, de los desamparados.
La vida de pueblos enteros giraba, en nuestra hoy empobrecida América, alrededor del maíz, antes de la llegada de los españoles. Tan importante fue, que aún hoy se lo nombra como en un ritual, llamándolo “su alteza”. Ante qué otro rey pretenden los dueños de la riqueza que un hombre humilde se incline, sino ante la presencia alegórica del pan?
Pero ni aún derramada, la riqueza se distribuye entre los pobres. La desigualdad volvió a pasar, esta vez, en el tren, como carro triunfal, por las desolaciones de un barrio rosarino. El retumbar de los granos en el suelo, le cantó a la pobreza un madrigal de sueños. Quién imaginaría que alguien pudiera negar que el maíz es, en su carácter de alimento, la mínima catedral de los anhelos, el padrenuestro de la miseria?
Eran las horas de la tarde cuando el maíz, ese pedazo de pan para los pájaros, esa pequeña harina alada y vencedora, se volcó en alaridos y quedó yaciente y tentadora, en medio de la injusticia y la vergüenza.
Hypatia
La palabra perdida
A tres kilómetros de la capital de Santiago del Estero, en Añatuya, al lado de un viejo basural que afecta con su pestilencia a los barrios de San Cayetano, Villa Abregú y Triángulo Cinco, dicen que sobreviven veinticinco familias criando animales y buscando entre la basura, para poder subsistir. Y aunque la municipalidad recibió donaciones de terrenos para trasladar el basural más lejos, camino a Vinal Esquina, alguien cambió el nombre de estas familias por cualquier cosa que le fuera más útil y el basural sigue ahí, al lado de estos barrios que, antes que barrios, parecen ghettos privados de libertad y de belleza.
Entre las espirales de angustia de los hombres, la tristeza de las mujeres que, como leonas, buscan por ahí los juguetes que les llevarán a sus cachorritos y los griteríos de los niños que andan, en alegre pesquisa, esperando la descarga de los camiones, transcurre el tiempo de la pobreza, callado, a gritos o a zancadas, como sea, como se pueda.
Buscando cobre y aluminio, clasificando la furia para poder ponerse, uno que otro día, una sonrisa de legumbres, los hombres y las mujeres de estos barrios, se desgarran por sobrevivir, en un país en el que el vino se derrama y las copas viudas de la pobreza continúan vacías.
La curiosidad y el hambre de los niños, termina intoxicándolos. Un día, la panza duele todavía más que cuando no hay comida, el cielo se les hace más rabioso y la alegría termina siendo de cualquiera, menos de ellos. Internados en el hospital, intoxicados, como pequeños pájaros derribados a tiros, ven a sus madres soportar, al pie de sus camitas, una vigilia añorante de sembrados.
A la miseria de todos, a la necesidad cotidiana de encontrar una trinchera donde esconder la furia, al extenuado tránsito de una vida que se pudre en la impotencia, se suma la desgracia de tener que “convivir con la basura que arrojan comerciantes, profesionales y vecinos comunes de la ciudad. Según los pobladores ‘cuando sale viento el olor a mugre ingresa en las humildes casas y no podemos comer’. En esta zona arrojan caballos muertos, bolsas con residuos, botellas con bebidas en mal estado, entre otras cosas”.
Doña Josefina Paz, que tiene 84 años y es la que tiene más sabiduría y menos miedo, contó al cronista cómo vienen sigilosos, por las noches, a silenciarles la palabra patria con toneladas de basura.
Hypatia
Beber la muerte
Hace años que se sabe que las aguas de Los Pereyra contienen niveles mortales de arsénico y aunque la solución está a mano y es viable, una vez más se supone que el tiempo de los pobres puede y debe esperar la muerte, con paciencia.
Dicen que existe un proyecto, que insumiría 120.000 pesos en cinco meses de trabajo y brindaría una solución definitiva. Pero el Banco Mundial, que financia la mayor parte, exige que las obras se hagan con beneficiarios de planes sociales. En Los Pereyra hay pocos planes y pocos hombres como titulares. Los pocos hombres disponibles están ocupados en otros trabajos. Al no tener el cupo de obreros, la Gerencia de Empleo de la ANSES declara el proyecto “no viable”.
“Puede que todo se deba al niño que juega a los dados, al que come en silencio en un asilo, al que tiene los pies sucios o al que entierra un palo en el lodo, y el azar, la orfandad, la suciedad y la lluvia los ignoran”, como diría Olga Orozco.
Según la crónica, hubo un plan nacional alternativo que requirió de más de un crédito. Pero las normas sólo permiten otorgar uno por localidad, con lo que Los Pereyra quedó dividido entre los que se beneficiaron de la escasa voluntad política de los funcionarios y los que cayeron bajo el filo de guadaña de una burocracia homicida.
Así es como un pueblo se ahoga poco a poco en agua envenenada, que es lo mismo que decir, se ahoga en las aguas turbias de una democracia que lleva, cuando de pobres se trata, el cumplimiento de las normas a extremos inauditos. Normas que se cumplen al borde de lo inhumano, a la orilla de una crueldad que pretende llorarnos desde adentro, desgajarnos en corrientes de cal, marcarnos con agua oscura la indigencia del cuerpo.
Hypatia
Estrellas reciclables
Gatos, ratas, vida, muerte, sueños que se ahogan en las cloacas, el deber de los padres y la obediencia de los hijos, se mezclan obsesionados en miradas escrutadoras que aprendieron a separar, de una sola ojeada, el cartón de las telas, el vidrio del plástico, los restos de comida, de los tristes ácaros de la podredumbre.
Pero la realidad tiene un componente de grotesco, del cual la novela carece.
El Estado propone, a través de sus funcionarios, planes de reciclado de los residuos sólidos, como por ejemplo, la transformación del papel, recuperado en los basurales, en cartón corrugado. Dicen que es una industria que se sustenta en el trabajo de los “cirujas”, como los llaman “cariñosamente”. Dicen que así se aprovecha lo que, de otro modo, quedaría enterrado para siempre y aducen que nuestro actual sistema de recolección es, entre otras cosas, antieconómico.
Lo que no dicen los funcionarios es que, mientras el negocio que surge del “circuito informal” de la basura, representa una ganancia de entre 100 y 150 millones de pesos anuales, cada “reciclador” obtiene 150 pesos mensuales para calmar el hambre durante, a lo sumo, diez de los treinta días de ese mes. Claro que la gente que trabaja recogiendo cartones, botellas usadas, plástico y papel puede ganar, con suerte, $400 al mes, si todos los días son buenos.
Tampoco dicen que alrededor de la conmovedora imagen de los cartoneros que andan empujando sus carritos, como quien empuja la vida, sólo para creer que los espera un norte, se monta un circuito de explotación formado por distintas mafias: los acopiadores, los transportistas y la industria papelera.
“Pero siempre nos tiran el precio abajo con el cartón, y de 100 kilos que llevás, te pagan 70”, dice Osvaldo Ledesma, un mendocino que vive de la basura y que a la hora del almuerzo hace cualquier cosa menos comer y en la noche aguarda que, del cielo, arrojen a las charcas los podridos luceros.
En su acotada protesta, Osvaldo libera la voz del pobre, que pide balcones de cara a los jardines y a la luna, nunca más al aciago paisaje de los desperdicios.
Hypatia
El bicho de la miseria
En este tiempo de tormentos la vinchuca, hija del polvo brutal del desamparo, camina sobre las patas del atraso social, labrando el mal en la carne dormida de hombres y niños e invadiendo, con todo desparpajo, la serena humildad de los abrazos y el calor inocente de las cunas. Nocturna y traicionera, es el valor agregado de la miseria de nuestro Norte.
En un encuentro de 110 especialistas en Mal de Chagas de Colombia, Brasil, Uruguay, Paraguay, Inglaterra y Argentina, los expertos pusieron de manifiesto que La Rioja, Córdoba, San Juan, Formosa y Chaco se encuentran entre las provincias más comprometidas respecto al Chagas.
En América Latina, la vinchuca acecha a cien millones de pobres entre los ladrillos de los ranchos, al amparo del fuego tembloroso de las velas y bajo el frío de los gobiernos.
En menos de dos años, Carlos Chagas, esgrimiendo su ciencia como una espada, en la precariedad del nordeste brasilero, con meticulosa pasión y escasos medios reveló, en 1909, todo lo revelable acerca del “Mal del bicho”, como se lo llamaba por el año 1500.
Quién tendrá el valor, en este primer ciclo “democratizador” del milenio, de arrancarle las patas al “bicho de la miseria” pacificando el sueño de los que la padecen y cuyo deseo no busca otra cosa que algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse.

