lunes, octubre 03, 2005

La palabra perdida

¿Cómo aprenden, los pobres, el arte de morir? ¿Cuándo recobrará esta Argentina del brutal abandono, su paloma, para que los vecinos acudan a mirarla?

A tres kilómetros de la capital de Santiago del Estero, en Añatuya, al lado de un viejo basural que afecta con su pestilencia a los barrios de San Cayetano, Villa Abregú y Triángulo Cinco, dicen que sobreviven veinticinco familias criando animales y buscando entre la basura, para poder subsistir. Y aunque la municipalidad recibió donaciones de terrenos para trasladar el basural más lejos, camino a Vinal Esquina, alguien cambió el nombre de estas familias por cualquier cosa que le fuera más útil y el basural sigue ahí, al lado de estos barrios que, antes que barrios, parecen ghettos privados de libertad y de belleza.

Entre las espirales de angustia de los hombres, la tristeza de las mujeres que, como leonas, buscan por ahí los juguetes que les llevarán a sus cachorritos y los griteríos de los niños que andan, en alegre pesquisa, esperando la descarga de los camiones, transcurre el tiempo de la pobreza, callado, a gritos o a zancadas, como sea, como se pueda.

Buscando cobre y aluminio, clasificando la furia para poder ponerse, uno que otro día, una sonrisa de legumbres, los hombres y las mujeres de estos barrios, se desgarran por sobrevivir, en un país en el que el vino se derrama y las copas viudas de la pobreza continúan vacías.

La curiosidad y el hambre de los niños, termina intoxicándolos. Un día, la panza duele todavía más que cuando no hay comida, el cielo se les hace más rabioso y la alegría termina siendo de cualquiera, menos de ellos. Internados en el hospital, intoxicados, como pequeños pájaros derribados a tiros, ven a sus madres soportar, al pie de sus camitas, una vigilia añorante de sembrados.

A la miseria de todos, a la necesidad cotidiana de encontrar una trinchera donde esconder la furia, al extenuado tránsito de una vida que se pudre en la impotencia, se suma la desgracia de tener que “convivir con la basura que arrojan comerciantes, profesionales y vecinos comunes de la ciudad. Según los pobladores ‘cuando sale viento el olor a mugre ingresa en las humildes casas y no podemos comer’. En esta zona arrojan caballos muertos, bolsas con residuos, botellas con bebidas en mal estado, entre otras cosas”.

Doña Josefina Paz, que tiene 84 años y es la que tiene más sabiduría y menos miedo, contó al cronista cómo vienen sigilosos, por las noches, a silenciarles la palabra patria con toneladas de basura.

Ella sabe que sólo cuando toque la tarde su guitarra y no se vuelva a hablar de la miseria, habrán recuperado la palabra perdida.

Hypatia