lunes, octubre 03, 2005

Beber la muerte

Envenenados por la indiferencia y el desgano político de los funcionarios, los 450 habitantes de un pueblito perdido en la miseria del este tucumano, caminan, en medio de la infamia institucionalizada, hacia un final precoz y desgarradoramente injusto.

Hace años que se sabe que las aguas de Los Pereyra contienen niveles mortales de arsénico y aunque la solución está a mano y es viable, una vez más se supone que el tiempo de los pobres puede y debe esperar la muerte, con paciencia.

Dicen que existe un proyecto, que insumiría 120.000 pesos en cinco meses de trabajo y brindaría una solución definitiva. Pero el Banco Mundial, que financia la mayor parte, exige que las obras se hagan con beneficiarios de planes sociales. En Los Pereyra hay pocos planes y pocos hombres como titulares. Los pocos hombres disponibles están ocupados en otros trabajos. Al no tener el cupo de obreros, la Gerencia de Empleo de la ANSES declara el proyecto “no viable”.

“Puede que todo se deba al niño que juega a los dados, al que come en silencio en un asilo, al que tiene los pies sucios o al que entierra un palo en el lodo, y el azar, la orfandad, la suciedad y la lluvia los ignoran”, como diría Olga Orozco.

Según la crónica, hubo un plan nacional alternativo que requirió de más de un crédito. Pero las normas sólo permiten otorgar uno por localidad, con lo que Los Pereyra quedó dividido entre los que se beneficiaron de la escasa voluntad política de los funcionarios y los que cayeron bajo el filo de guadaña de una burocracia homicida.

Así es como un pueblo se ahoga poco a poco en agua envenenada, que es lo mismo que decir, se ahoga en las aguas turbias de una democracia que lleva, cuando de pobres se trata, el cumplimiento de las normas a extremos inauditos. Normas que se cumplen al borde de lo inhumano, a la orilla de una crueldad que pretende llorarnos desde adentro, desgajarnos en corrientes de cal, marcarnos con agua oscura la indigencia del cuerpo.


Hypatia