miércoles, noviembre 28, 2007

Tributo 20

Un hombre solo, una mujer, así, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada, no son nada. Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí, pensado en ti. Pensando en ti como ahora pienso (José Agustín Goytisolo, Palabras para Julia).

Ay, compañero en espejo, así en la vida como en los sueños; mártir de tu propia pregunta, ángel de ojos abiertos que, a pesar del amor y la ternura, se me sigue muriendo entre los brazos. ¿Cómo se vería el asombro desde el verde grisáceo, desde el celeste sin fondo de esos ojos tuyos, transparencia sobre transparencia, que nadie se atrevió a cerrar?

Entre mi cuerpo y tu pasión existe una distancia acrecentada, que apenas se soporta y florece un dolor, año tras año, cada octubre, en nuestra ventana desde la que no te veo llegar, aunque me asome al reclamo de cada primavera. Tengo, por si fuera poco, un recuerdo en secreto que tañe y que reniega, con cada campanada, una y mil veces más, del abuso intolerable de tu ausencia.

Yo te dedico mi fuego retrospectivo que es, quizá, más escandaloso que de costumbre, porque incluye tu herencia: un sentimiento de gracia que me volvió digna, porque me dio el honor de haberte tenido al lado de las más claras utopías; claro que, entonces, yo no sabía que desearte conmigo, era parte del mismo ensueño.

Quiero que sepas, aunque nunca lo sepas, que siempre me acuerdo de lo que un día escribiste pensando en mí. Pensando en mí, como ahora nadie piensa.

Hypatia

martes, octubre 16, 2007

Dilemas



Pensaba que, pensándote, podría apropiarme de la elocuencia del viento, de la insultante juventud de los retoños, de la desbordada intensidad de las tragedias y que, sin más, podría construir la acción que mis palabras anunciaban. Solía navegar por los océanos de las contradicciones, sólo para arribar al mismo puerto siempre, sin que importara el curso de la pasión verbal a la que me entregaba, ni sus desesperantes vericuetos sin salida.

Y mi amor era tal que disimulaba hasta la furia. Con él pintaba de verde el negro mar de la desesperanza; y mi convicción por él era tan fuerte que renegaba de todos los obstáculos y transformaba cualquier curva, por asintótica que fuera, en una sencilla intersección, tan lisa y perpendicular, tan clara y recta, que concretaba cualquier sueño como por arte de magia, es decir, como por arte; o sea, como por magia.

Habitaban en mí la furia y el deseo y estaban desatados, como en aquellos versos que un día vendí por dos monedas que ya perdieron hasta el nombre. Maravedíes, dracmas o chelines, qué más da, si yo sentía que, sintiéndote, podría vivir como pensaba y pensar como sentía que vivía.

Ahora me pregunto cómo es que la distancia transcurre por las horas y por qué el tiempo camina por cuanto sendero encuentra; y con ese dilema me entretengo para no pensarte, ni sentirte, para no tener nada que hacer, ni qué decir respecto de ninguna emoción, ni de ninguna hecatombe pasional que tu existencia imponga.

Y lo logré. De hecho, te olvidé hasta tal punto que no existe, en mi vida, una entidad parecida a la voz, ni a la mirada de ningún otro hombre que me señalen, como lo hacen las tuyas –segundo tras segundo y sin saltearse uno solo– el incisivo, el tremendo, el imperioso mandato de este olvido; el único tan fatalmente recordado.


Hypatia

martes, julio 10, 2007

Buenos Aires, 9 de julio de 2007


Llueven fractales. Flotantes, silenciosos, pacificadores.


La memoria es de agua y se nos escurre como la nostalgia, como el amor, como la vida y la muerte, tanto o más inasibles.


Es una tarde poblada de cantos improcedentes que nacen en lo alto, en las plumosas gargantas de unos pájaros fascinados; hay hologramas sobre los árboles hechizados; se escucha el crujido de unos susurros helados que resbalan sobre la tierra filosa y craquelada.


Vamos, caminemos, que no siempre se nos caerán encima fragmentitos del caos, pequeñas estrofas de poemas visuales, rasguños del cosmos, flores del infinito.


Vamos lejos, allá donde estemos al resguardo de estos espejos geométricos que sólo nos reflejan en la gracia de la Naturaleza, a la que se nos tiene impedido unirnos, desde siempre y para siempre.


Vámonos ya, deprisa; que la maravilla escapa a cada paso, que vive en el horizonte, allá, donde la nieve espera a que lleguemos para deshacer su encantamiento, justo en el segundo anterior a nuestro arribo.


Dame la mano. Quizá podamos, esta vez, imponer las rebeldías de nuestro talante, a las infamias del tiempo y a la afrenta existencial de ser mortales.


Hypatia



miércoles, junio 13, 2007

Mensaje abierto

Querida Feli:

Durante toda la tarde, traté de decirle lo que ahora intento decir. Así, con el mismo desacierto.

Usted se la pasó recorriendo el universo con sus manos y anduvo —como si conociera todos los atajos— entre las cáscaras de papas y en medio del prodigio de sus bordados chinos. Entre el cuchillo y la aguja, noté que transcurría un escaso segundo, el mismo en el que la magia acontece y se esfuma.

Sabia, intensa, enérgica. Nunca conocí una mujer así, ni en la mujer mariposa, que habitaba a mi madre, ni en el enigma de bronce, que vivía en mi abuela. No hay nadie más que, en su nombre, transporte una quimera; nadie más que, con una sola mirada, pueda abarcar el mar de orilla a orilla y el amar, de abismo a abismo.

Sangre fibrosa, deseo, culpa, tristeza; no sé si lleva las pasiones a remolque de su sombra, o es que usted las arrastra, para no perderlas, porque conserva su arrojo del todo iluminado. Diosa doméstica.

Usted me interroga como quien interroga al amor, para maldecirlo en su esquivez; para atesorar sus frutos en secreto; para censurar, en su voz, las prohibiciones, sin callarlas del todo, con palabras a medias.

Virgen enmantillada, virgen blasfemadora, cocinera de hechizos, bella. Ojalá yo tuviera las respuestas, para su sosiego.

Porque nunca me iría de su lado, me fui, pero sin desertar. Era de noche y, por un sendero frío, seguí los pasos de quién sabe quiénes, de quién sabe cuántos. Luego, un tren atravesó la niebla y no sé si me alejó o me acercó a ésa, su casa hecha de sigilos que reemplazan gritos y de ausencias que todo lo reemplazan; aunque usted y yo sabemos que todo es del todo irreemplazable.

Señora singular y planetaria. Sus abrazos hicieron que recordara a quienes nunca conocí. No sé qué azúcar le puso al pan, qué esencia al agua, ni qué alquimia practica a la hora del almuerzo, pero fue desde esa hora —agujas y cuchillos, más o menos— en que empecé a soñar, ya para siempre, con la posibilidad de conjurar, para nosotras, lo imposible.

Hypatia


sábado, abril 07, 2007

Romance de la cuscuta y el romero


Ella se mostraba frágil, pero era devoradora. Parecía poder morir, casi al mismo tiempo en que nacía. Jugaba a ser formal y daba vueltas en el sentido de las agujas del reloj. Pero eso era sólo un disimulo, porque ella sabía que dominaba el tiempo y, con eso, el amor y el mundo y todo.

De él, en cambio, cualquiera podía decir que tenía la fortaleza y el temple de los héroes. Sin embargo, su espíritu brillante florecía siempre delicado, como si se asomara al borde del violeta.

Todo él estaba atravesado por orquídeas diminutas. Era, por derecho propio, el símbolo del amor, de la salud y la alegría. Romero, rosa marina. Romero, hierba de incienso.

Y su aroma, que lo impregnaba todo, traía felicidad a la familia. Mala es la llaga que él no sana, decían. Si hasta las penas de amor mitigaba él, si se lo sabía poner a la altura del corazón de uno. Si hasta hacía magia debajo de las almohadas, para promover sueños felices a los desangelados, en sus tortuosas noches.

Altivo y alegre, como un gitano en medio del camino, Romero tenía, de torero, hasta el apellido.

Maldita la hora en que la conoció. Posesiva, enredadora, aérea, pelirroja. El, puro huésped y ella pura traición. El, tan efímero y ella capaz de renacer de sus cenizas, con su simiente resucitadora, inesperadamente viva, aún después del paso de los años.

Ni el jopo, ni el muérdago llegaron a causar a ser alguno, lo que ella le causó. Es cierto que en los extensos campos, la alfalfa amarillea, a veces; aja el paisaje, se torna esquiva y egoísta, madre abandónica de ovinos y vacunos, olvidadiza de sus antiguos dones nutricios. Pero la forma en que ella insistía en decirle Romero, usted me debilita, sólo denunciaba la secreta pasión de él, en negativo. Era ella quien le succionaba alma y sangre, médula y esencia, con la fruición de un lobo hambriento.

Así, debilitado, exhausto como estaba, un día él renunció a su tradicional resistencia, aunque nunca a su característica alegría. Y murió sin más, marchitado de lilas, en un atardecer lluvioso.

Pero un segundo antes de ese segundo, él consagró a Venus el último vestigio de su savia. Dicen que él era, sobre todo, un gran amante de la mitología.

Hypatia