Era domingo al mediodía en Asunción, cuando el cielo se invirtió como un arcano de sombras y todas las plegarias fueron una: Señor, la jaula se ha vuelto pájaro. Qué haré con el miedo? Las puertas del gran supermercado encerraban, a un tiempo, el incendio y la tragedia
Dicen que pocos vieron prender la llama entre las manos del incendiario y que “mientras Paraguay lloraba la muerte de, al menos, 364 personas en el devastador incendio del supermercado Ycuá Bolaños”, un guardia de seguridad confesaba haber recibido la orden de clausurar las salidas. En un edificio preparado para la evacuación en situación de emergencia, en la prolija y lustrosa geometría de un rectángulo, todos quedaron atrapados, todos repetidos en el grito.
Junto con el guardia, resultaron detenidos y acusados de homicidio doloso, otros tres cuidadores, el dueño del hipermercado, su hijo y un socio. Las noticias hablaban de cien muertos más, que regresaban aturdidos, que abrían los ojos, las puertas y que clamaban con estridencias justicieras, desde las crónicas.
Era un imperativo inapelable. El amo tenía que cerrar las puertas antes de que alguien le robara algo de su sacrosanta propiedad, aunque los mentores de la ópera bufa de la cultura consumista, música ambiental del neoliberalismo, hayan sido los primeros que enajenaron los albedríos de los pueblos. Lo que ha tenido lugar en la experiencia de modernidad capitalista, dice Walter Benjamin, "no es un reanimarse auténtico, sino una galvanización de lo humano”.
Juan Pío Paiva, quien “negó los cargos y dijo no ‘sentirse culpable de lo ocurrido’”, es el propietario y quien portó, aquella vez, el nombre del monstruo. Pero todas las minorías opresoras de Latinoamérica defienden sus intereses económicos a sus anchas, poniendo al margen y sumiendo en la indigencia a millones y millones, escarneciendo a las inmensas multitudes populares, con medidas que abarcan un espectro deplorable de matices: desde el agravio del hambre, hasta la muerte que, incendio a incendio, gana al fin la tierra.
El capitalismo contemporáneo, en su forma más grosera y desastrosa, hace las cosas a su antojo. Salvar sus bienes implica, como en el genocidio paraguayo de aquel domingo, una experiencia de destrucción que configura el nuevo carácter de la barbarie. El discurso de la “democracia”, en su particular fundamentación moral, basada en la lógica de la modernización neocapitalista, no califica, seguramente, de genocidio, ese acontecimiento atroz.
Pero los muertos del Paraguay y todos los muertos de esta América que se desangra por los ríos oscuros de su existencia, reclaman otra tierra, ya no la que ahora los cobija con su deber de madre, sino una tierra donde otra manera de vivir sea posible. Una tierra que no divida a sus hijos en dos partes, una que enloquece por amor a su historia y otra a la que le avergüenza su cédula.
Un lugar donde no haya que pedir a gritos las migajas de los sueños. Un nuevo mundo, en fin, donde no haya naufragios. Un mundo construido por las mayorías, de azadón y ladrillo, propiedades sacrosantas en las manos de los soñadores.
Hypatia
Dicen que pocos vieron prender la llama entre las manos del incendiario y que “mientras Paraguay lloraba la muerte de, al menos, 364 personas en el devastador incendio del supermercado Ycuá Bolaños”, un guardia de seguridad confesaba haber recibido la orden de clausurar las salidas. En un edificio preparado para la evacuación en situación de emergencia, en la prolija y lustrosa geometría de un rectángulo, todos quedaron atrapados, todos repetidos en el grito.
Junto con el guardia, resultaron detenidos y acusados de homicidio doloso, otros tres cuidadores, el dueño del hipermercado, su hijo y un socio. Las noticias hablaban de cien muertos más, que regresaban aturdidos, que abrían los ojos, las puertas y que clamaban con estridencias justicieras, desde las crónicas.
Era un imperativo inapelable. El amo tenía que cerrar las puertas antes de que alguien le robara algo de su sacrosanta propiedad, aunque los mentores de la ópera bufa de la cultura consumista, música ambiental del neoliberalismo, hayan sido los primeros que enajenaron los albedríos de los pueblos. Lo que ha tenido lugar en la experiencia de modernidad capitalista, dice Walter Benjamin, "no es un reanimarse auténtico, sino una galvanización de lo humano”.
Juan Pío Paiva, quien “negó los cargos y dijo no ‘sentirse culpable de lo ocurrido’”, es el propietario y quien portó, aquella vez, el nombre del monstruo. Pero todas las minorías opresoras de Latinoamérica defienden sus intereses económicos a sus anchas, poniendo al margen y sumiendo en la indigencia a millones y millones, escarneciendo a las inmensas multitudes populares, con medidas que abarcan un espectro deplorable de matices: desde el agravio del hambre, hasta la muerte que, incendio a incendio, gana al fin la tierra.
El capitalismo contemporáneo, en su forma más grosera y desastrosa, hace las cosas a su antojo. Salvar sus bienes implica, como en el genocidio paraguayo de aquel domingo, una experiencia de destrucción que configura el nuevo carácter de la barbarie. El discurso de la “democracia”, en su particular fundamentación moral, basada en la lógica de la modernización neocapitalista, no califica, seguramente, de genocidio, ese acontecimiento atroz.
Pero los muertos del Paraguay y todos los muertos de esta América que se desangra por los ríos oscuros de su existencia, reclaman otra tierra, ya no la que ahora los cobija con su deber de madre, sino una tierra donde otra manera de vivir sea posible. Una tierra que no divida a sus hijos en dos partes, una que enloquece por amor a su historia y otra a la que le avergüenza su cédula.
Un lugar donde no haya que pedir a gritos las migajas de los sueños. Un nuevo mundo, en fin, donde no haya naufragios. Un mundo construido por las mayorías, de azadón y ladrillo, propiedades sacrosantas en las manos de los soñadores.
Hypatia
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