
Allí, los asesinos condenados y los jueces, que enfrentan impávidos los gestos de otros asesinos, aún sin condena, anunciándoles públicamente su pase a degüello. Aquí, atados al destino funesto de sus padres, dos niños yacen aniquilados debajo de un puente que no es, precisamente, el que quieren tender los politólogos de turno, enredados en una maraña de cifras, asociando meros datos, como el crecimiento del producto bruto interno, con la dignidad y el bienestar de los pueblos.
De cara a las falencias del sistema judicial, frente a la impunidad de ciertos funcionarios que engrosan las bandas de los mismos delincuentes que ellos juzgan; que son capaces de otorgar, por treinta denarios, prerrogativas a quienes no las merecen, cuando no la libertad a cualquier monstruo, es necesario entender que este país no se resignará a la derrota y que no olvidará ni el rostro ni el discurso de ninguno de sus destructores.
Hay una multitud parada en el margen de cada una de las crónicas que hablan de estos asesinatos consentidos, para responder con las palabras del poeta: No es para quedarnos en casa que hacemos una casa, no es para quedarnos en el amor que amamos, y no morimos para morir. Tenemos sed y paciencias de animal.
La impunidad insiste, en la Argentina, desde las cruentas escenas del pasado: los uniformados de hoy y de ayer, junto con todos los que se encuentran amparados en los atributos del poder, asesinan, torturan, roban, corrompen, con actitud cada vez más despiadada y sin temor al reclamo. Ahora ni siquiera intentan el olvido, la ocultación o el disimulo, simplemente se solazan en el derecho a la negligencia, a la desidia y al individualismo ebrio de indiferencia que se arrogan, contradiciendo el sentido primordial de la palabra Justicia.
El espacio jurídico está lleno de “zonas liberadas” y lo siniestro que antes se pretendía ocultar, amordazando a la prensa, hoy lo publica la democracia en las tapas de los diarios. Quizás un día hallen respuesta las preguntas más desesperadas: ¿La impunidad es anterior a la conciencia o es el fruto venenoso y postrero de quien, subido al cadáver ajeno, se siente impune?
Es hora de rescatar del silencio a la indignación, de transformar la bronca en proyecto, de acotar el delirio sin límites de los que se sienten poderosos, de exigir el castigo a los culpables (a todos los culpables), de romper el espejo que refleja la omnipotencia de los perversos, de pasar al otro lado, a ese lado del mundo donde la mayoría sufriente y silenciosa pueda restablecer los equilibrios violentados y recuperar la esperanza.
Tal parece que se hace necesario romper con las palabras y las cifras. Que los millones de desprotegidos por la justicia pasen al envés de los cómputos, de los sistemas de plástico, de los plazos, de las audiencias inservibles y de los papeles sellados hasta el hartazgo que alimentan las bocas voraces de los expedientes y sustentan la obscenidad de muchos magistrados.
Ciegos, furiosos, enardecidos, hartos, habremos de caminar hacia un futuro que no nos marque con el sello fatal de la carencia, del abuso, del desamparo o de la muerte, hasta encontrar ese mojón que indique, con la misma pretensión de la estadística, el punto exacto de la soñada aurora.
Hypatia

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