En la hora de la exclusión y los olvidos, los desposeídos de Latinoamérica siguen siendo perseguidos para su control, su excomunión o su exterminio. Pero todas las ramas de su sangre cantan con el mismo aire. Mundos de hermanos, hombres y mujeres que se enseñan unos a otros a leer, que se curan y se cuidan entre ellos, que se consuelan y se hacen solidarios frente al hambre, la enfermedad y la tristeza, desatan un gran tráfico de sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte, aunque los asesinen a mansalva.
El rechazo social y la muerte, son la única herencia de los hombres que no tienen techo. Policías y militares son contratados para exterminar la pobreza de las calles, ya sea porque contamina los intereses de los comerciantes de la zona, o por el mero hecho de querer contar su pena.
Los hundidos -escribe Levi- aunque hubiesen tenido papel y pluma, no hubieran escrito su testimonio, porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal. Semanas y meses antes de extinguirse habían perdido ya el poder de observar, de recordar, de apreciar y de expresarse. Nosotros hablamos por ellos, por delegación.
Los justicieros privados y sus “operaciones de limpieza”, la oscuridad de las fosas comunes, los falsos profetas de las nuevas democracias latinoamericanas, no son más que la obra extendida que iniciaron en estas tierras luminosas, tantos y tantos mesías de charreteras encaramados en el poder y que la historia repite, permutando matices.
Es bueno considerar que, en este mundo en el que amanecemos cada día, la mayor parte de nuestros niños son pobres y la mayor parte de nuestros pobres son niños. Hay millones de niños que viven en la calle y los “escuadrones de la muerte” asesinan cada año, sólo en Brasil, a 7000 de estos niños.
Ya no se trata de imputabilidad o no, ni de que sean bestialmente cazados. Sencillamente son aniquilados porque se han tornado peligrosos, más aún que sus mayores. Quizá sea porque, mientras duermen a la intemperie, intentan hacer pan de sus dolores, con el sueño.
Es que el sistema peligra, la paz y los derechos de las minorías se ven amenazados por multitudes de pobres que, aún sin techo y soportando apenas las miserias a las que se los somete, se refugian en el remanso de breves y libres felicidades.
Porque ellos son el verdadero testimonio, la prueba de que el amor, sustento de la condición humana, trasciende la muerte. Y es la propia sangre de los pueblos la que escribe la experiencia, dejando asentado que jamás, ningún sobreviviente ha podido renunciar a la luz, ni a la felicidad de existir.
Hypatia