Sucedió hace unos días. Un tren cargado con maíz, descarriló en el barrio Nuevo Alberdi, al noroeste de Rosario. Siete de sus vagones, que andaban como prendidos a la sílaba final del viento, se volcaron en las vías, llenando una calle entera de granos como diamantes ciegos, como agua maciza. El paisaje –donde la miseria pende de los árboles, inalterada y omnipresente- de golpe se hizo poema.
Dicen que previendo “un importante robo de la carga por la cercanía de las villas de emergencia”, la empresa Nuevo Central Argentino, propietaria del cereal, dispuso apostar una custodia privada. La policía también fue convocada para vigilar los cuatrocientos metros de maíz derramado. Cuatro cuadras sembradas, como si fuera un milagro, con el padre maíz, vestido de las venas, alimento del son, uva del indio.
Y qué oportunidad mejor, para aquellos que padecen hambre, de recuperar el olvidado asombro de estar vivos...
Pero lo que los guardias privados y la policía estatal custodian, en esta tierra dolorida, no es la esperanza de los pobres, sino su potencial criminalidad frente a la propiedad “ajena”. Es ésa la consigna del poder. Como si la esperanza del pan no fuera la propiedad privada, atesorada y única, de los desamparados.
La vida de pueblos enteros giraba, en nuestra hoy empobrecida América, alrededor del maíz, antes de la llegada de los españoles. Tan importante fue, que aún hoy se lo nombra como en un ritual, llamándolo “su alteza”. Ante qué otro rey pretenden los dueños de la riqueza que un hombre humilde se incline, sino ante la presencia alegórica del pan?
Pero ni aún derramada, la riqueza se distribuye entre los pobres. La desigualdad volvió a pasar, esta vez, en el tren, como carro triunfal, por las desolaciones de un barrio rosarino. El retumbar de los granos en el suelo, le cantó a la pobreza un madrigal de sueños. Quién imaginaría que alguien pudiera negar que el maíz es, en su carácter de alimento, la mínima catedral de los anhelos, el padrenuestro de la miseria?
Eran las horas de la tarde cuando el maíz, ese pedazo de pan para los pájaros, esa pequeña harina alada y vencedora, se volcó en alaridos y quedó yaciente y tentadora, en medio de la injusticia y la vergüenza.
Hypatia
Dicen que previendo “un importante robo de la carga por la cercanía de las villas de emergencia”, la empresa Nuevo Central Argentino, propietaria del cereal, dispuso apostar una custodia privada. La policía también fue convocada para vigilar los cuatrocientos metros de maíz derramado. Cuatro cuadras sembradas, como si fuera un milagro, con el padre maíz, vestido de las venas, alimento del son, uva del indio.
Y qué oportunidad mejor, para aquellos que padecen hambre, de recuperar el olvidado asombro de estar vivos...
Pero lo que los guardias privados y la policía estatal custodian, en esta tierra dolorida, no es la esperanza de los pobres, sino su potencial criminalidad frente a la propiedad “ajena”. Es ésa la consigna del poder. Como si la esperanza del pan no fuera la propiedad privada, atesorada y única, de los desamparados.
La vida de pueblos enteros giraba, en nuestra hoy empobrecida América, alrededor del maíz, antes de la llegada de los españoles. Tan importante fue, que aún hoy se lo nombra como en un ritual, llamándolo “su alteza”. Ante qué otro rey pretenden los dueños de la riqueza que un hombre humilde se incline, sino ante la presencia alegórica del pan?
Pero ni aún derramada, la riqueza se distribuye entre los pobres. La desigualdad volvió a pasar, esta vez, en el tren, como carro triunfal, por las desolaciones de un barrio rosarino. El retumbar de los granos en el suelo, le cantó a la pobreza un madrigal de sueños. Quién imaginaría que alguien pudiera negar que el maíz es, en su carácter de alimento, la mínima catedral de los anhelos, el padrenuestro de la miseria?
Eran las horas de la tarde cuando el maíz, ese pedazo de pan para los pájaros, esa pequeña harina alada y vencedora, se volcó en alaridos y quedó yaciente y tentadora, en medio de la injusticia y la vergüenza.
Hypatia

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