miércoles, julio 16, 2008

Un pan sin gloria

Casa, cobijo, dignidad son, para algunos, simples vocablos insustanciales. El patrimonio esencial de un cartonero es tan solo el caminar sobre su propia sombra. Así es como la ciudad los ve aparecer: surgiendo de la nada; bajo el desvalimiento de las luces; al borde del silencio de las plazas y al tiempo que, los que aún gozan de la vida, atrancan puertas y ventanas, por el temor de ser invadidos por la oscuridad. Mientras tanto, esas familias de ojos crepusculares, van tropezando con las cosas apenas abastecedoras que la calle, en su breve caridad, les ofrece.

Hace unos años hubo un niño, en la ciudad de Córdoba, Matías Acosta, de 6 años, que murió atropellado por un auto cuando trataba de cruzar una avenida. Julio Guillermo Castillo, de 12 años, quedó con varios traumatismos al ser atropellado por un taxi, en otra avenida. Quién puede decir si Julio tuvo más suerte que Matías… Era la misma sangre de la herida más profunda, el mismo pan sin gloria que ambos ayudaban a buscar en esa triste ruta sin flechas, por donde transitan todos nuestros niños indigentes.

No es solo su memoria lo que justifica estas líneas. Todo sucede ahora, en esta tierra, ocho años después de haber atravesado las puertas de un siglo, dos mil años después de los milagros.

Es que, para los niños que crecen en las calles, la muerte descuelga sin aviso las celadas, y mientras las manos de los basurgas pliegan y despliegan amarguras hasta colmar los carros, el desamparo los enreda en un juego a cara o cruz en el que no hay una opción mejor que otra. El carácter antagónico de la vida y la muerte se va debilitando para el que intenta sobrevivir en ese laberinto sin señales que es la miseria.

Sin embargo, es bueno recordar que nadie está autorizado a empujar a nadie a las márgenes del mundo, bajo esa sentencia irrevocable del sistema que lleva a la mitad del pueblo hacia la nada mientras, en los alrededores, unos muros de piedra ponen límite a un jardín inconcluso. ¿Quién convencerá a los funcionarios de que la única luna capaz de proteger a los niños no es la que se deshace en el barro, la que se ve, con suerte, centellear en la basura, sino la que, en verdad, les pertenece por derecho propio? Me refiero a esa luna tan clara, tan dulce y proveedora como un pan del cielo.

Hypatia