Ellos viven al lado de Los Bajos de San Isidro, en el Departamento de Valle Viejo, provincia de Catamarca. Son madres y padres de familia, en situación de indigencia, rodeados de hijos traviesos que corren por el margen del río del Valle, para jugar a salpicarse con el agua de las alegrías pasajeras, mientras el grito de la miseria salta en las piedras atropellando el silencio.
Dicen que el asentamiento “Los Bajos” fue tomando forma sobre los médanos hace cinco años. Las casas, de una sola habitación “con techos de cañizo o chapas,” más bien son como guaridas sin sol, que casi se despeñan por las barrancas del río, donde ruedan, junto con las angustias cotidianas, toneladas de basura a las que el desamparo no se acostumbra. Pero los reclamos no encuentran ni un cerro, siquiera, que les haga eco.
Cuenta la crónica que “en la mayoría de los hogares hay un promedio de siete hijos; los padres son changarines y las madres desocupadas; sólo algunas personas reciben planes de empleo transitorio y todos subsisten en la marginalidad absoluta”.
Estos hombres y mujeres que alguna vez tuvieron trabajo y sueños de bienestar, que alguna vez creyeron entender que con la mera fuerza de sus manos podrían forjar un tiempo claro para ofrendar a sus hijos, caminan hoy con el corazón como un arco que ya no cabe en el pecho y a sus apellidos de familia se los tragó el abandono y el desprecio de los vecinos más pudientes, que los nombra como la “gente del río”.
Así, colectivamente, ni familia Pérez, ni familia Fernández, todos juntos y hacinados en el fondo penumbroso de la exclusión, sobreviviendo en la sordidez del hambre y de todas las carencias, en el hartazgo de las promesas incumplidas de los funcionarios comunales, en medio de un paisaje donde todo se vuelve inconsolable, agonizan eternamente, sin calma, ni ilusión.
El comedor “Bichito de Luz”, que funciona en la zona sólo cuando tiene recursos, no da abasto. El hambre y las enfermedades son, para los niños de “El Bajo”, como esas manchas de humedad en las paredes de sus casas. Extendidas, interpretables como batallas con la muerte, como almas tropezando, como multitudes de fantasmas acosándolos en el desasosiego de la noche, mientras las madres se quedan sin palabras, llorando de perplejidad en la puerta de los hospitales, cuando no consiguen los remedios para la cura y los hombres, con dedos torpes, encienden el último cigarrillo con violencia .
Cada amanecer y cada tarde y cada noche, les sabe a mate cocido y pan, como arañazos sobre las heridas del hambre. La vida conserva siempre el mismo sabor definitivo e ineludible. Salvo cuando, en ocasiones, alguien como Samuel, un “changarín desocupado que limpia el patio de pieza única con una escoba de hojas de suncho” vuelve del monte con alguna iguana o una comadreja y las desangra sobre la crónica, avergonzándose sin motivo, de su inocultable, imperiosa necesidad de ser un hombre.
Hypatia

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