Ahora es invierno por las calles de la Argentina. Es cuando la pobreza escala puentes y laberintos buscando nidos, pero no encuentra más que sombras congeladas. Es invierno y hace demasiado frío en esta patria que abandona a sus hijos por millones, en este país tirado a la basura, ahora con sus soles en silencio.Ya se sabe que la muerte elige sus puñales y que no le basta con la hepatitis, la tuberculosis, el chagas, la desnutrición crónica y ahora la rabia, para fulminar a los pobres. En invierno transforma el frío en epidemia y anda buscando lunas sin establos, porque sabe que es allí donde descubrirá a su presa, en toda su vulnerabilidad, acurrucada.
El 10 de julio, en el barrio de Saavedra, encontraron muerta a una mujer. En medio de las tinieblas de la sudestada, dicen que se acercó hasta el museo histórico para buscar, en vano, la gracia de un techo que la protegiera de su orfandad. En la crónica se lee que, en principio, se supone que murió por el frío. Nadie escribió su nombre.
En Dina Huapi, Río Negro, un hombre apareció muerto en la chacra de una familia del lugar. Él vivía en una casilla que había apostado en ese predio para armarse una vida, no para que fuera a buscarlo la Innombrable con el mismo estilete, aunque esta vez con un filo de quince grados bajo cero. Ella le atravesó el costado antes del amanecer. Él se llamaba Francisco.
Mujer y hombre son ahora solo ejemplos, números de números entre las crónicas que hablan de varios muertos. El viento del sur o la humedad del Plata, las lluvias del Litoral, la nieve o la nevisca de otras latitudes van tendiendo sus víctimas por el invierno como si la causa de tanto desapego con los hombres fuera la propia tierra, como si la vida y la muerte tuvieran que dirimirse por el juego azaroso de los climas y de las geografías.
Pero los que mueren de frío, ya estaban agónicos de miseria y son los que moran indefensos en el lado oscuro de un país que es incapaz de cobijar a tantos y tantos de sus hijos. Es que en esta patria no todos resultan abarcados por la misma bandera; son demasiados los que no pueden servirse de su protección, porque los símbolos de pertenencia solo cobijan hoy, en la Argentina, a los que habitan en esos selectos espacios que defienden a cacerolazos las dignas damas de narices europeas y de lozas radiantes.
Cuando se escuchan argumentos pletóricos de civismo se diría, a la luz de estas muertes, que el marco de la democracia se vuelve endeble y hasta mentiroso.
Una mujer sin nombre y un hombre llamado Francisco, y todos los demás que fueron arrasados por el frío en lo que va del invierno, en realidad, murieron de exclusión.
Y mientras caían al fondo del abismo, hay quienes dicen que pudieron ver, con una última mirada inútil de un opaco arco iris, cómo la patria, haciéndose siniestramente solidaria, se iba muriendo con ellos.
Hypatia

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