jueves, octubre 14, 2010

¡¡¡Ter-ter-ter, gi-gi-gi, ver-ver-ver, sar-sar-sar!!!


Quiero, porque quiero, aclarar que mi grito de alegría por la vida de los mineros de Chile nació del más entrañable sentimiento de amor por los humanos, y que fue estrictamente despojado de toda otra connotación, por eso las vivas fueron dedicadas a ellos, en primera instancia, a los rescatistas, por cojonudos, y al pueblo (y cuando digo pueblo, digo pueblo) de Chile, que es tan sufrido como inocente.

Pero como la realidad se impone y hoy me levanté analista, no puedo menos que gritar, ahora, por el modo en que se instrumentan los legítimos y sinceros sentimientos del hombre, ese ser gregario, para hacer de un episodio vergonzante –como es el derrumbe en una mina sin condiciones básicas de seguridad, que explota a sus obreros, que los sume en la miseria, que los aplasta, antes que con las piedras, con el peso siempre certero del sistema–, en una apología de la supuesta bondad, hombría de bien, solidaridad y espíritu despojado de los gobernantes, usando sin temor ni timidez el episodio, para sustentar promesas tan abarcativas que, ya de escucharlas, remiten al “poco aprieta” consabido de lo que ciertos discursos políticos pretenden abarcar.

Seré franca: si los mineros no hubieran sido encontrados, quizá no pensaría hoy en la situación de todos los mineros del mundo, como ahora lo hago, aunque nunca haya olvidado la letra encendida de mi compadre Émile Zola, en esa admirable novela suya que se llama Germinal.

A lo mejor, los treinta y tres serían una sombra más, como tantas otras sombras de muerte por distintas causas –causas que responden siempre a los mismos objetivos y a los mismos asesinos– que pasan alrededor de nosotros como pájaros nocturnos o, mejor, como murciélagos. Es cierto que amedrentan un poco, pero desaparecen rápidamente y, entonces, respiramos aliviados.

Pero estos viven. Y yo, que además de crítica me levanté esperanzada, quiero creer, porque quiero, que viven, ya no solamente para extraer las materias primas de los países donde la desigualdad social es cada vez más grande, sino para escupir en la cara de los presidentes pequeñas frases nobles, educadas, sencillas, como la que el valiente don Urzúa, a su turno, dejó salpicada en plena sonrisa de Piñera, congelándosela y poniendo en evidencia que una cosa es sonreír y otra muy distinta es sostener un rictus parecido a una sonrisa: “Que esta sea la última vez que suceda algo así”.

¡Viva Chile, mierda!, aunque algunos dirigentes se apropien de la consigna como si tuvieran una ideología capaz de sostenerla.

Hypatia











4 comentarios:

Flenning dijo...

Parece que además de analista, critica y esperanzada, también se levantó locuaz. Lo cual no es poca cosa, sobre todo en este octubre tan sin sol.
A mi, mas que el mierda de marras, me gustó que el presidente chileno hubiese tenido la revelación acerca de que Dios no le da a los hombres desafíos que no puedan superar; cada uno puede con lo que le llega.
Supongo que el aprendizaje es, por fin, comprender que cada uno puede con su alma y su destino. Los chilenos, en palabra y acto, dan prueba de ello.

Hypatia dijo...

Agradezco su comentario, pero no estoy segura de que se trate de una revelación lo de Piñera, cuando afirma lo que afirma. A mí me suena, más bien, a un estereotipo más, que es parte del discurso armado para la ocasión. De todos modos, no me atrevería a meterme con la religiosidad del hombre. Ojalá sea como usted dice, aunque sería tema de una discusión aparte. Personalmente, creo que lo que se pueda inferir de una "revelación" es un arma de doble filo. Con una revelación como esa podríamos justificar hasta el abandono del prójimo, total, cada uno puede con su destino.

Flenning dijo...

Usted no solo no cree en Piñera, algo entendible considerando la fauna política, sino que tampoco cree en mi y eso ya es más grave ;)

Hypatia dijo...

No diría que soy nihilista, aunque me reconozco un poco anárquica. Sin embargo, a usted no le creo porque me parece que usted es in-cre-í-ble.