
–¿Qué pasa? –preguntó Kevin, atragantado en sus diecisiete años, entre curioso y desafiante.
–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.
Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.
Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?
Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.
Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...
Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.
Hypatia
–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.
Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.
Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?
Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.
Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...
Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.
Hypatia

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