miércoles, septiembre 17, 2008

INVISIBLE


El periodista lo contó con absoluta sencillez, una palabra detrás de la otra, casi sin pausa, como si estuviera rezando un rosario:

Un-médico-que-iba-acompañado-de-su-mujer-arrolló-con-su-coche-a-un-limpiavidrios-lo-arrastró-cinco cuadras-entró-a-una-estación-de-servicio-a-cargar-nafta-y-solo-ahí-descubrió-al-hombre-debajo-de-su-auto. Vino-una-ambulancia-del-SAME-y-se-lo-llevó-pero-murió-en-el-camino.

¿Qué sucede? Será que los horrores del sistema han logrado invisibilizar la indigencia o hacer sordos y ciegos a los que no pertenecen a esa impuesta, obligada oscuridad?
No, calma. Hubo, sin embargo, quien pudo ver lo acontecido. Se trataba de alguien que pasó al lado del auto del médico. Aquí es cuando el periodista agrega:

–Uno que pasaba al lado, le dijo: "es un cartonero", y siguió viaje.

Y digo yo: ¡Ay, ese rastro fatalmente púrpura, inconfundiblemente humano que dejó marcado el trayecto hacia la muerte! ¡Ay, esa muerte sin elocuencia: ni gritos, ni llantos, ni –¡ay!– ayes! ¡Ay, de los ayes velados y errantes de los desamparados! ¡Ay, como sufre la gente pobre!

Y me pregunto: ¿Cómo es posible que, justamente, un médico, no sea capaz de construir, entre todas las abstracciones de su ciencia aprendida, la más elemental, una que sostenga la esencia del hombre? ¿Cómo es posible que el pobre tenga la culpa de su pobreza y que en medio de proyectos humillantes, la riqueza siga detentada por los ricos y su reparto igualitario espere en el fondo de todas las utopías?

Era un cartonero, o un limpiavidrios –como quien dice, una sombra–, qué más da, si era uno de esos pobres que exceden las estadísticas, que las rebalsan, así como el concepto de desigualdad, dentro de la teoría económica, no es más que una tragedia disfrazada de palabra, una enfermedad genética que se transmite a través de las generaciones y que este médico, como tantos otros, por supuesto, es obvio que desconoce.

Como de costumbre, nadie averiguó su nombre ni cuál era el sueño que quería recuperar, en qué cielo pensaba mientras escurría sus trapos cotidianos, ni si dejó una familia trasnochada de abandono o bajo qué luna abría su ventana hacia todos esos jardines imposibles.

Pero este que murió arrastrado por una de las tantas caras de la violencia del poder, era un hombre, y vino a este mundo, no cabe duda, a dejar su huella.

He allí su rastro imborrable. Su rastro de sangre. Su estigma y su esperanza.

Hypatia

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Y, quizás, el médico sea perdonado por edificar la excusa de salvar vidas.
Y, quizás, el cartonero sea condenado por no saber pedir con plegarias.
Y, quizás, al médico sea le de otra oportunidad, sin ser la ultima.
Y, quizás, al cartonero no basten no sé cuántos golpes de adoquines para sudar toda la agonía.
Y, quizás, el lector ya no tenga ungüentos para la fatiga, porque
Y, quizás, la muerte no signifique nada para muchos y signifique algo para algunos.