
El mismo título de hace cinco años. Cómo pasa el tiempo... Pero qué importa, si la tragedia del hambre, el dolor del desamparo y el mal insoportable de las carencias no tienen tiempo; por lo visto, los poderosos de turno tampoco tienen tiempo para ocuparse de las desgracias.
Las crónicas operan como simples anécdotas, y se usan cada vez más para impartir los más recalcitrantes mensajes ideológicos a través de los medios, a fin de esclarecer a las minorías sobre los peligros de la inseguridad y la barbarie de la expropiación ejercida por los sucios, por los incultos, por los infelices voluntarios que gustan de vivir en la miseria. ¿Y quiénes son los promotores de semejante clima? Los pobres, claro, los eternos, los inmemoriales, los caballitos de batalla de las oligarquías, que sustentan sus burdos argumentos en los pelos pinchudos y en las ropas raídas de los que nada tienen.
Hace cinco años fue un accidente. El maíz se había derramado sobre las vías. Esta vez, parece que fue un boicot a un tren de carga que transportaba el dorado alimento a la ciudad de Rosario. Dicen que fue un grupo de jóvenes pertenecientes a un "asentamiento precario", eufemismo vergonzoso con el que se suele nombrar actualmente el desencuentro de la dignidad con la condición humana. "Frenaron un tren [...]. Abrieron las boquillas del contenedor, lo que provocó el derrame de toneladas de cereal y el hurto de gran cantidad de granos".
La televisión mostró imágenes de familias enteras que guardaban el maíz en sus sacos de tela, sus carretillas, sus carros de basurgas, con pala o a mano limpia, y niños juguetones que revolvían esa especie de arena picuda y doliente –donde solían arrodillarse los castigados–, como si estuvieran retozando en la playa, tal como lo hacen aquellos otros niños, esos, los del otro lado, donde la exclusión es solo una palabara difícil de escribir, cuando no desconocida.
¿Quién conoce una canción infantil que hable del maíz? Cantemos con estos niños, estos, los de este lado, donde la exclusión no se conoce como palabra, sino como llaga, como sueño decepcionado, como planta que no retoña. Cantemos, cantemos, es solo una canción, la realidad pasa por otro lado:
En mi cara redondita
tengo ojos y nariz
y también tengo una boca
para cantar y reír.
Con los ojos veo todo
con la nariz hago achís,
y con la boca yo como
tortillitas de maíz.
Ojalá nos diéramos cuenta de que hace falta un canto común para este pueblo que yace, como tantos otros pueblos, a la vera de las vías de un tren que viene del sol y va hacia la oscuridad, un pueblo anclado a la tiniebla de la desesperanza, tendido y solitario, como un cadáver sin nombre.
Hypatia
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