miércoles, noviembre 19, 2008

Inventario


Veamos qué tengo:

El libro de un poeta muerto hace tiempo, junto al mar; dos postales; una carta esperada; una canción desesperada; mil cartas no recibidas. Los íconos de la ausencia.

Un reloj muerto de sueño, seis adornos de Navidad que no vienen de Bohemia, pero que penden año tras año su liviandad y su gracia, su secreto de familia, del hilo fino y dorado de la nostalgia. La presunción de lo eterno.

Un encendedor..., dos; dos encendedores que ya no encienden; una caja de cigarrillos intacta y vacía; música de negros y de gitanos con mal de amores. El recuerdo perpetuo de unos cuantos fuegos fatuos; hadas que extienden sus dedos iluminados para tocar algún paraíso perdido, sin lograrlo.

Un mensaje redactado en tiempos de borrachera y el vértigo, y el asombro, y el vino en cáliz para el trago fatal de su lectura; necesidades postergadas, un gran deseo incumplido. Cumbre de insatisfacciones.

Diez expresiones de afecto, dos de ternura y cinco o seis miradas de compasión. La fuerza de la amistad y la amistad forzada, que anda siempre sin fuerzas. El rastro inconfundible de los amores desamorados.

Un cinturón de suela para atarme al fetiche, ajado y a punto de partirse en dos; dos cinturones que no sostienen nada. La caída, el derrumbe, la ruina.

Abrigos con huellas de caricias; abrigos estampados con besos desconocidos; abrigos ya opacos que relumbraron bajo otros cielos. Un documento sensual de tramas que me son ajenas. Tela y telas. Las telarañas de los romances atesorados.

Archivos con cien mil diálogos...; doscientos mil, un millón. Ideas en armonía. La adrenalina del disenso. La mente con sus fantasmas, los tantos y tantos fantasmas intercambiados.

Algunos artefactos: unos, en uso; otros, vendidos. El rugido de la boca –de la boca del hambre–.

Una reminiscencia de flores de color lila; fugacidades; apuros; un cumpletristezas con esas flores que aún se secan, debajo de cada noche, al amparo de cada luna.

Una colección de exabruptos menores; una colección de exabruptos mayores; un paquete olvidable solo en el banco de una plaza. La plaza inesperada de los abrazos.

Cinco mil cafés, cinco mil juegos de magia, cincuenta mil silencios... cien, cien mil silencios. Las cinco y cincuenta mil visiones de una realidad que escapa al entendimiento, una realidad siempre imaginaria, las sombras en la Caverna.

Una montaña de preguntas, una montaña de respuestas y una montaña de incógnitas. Un paisaje neurótico, la cuna de la sublimación.

Una bufanda para el invierno; tantos inviernos... El intento de obturar la salida del caudal de agua de un dique, con la punta del dedo índice (también yo misma, parada frente a los ríos para impedir que corran al mar).

Cosas, cositas, cosones. Razón de las sinrazones. Un transitar porque sí. Surrealismo contra surrealismo, los infinitos juegos de esgrima. Un intelecto cansado. Un espíritu que enloquece al punto de no encontrarse el cuerpo –si es que hay un cuerpo que lo contiene–.

Un limón amargo, con el golpe amarillo.

Y este dolor inservible. Y esta especie de silencio heroico. Y este final sin nombre.

Hypatia








jueves, octubre 30, 2008

Un viaje


Miro, desde la ventanilla del tren, una hilera de pueblos que se suceden como las palabras. Veo. Toco, casi, una inquietud caliente, a la vez nostálgica y esperanzadora, como esas brisas que en las siestas de verano parecen anunciar el cumplimiento de los sueños, la confirmación de las promesas y la certera salvación de los milagros.

Ahora recuerdo el perfil de una mujer y se me presentan todas sus historias, sobre todo, las más desesperadas; memorizo sus gestos, tan adustos, y en medio de sus lágrimas con apariencia de piedras esculpidas, veo surgir la claridad de su sonrisa abrupta, la gracia de sus dichos, su frescura inefable, la asombrosa espontaneidad de sus metáforas.

Pienso en la vereda más angosta, pienso en mis pasos, en esos árboles al fondo de la calle, en esa calle sin fin, en infinitos de infinitos.
Se me atraganta un grito de silencio, la soledad me acompaña, el azar me determina y el desamor me ama.

Corren, corren los pueblos y las estaciones. Los pasajeros se miran unos a otros, con los ojos húmedos, como interrogándose sobre cuestiones nimias: ¿Tiene familia? ¿Está enfermo de algo? ¿Yo tengo, acaso, cara de ladrón? ¿Qué prefiere, el arroz o la ensalada? ¿Qué hará de cenar usted, cuando llegue a su casa? ¿Le pone albahaca a las comidas? ¿Ese es su hijo, su sobrino, su ahijado? ¿Qué mira? ¿Por qué me está mirando?

Siempre es así. De pronto, el pensamiento se me vuela y me paro, como de costumbre, en tiquis miquis. Trato de pensar, entonces, en cosas serias, circunspectas: en las ideas filosóficas de la historia entera, en las indagaciones de todos los pensadores que conozco, en el tiempo perdido en las incógnitas, en los juramentos de fidelidad a los conceptos.

Se hace de noche y me digo que, por fortuna, hay un destino. Una estación que a mí me pertenece, dos o tres que me esperan, humanos y animales.

Y por fin, a despecho de la velocidad que lleva la locomotora, me detengo a mirar cómo un hombre, allá lejos, detiene su marcha para ofrecerle pan a un perro vagabundo. En la fugacidad de la escena, entre la mano del hombre y el hocico del animal, se genera el sentido de todo lo que existe. Me repongo, me reconcilio, me olvido de la ausencia.

Pero el instante se pierde, como todo lo que nunca se encuentra. Luego, arribo. Desciendo. Cuando desciendo, ya es noche cerrada.


Hypatia


jueves, octubre 09, 2008

Idealismo


Una pared blanca con un punto rojo –rojo de sangre, rojo Kandinsky, rojo de luz, rojo de no importa qué, qué importa–. Delante de la pared, una mujer desnuda, de pie, anhelante, despojada, abarcadora y, paradójicamente, inmóvil. Más allá, la silueta de un hombre que se le acerca en la penumbra. Luego, un encuentro vivo que se revela, que se rebela y reniega, y que se opone y no se resigna, y no acepta, y no se adhiere jamás a ningún final anunciado.

Yo me imagino un mundo donde el amor miente su eternidad, donde las sombras solo acuden al alma para anunciar delicias y donde el único sentido de todo lo creado es el abrazo al calor de los cuerpos; sin traición, sin abandono, sin desamor, sin necesidad de milagros. Yo me imagino y armo, con lo que imagino, mi propio credo.

Creo en los ojos que consuelan; creo que en la más secreta y estrecha
intimidad se hace posible lo imposible; que la verdad se encuentra, siempre y cuando se tenga la capacidad de descifrar susurros; creo en la entrega sin razón y en ese balanceo compartido como en una danza, que no es otra cosa que una pasión entre el sueño y la vigilia.

Pero cuando me muera, ay, cuando muera, que no me empareden ni me adornen, que no me empenumbren ni me inmovilicen.

Yo solo quiero los besos que más quiero, aquellos con los que pueda desmentir mi propia muerte.

Por lo que me imagino y creo, por lo que creo y me imagino, es por eso que no te olvido. Yo no te olvido. No te olvido. No, no te olvido.

Hypatia

martes, septiembre 30, 2008

"El asesino"


–¿Qué pasa? –preguntó Kevin, atragantado en sus diecisiete años, entre curioso y desafiante.

–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.

Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.

Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?

Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.

Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...

Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.

Hypatia

miércoles, septiembre 17, 2008

INVISIBLE


El periodista lo contó con absoluta sencillez, una palabra detrás de la otra, casi sin pausa, como si estuviera rezando un rosario:

Un-médico-que-iba-acompañado-de-su-mujer-arrolló-con-su-coche-a-un-limpiavidrios-lo-arrastró-cinco cuadras-entró-a-una-estación-de-servicio-a-cargar-nafta-y-solo-ahí-descubrió-al-hombre-debajo-de-su-auto. Vino-una-ambulancia-del-SAME-y-se-lo-llevó-pero-murió-en-el-camino.

¿Qué sucede? Será que los horrores del sistema han logrado invisibilizar la indigencia o hacer sordos y ciegos a los que no pertenecen a esa impuesta, obligada oscuridad?
No, calma. Hubo, sin embargo, quien pudo ver lo acontecido. Se trataba de alguien que pasó al lado del auto del médico. Aquí es cuando el periodista agrega:

–Uno que pasaba al lado, le dijo: "es un cartonero", y siguió viaje.

Y digo yo: ¡Ay, ese rastro fatalmente púrpura, inconfundiblemente humano que dejó marcado el trayecto hacia la muerte! ¡Ay, esa muerte sin elocuencia: ni gritos, ni llantos, ni –¡ay!– ayes! ¡Ay, de los ayes velados y errantes de los desamparados! ¡Ay, como sufre la gente pobre!

Y me pregunto: ¿Cómo es posible que, justamente, un médico, no sea capaz de construir, entre todas las abstracciones de su ciencia aprendida, la más elemental, una que sostenga la esencia del hombre? ¿Cómo es posible que el pobre tenga la culpa de su pobreza y que en medio de proyectos humillantes, la riqueza siga detentada por los ricos y su reparto igualitario espere en el fondo de todas las utopías?

Era un cartonero, o un limpiavidrios –como quien dice, una sombra–, qué más da, si era uno de esos pobres que exceden las estadísticas, que las rebalsan, así como el concepto de desigualdad, dentro de la teoría económica, no es más que una tragedia disfrazada de palabra, una enfermedad genética que se transmite a través de las generaciones y que este médico, como tantos otros, por supuesto, es obvio que desconoce.

Como de costumbre, nadie averiguó su nombre ni cuál era el sueño que quería recuperar, en qué cielo pensaba mientras escurría sus trapos cotidianos, ni si dejó una familia trasnochada de abandono o bajo qué luna abría su ventana hacia todos esos jardines imposibles.

Pero este que murió arrastrado por una de las tantas caras de la violencia del poder, era un hombre, y vino a este mundo, no cabe duda, a dejar su huella.

He allí su rastro imborrable. Su rastro de sangre. Su estigma y su esperanza.

Hypatia

domingo, agosto 17, 2008

Esas soñadoras despiertas



El hospital se nombra "el Moyano", pero de don Braulio A., en honor de quien se lo bautizó un día ya lejano, solo se recuerda el primer nombre.

Se llamaba Braulio Aurelio, una combinación tan musical como cacofónica, que más parece un piar entre las altas frondas, que es casi una onomatopeya hecha identidad, que suena a travesura del abecedario.

En los altos del Hospicio de las Mercedes –hoy "el Borda"– vivía este hombre taciturno, entre paredes grises, adustas, desprovistas, monacales.

Es de noche, no piensa ser de noche. Pero cada noche, después de haber recorrido con pasión, sendero tras sendero, el laberinto de sus ciencias –medicina y matemática, en busca de respuestas y poesía– el doctor Moyano descansaba su frente luminosa sobre la almohada de una sencilla cama de hospital. Esa era su cama; un hombre sabio, habida cuenta de su biblioteca y su ventana, como instrumento de contemplación, no necesita nada más.

Humilde, callado, introspectivo, casi triste. Él tenía un silencio de estrella parecido al que hoy, montado en el aire de los callejones de "el Moyano", se despereza en las tardes y vela, agazapado entre los viejos troncos, el sueño que sueñan despiertas, tantas mujeres que allí habitan. Es de día, no piensa ser de día.

Rimbombante, ensordecedor, fastidioso, altisonante es, en cambio, el discurso de los que pretenden ser pioneros de una supuesta "modernización" del sistema de salud mental, que esgrimen sus proyectos de política sanitaria "de vanguardia" y mientras tanto frenan en un 40 % vergonzante, las obras de reciclado de la infraestructura de un hospital que empieza a ser un modelo de institución abierta y que ha dejado, hace tiempo, de ser un "manicomio desmanicomializable".

Como si fuera poco, ciertos vecinos de la ciudad de Buenos Aires prefieren que los "locos" estén lejos y encerrados, como le corresponde a un excluido, y salen a gritar sus "aquí, no, aquí juegan mis hijos", por la televisión, por todas partes.

¿Cómo va a ser de noche si es de día? ¿Cómo va a ser de día si es de noche? ¿Creen que están hablando con un loco?

Hypatia




viernes, agosto 08, 2008

Del otro lado


Allí, los asesinos condenados y los jueces, que enfrentan impávidos los gestos de otros asesinos, aún sin condena, anunciándoles públicamente su pase a degüello. Aquí, atados al destino funesto de sus padres, dos niños yacen aniquilados debajo de un puente que no es, precisamente, el que quieren tender los politólogos de turno, enredados en una maraña de cifras, asociando meros datos, como el crecimiento del producto bruto interno, con la dignidad y el bienestar de los pueblos.

De cara a las falencias del sistema judicial, frente a la impunidad de ciertos funcionarios que engrosan las bandas de los mismos delincuentes que ellos juzgan; que son capaces de otorgar, por treinta denarios, prerrogativas a quienes no las merecen, cuando no la libertad a cualquier monstruo, es necesario entender que este país no se resignará a la derrota y que no olvidará ni el rostro ni el discurso de ninguno de sus destructores.

Hay una multitud parada en el margen de cada una de las crónicas que hablan de estos asesinatos consentidos, para responder con las palabras del poeta: No es para quedarnos en casa que hacemos una casa, no es para quedarnos en el amor que amamos, y no morimos para morir. Tenemos sed y paciencias de animal.

La impunidad insiste, en la Argentina, desde las cruentas escenas del pasado: los uniformados de hoy y de ayer, junto con todos los que se encuentran amparados en los atributos del poder, asesinan, torturan, roban, corrompen, con actitud cada vez más despiadada y sin temor al reclamo. Ahora ni siquiera intentan el olvido, la ocultación o el disimulo, simplemente se solazan en el derecho a la negligencia, a la desidia y al individualismo ebrio de indiferencia que se arrogan, contradiciendo el sentido primordial de la palabra Justicia.

El espacio jurídico está lleno de “zonas liberadas” y lo siniestro que antes se pretendía ocultar, amordazando a la prensa, hoy lo publica la democracia en las tapas de los diarios. Quizás un día hallen respuesta las preguntas más desesperadas: ¿La impunidad es anterior a la conciencia o es el fruto venenoso y postrero de quien, subido al cadáver ajeno, se siente impune?

Es hora de rescatar del silencio a la indignación, de transformar la bronca en proyecto, de acotar el delirio sin límites de los que se sienten poderosos, de exigir el castigo a los culpables (a todos los culpables), de romper el espejo que refleja la omnipotencia de los perversos, de pasar al otro lado, a ese lado del mundo donde la mayoría sufriente y silenciosa pueda restablecer los equilibrios violentados y recuperar la esperanza.

Tal parece que se hace necesario romper con las palabras y las cifras. Que los millones de desprotegidos por la justicia pasen al envés de los cómputos, de los sistemas de plástico, de los plazos, de las audiencias inservibles y de los papeles sellados hasta el hartazgo que alimentan las bocas voraces de los expedientes y sustentan la obscenidad de muchos magistrados.

Ciegos, furiosos, enardecidos, hartos, habremos de caminar hacia un futuro que no nos marque con el sello fatal de la carencia, del abuso, del desamparo o de la muerte, hasta encontrar ese mojón que indique, con la misma pretensión de la estadística, el punto exacto de la soñada aurora.


Hypatia

miércoles, julio 30, 2008

El vinagre y la sed

La ciudad de Concordia, una de las más importantes de la provincia de Entre Ríos, solía ser un lugar sereno y luminoso, a orillas del río Uruguay. Las puertas se abrían muy temprano y las ancianas pasaban la hora del calor bajo la sombra aromada del naranjo. Pero el tiempo pendular que se le impone a la pobreza y que, en su eterna oscilación, no distingue entre la muerte que se vive y la vida que se muere, transformó a Concordia en una ciudad de oscuridades. Con los mayores índices de pobreza e indigencia, hoy es un lugar donde la vida de la mayoría solo se diluye en la breve tarea de latir.

Dice la crónica que los movimientos sociales vienen, desde hace tiempo, planteando una solución profunda a la alarmante desnutrición infantil y la desocupación creciente que hunde más y más en la miseria a miles de familias y que se escuchan, mientras caminan hacia algún horizonte borroneado, los reclamos de los trabajadores ocupados y desocupados para que se termine con la muerte de niños desnutridos y adultos abandonados a su suerte (...).

Ellos marchan frente al Municipio, en contra de la desnutrición y la pobreza. Ellos, que no son productores, ni grandes ni pequeños, no se amparan en el lustre de las camionetas ni los acompaña el rugir de los tractores; tampoco tienen sus representantes en ninguna comisión que los enlace al mundo de las minorías.

Ellos, los mayoritarios, marchan solos a la sombra de sus carteles y bajo la legítima, pequeña alegría de sus banderitas y aunque haya quien diga que "la historia no es nueva", ciertamente impresiona ver cómo surge, de la indiferencia de los que lo tienen todo, una comunidad donde unos son la sombra de los otros, en un juego de penumbras que se proyectan hasta el infinito, sobre el adusto murallón de la indigencia.

En esta ciudad no hay trabajo para ellos. El 54,4 % de los menores de catorce años se está muriendo de hambre. Son datos del INDEC y sería de esperar que fueran datos mentirosos, pero, por desgracia, no lo son. Porque, en verdad, no son datos, sino las vergüenzas de la historia y, frente a estas vergüenzas, ningún funcionario debería arrogarse el derecho de pronunciar discursos, como no fuera para confirmar que los niños sin canto de la pobreza, esos niños de pequeños dientes y de corazones de manjar no son admitidos en la mesa tendida de la patria. Ojalá cada una de las sílabas de los oradores que se trepan a sus tarimas triunfales pudiera desnudar la sinrazón de las inequidades, para que el alma del oyente quede temblando.

Por si no bastara con humillar a los hijos de esta tierra, hay quienes alimentan el espíritu xenófobo de los eternos discriminadores que, en defensa del mercado, afilan la arista más perversa de su análisis y terminan culpando a la “mano de obra foránea” que trabaja en la explotación de cítricos y en los obrajes madereros de la zona, de aumentar el cordón de pobreza establecido en la ciudad. Como si el dolor de un hermano fuera algo indescifrable e ignoto.

Una poesía nos provee de la pregunta: ¿quién almacenará el trigo contra el hambre? Y mientras la pregunta estalla en esta nota, todo hace pensar que la respuesta no ha llegado y que no son las palabras las que habrán de revertir el embargo del que ha sido objeto el pueblo, que se muere de una sed descomunal, que marcha solo y herido por las calles, con sus gritos elementales, cansado, casi vencido, mientras desde la lenta copa del egoísmo de los otros, rueda una gota de vinagre.

Hypatia



domingo, julio 27, 2008

Hacia mí


Para A., el hada de la valentía.


Naciste casi al amanecer. Abandonaste sin más aquel vientre oscuro que apenas te cobijaba, sin arrorrós ni caricias, sin magia, sin esplendor. Llegaste despojada del ideal que cualquier madre, por ciega y necia que sea, pone sobre sus hijos; quizás eso sea mejor y te acerque a la libertad, y el viento por los senderos te empuje a buscar respuestas sin que nunca nadie te ate a las tristes cadenas del rendir cuentas.

Naciste como un astro, así, con tus propias luces; el único regalo que recibiste fue el nombre que te dio tu padre, ese padre-Sísifo al que todos te encuentran parecida. Te diré: él es un muchacho mitad locura, mitad azúcar, que suele caminar entre la realidad y el mito; cuando está por alcanzar la gracia de tu aura blanca, vuelve a caer para volver a intentarlo, con el único objetivo de tocar tu cabeza con la punta de los dedos, que es su manera de amarte; amarte es casi todo lo que puede hacer, aunque ni siquiera lo notes y aunque no sepas en qué consisten su silencio o su tristeza.

Cuando te vi por primera vez, te pregunté si me reconocías, pero no me respondiste. Solo confiaste en mi brazo y me deslumbraste con tu perfil respingado para dormirte con aires de princesa, ajena a las acechanzas de Tánatos quien, sin embargo, tuvo la paciencia de esperar a que despertaras.

Ya podías hablar cuando te diste cuenta. Y hablaste. Eso hizo estallar la ira de cuantos quisieron desmentirte y silenciarte la voz; ellos marcaron tu boca de flor silvestre con golpes humillantes, con mentiras a gritos y quisieron cerrarla con la cobardía de los manotazos, con la infamia salvaje del desamor.

Pero soportaste el peso de la amenaza, de la presión, de la calamidad resignificada por la censura de los inmorales. Lo soportaste todo sobre tu infancia: la ausencia y el abandono
, las pesadillas y el llanto y hasta aceptaste hundirte en el océano subterráneo de lo desconsolados, con tal de no callar.

Ahora yo intento escribir –escribirte– un canto celeste, una oda elemental, un silbo del paraíso, un poema de jeroglíficos lleno de pájaros y de claros cursos de agua, que represente tu palabra y que no te abandone y que además te arrulle, noche tras noche, mientras estemos lejos.

Soy tu paloma en la ventana y soy la mitad más dolida de tu corazón.

Es por la voz de tu inocencia que ando con esta antorcha por los caminos, es para que este fuego te caliente el alma que iré hasta la altísima comarca de la verdad y hasta ese caldero que ebulle detrás del arco iris y que es donde, dicen, se cuece la justicia.

Mientras tanto, no apartes los ojos de tu pequeña hermana, bella como la noche y, llegado el momento, cuando me veas sonreír, dale la mano para cruzar el puente.

Hypatia




jueves, julio 24, 2008

Patria fría

Ahora es invierno por las calles de la Argentina. Es cuando la pobreza escala puentes y laberintos buscando nidos, pero no encuentra más que sombras congeladas. Es invierno y hace demasiado frío en esta patria que abandona a sus hijos por millones, en este país tirado a la basura, ahora con sus soles en silencio.

Ya se sabe que la muerte elige sus puñales y que no le basta con la hepatitis, la tuberculosis, el chagas, la desnutrición crónica y ahora la rabia, para fulminar a los pobres. En invierno transforma el frío en epidemia y anda buscando lunas sin establos, porque sabe que es allí donde descubrirá a su presa, en toda su vulnerabilidad, acurrucada.

El 10 de julio, en el barrio de Saavedra, encontraron muerta a una mujer. En medio de las tinieblas de la sudestada, dicen que se acercó hasta el museo histórico para buscar, en vano, la gracia de un techo que la protegiera de su orfandad. En la crónica se lee que, en principio, se supone que murió por el frío. Nadie escribió su nombre.

En Dina Huapi, Río Negro, un hombre apareció muerto en la chacra de una familia del lugar. Él vivía en una casilla que había apostado en ese predio para armarse una vida, no para que fuera a buscarlo la Innombrable con el mismo estilete, aunque esta vez con un filo de quince grados bajo cero. Ella le atravesó el costado antes del amanecer. Él se llamaba Francisco.

Mujer y hombre son ahora solo ejemplos, números de números entre las crónicas que hablan de varios muertos. El viento del sur o la humedad del Plata, las lluvias del Litoral, la nieve o la nevisca de otras latitudes van tendiendo sus víctimas por el invierno como si la causa de tanto desapego con los hombres fuera la propia tierra, como si la vida y la muerte tuvieran que dirimirse por el juego azaroso de los climas y de las geografías.

Pero los que mueren de frío, ya estaban agónicos de miseria y son los que moran indefensos en el lado oscuro de un país que es incapaz de cobijar a tantos y tantos de sus hijos. Es que en esta patria no todos resultan abarcados por la misma bandera; son demasiados los que no pueden servirse de su protección, porque los símbolos de pertenencia solo cobijan hoy, en la Argentina, a los que habitan en esos selectos espacios que defienden a cacerolazos las dignas damas de narices europeas y de lozas radiantes.

Cuando se escuchan argumentos pletóricos de civismo se diría, a la luz de estas muertes, que el marco de la democracia se vuelve endeble y hasta mentiroso.

Una mujer sin nombre y un hombre llamado Francisco, y todos los demás que fueron arrasados por el frío en lo que va del invierno, en realidad, murieron de exclusión.

Y mientras caían al fondo del abismo, hay quienes dicen que pudieron ver, con una última mirada inútil de un opaco arco iris, cómo la patria, haciéndose siniestramente solidaria, se iba muriendo con ellos.

Hypatia

miércoles, julio 16, 2008

Un pan sin gloria

Casa, cobijo, dignidad son, para algunos, simples vocablos insustanciales. El patrimonio esencial de un cartonero es tan solo el caminar sobre su propia sombra. Así es como la ciudad los ve aparecer: surgiendo de la nada; bajo el desvalimiento de las luces; al borde del silencio de las plazas y al tiempo que, los que aún gozan de la vida, atrancan puertas y ventanas, por el temor de ser invadidos por la oscuridad. Mientras tanto, esas familias de ojos crepusculares, van tropezando con las cosas apenas abastecedoras que la calle, en su breve caridad, les ofrece.

Hace unos años hubo un niño, en la ciudad de Córdoba, Matías Acosta, de 6 años, que murió atropellado por un auto cuando trataba de cruzar una avenida. Julio Guillermo Castillo, de 12 años, quedó con varios traumatismos al ser atropellado por un taxi, en otra avenida. Quién puede decir si Julio tuvo más suerte que Matías… Era la misma sangre de la herida más profunda, el mismo pan sin gloria que ambos ayudaban a buscar en esa triste ruta sin flechas, por donde transitan todos nuestros niños indigentes.

No es solo su memoria lo que justifica estas líneas. Todo sucede ahora, en esta tierra, ocho años después de haber atravesado las puertas de un siglo, dos mil años después de los milagros.

Es que, para los niños que crecen en las calles, la muerte descuelga sin aviso las celadas, y mientras las manos de los basurgas pliegan y despliegan amarguras hasta colmar los carros, el desamparo los enreda en un juego a cara o cruz en el que no hay una opción mejor que otra. El carácter antagónico de la vida y la muerte se va debilitando para el que intenta sobrevivir en ese laberinto sin señales que es la miseria.

Sin embargo, es bueno recordar que nadie está autorizado a empujar a nadie a las márgenes del mundo, bajo esa sentencia irrevocable del sistema que lleva a la mitad del pueblo hacia la nada mientras, en los alrededores, unos muros de piedra ponen límite a un jardín inconcluso. ¿Quién convencerá a los funcionarios de que la única luna capaz de proteger a los niños no es la que se deshace en el barro, la que se ve, con suerte, centellear en la basura, sino la que, en verdad, les pertenece por derecho propio? Me refiero a esa luna tan clara, tan dulce y proveedora como un pan del cielo.

Hypatia