sábado, enero 03, 2009

Sudamérica: una prueba de resistencia

Érase una vez, en una provincia argentina, una pareja de ancianos llamados Custodio y Sofía. Ellos vivían en un rancho de adobe sostenido por tirantes de quebracho. Solitos, alejados de todo vestigio de civilización, se dormían cada noche acunados por el silbido portentoso del viento. Allá arriba, donde la pureza de la atmósfera transforma la muerte en vida eterna, hay millares de plantas medicinales que florecen a pesar de los tiempos y de los gobiernos. Ella, Sofía, conocía al dedillo la función de cada una. Curaba sus males y los de su marido con brebajes y emplastos de aromas profundos, inquietantes. Quién sabe qué herencia le había dejado a ella un par de aritos colgantes de plata y marquesitas que relucían atravesados de sol. Al atardecer solían tomar mate. Más tarde, comían.

Es que las familias pobres de nuestro país tuvieron días en que la hora de comer era tan clara como sus propios sueños. Trabajadores del campo o de la ciudad asistían a sus mesas de manteles tendidos donde, con solo nombrarla, la patria se repartía entre todos, como un fruto generoso y nutricio.

Hoy, en cambio, las voces de la mitad de las madres son una flor de insomnio que, en su vigilia cotidiana, invocan al corazón mojado de la papa o a la blancura de viento de la harina, para que sus hijos puedan transitar el día. De vez en cuando, los medios presentan algún caso de desnutrición infantil, algún paneo por el laberinto de la drogadicción, alguna falacia a la que llaman muerte "accidental" por incendio, por infección, por uno que otro aspecto de la miseria física o moral de la que tantos padecen, como si se tratara de una tragedia aislada y excepcional en medio de un devenir venturoso.

Dentro de esa misma mentira y como muestra de lo que significa la "mayor prueba de resistencia", el despilfarro del poder, la incitación al consumo, la afrenta a la pobreza, la invasión y el atropello que representa una caravana de rugidos atravesando cientos de pueblos, desolados o habitados, que casi siempre confunden en el mismo color tierra y covachas, también es tergiversado en maravilla, en ocasión única y especial, en grandioso privilegio para los espectadores forzados de la riqueza ajena.

Dice la crónica que el evento del rally proyectó la imagen de Buenos Aires hacia todo el mundo: los organizadores calculan que el Dakar es visto, en Europa, por unos 150 millones de telespectadores... ¿Habrá proyectado, también, los dolores de los que claman por sus necesidades debajo de las autopistas, de cara a ese horizonte de sombras que les fue legado?

Mientras el primer mundo realiza esta inversión fabulosa de dinero y energía en pro de sus negocios, aquí, en el Sur, territorio secuestrado para que funcione como el escenario de una cruel paradoja, miles y miles asistirán pasivamente al paso de esas máquinas deshumanizadoras que ya se cansaron, por lo visto, de pasearse por las hambrunas africanas.

Para esos miles y miles la prueba de resistencia es otra. Ellos invierten su fuerza, en el mejor de los casos, en la esperanza de construir el arca para ver, algún día, una ramita de laurel en el pico de una paloma que regresa.

Hypatia

miércoles, noviembre 19, 2008

Inventario


Veamos qué tengo:

El libro de un poeta muerto hace tiempo, junto al mar; dos postales; una carta esperada; una canción desesperada; mil cartas no recibidas. Los íconos de la ausencia.

Un reloj muerto de sueño, seis adornos de Navidad que no vienen de Bohemia, pero que penden año tras año su liviandad y su gracia, su secreto de familia, del hilo fino y dorado de la nostalgia. La presunción de lo eterno.

Un encendedor..., dos; dos encendedores que ya no encienden; una caja de cigarrillos intacta y vacía; música de negros y de gitanos con mal de amores. El recuerdo perpetuo de unos cuantos fuegos fatuos; hadas que extienden sus dedos iluminados para tocar algún paraíso perdido, sin lograrlo.

Un mensaje redactado en tiempos de borrachera y el vértigo, y el asombro, y el vino en cáliz para el trago fatal de su lectura; necesidades postergadas, un gran deseo incumplido. Cumbre de insatisfacciones.

Diez expresiones de afecto, dos de ternura y cinco o seis miradas de compasión. La fuerza de la amistad y la amistad forzada, que anda siempre sin fuerzas. El rastro inconfundible de los amores desamorados.

Un cinturón de suela para atarme al fetiche, ajado y a punto de partirse en dos; dos cinturones que no sostienen nada. La caída, el derrumbe, la ruina.

Abrigos con huellas de caricias; abrigos estampados con besos desconocidos; abrigos ya opacos que relumbraron bajo otros cielos. Un documento sensual de tramas que me son ajenas. Tela y telas. Las telarañas de los romances atesorados.

Archivos con cien mil diálogos...; doscientos mil, un millón. Ideas en armonía. La adrenalina del disenso. La mente con sus fantasmas, los tantos y tantos fantasmas intercambiados.

Algunos artefactos: unos, en uso; otros, vendidos. El rugido de la boca –de la boca del hambre–.

Una reminiscencia de flores de color lila; fugacidades; apuros; un cumpletristezas con esas flores que aún se secan, debajo de cada noche, al amparo de cada luna.

Una colección de exabruptos menores; una colección de exabruptos mayores; un paquete olvidable solo en el banco de una plaza. La plaza inesperada de los abrazos.

Cinco mil cafés, cinco mil juegos de magia, cincuenta mil silencios... cien, cien mil silencios. Las cinco y cincuenta mil visiones de una realidad que escapa al entendimiento, una realidad siempre imaginaria, las sombras en la Caverna.

Una montaña de preguntas, una montaña de respuestas y una montaña de incógnitas. Un paisaje neurótico, la cuna de la sublimación.

Una bufanda para el invierno; tantos inviernos... El intento de obturar la salida del caudal de agua de un dique, con la punta del dedo índice (también yo misma, parada frente a los ríos para impedir que corran al mar).

Cosas, cositas, cosones. Razón de las sinrazones. Un transitar porque sí. Surrealismo contra surrealismo, los infinitos juegos de esgrima. Un intelecto cansado. Un espíritu que enloquece al punto de no encontrarse el cuerpo –si es que hay un cuerpo que lo contiene–.

Un limón amargo, con el golpe amarillo.

Y este dolor inservible. Y esta especie de silencio heroico. Y este final sin nombre.

Hypatia








jueves, octubre 30, 2008

Un viaje


Miro, desde la ventanilla del tren, una hilera de pueblos que se suceden como las palabras. Veo. Toco, casi, una inquietud caliente, a la vez nostálgica y esperanzadora, como esas brisas que en las siestas de verano parecen anunciar el cumplimiento de los sueños, la confirmación de las promesas y la certera salvación de los milagros.

Ahora recuerdo el perfil de una mujer y se me presentan todas sus historias, sobre todo, las más desesperadas; memorizo sus gestos, tan adustos, y en medio de sus lágrimas con apariencia de piedras esculpidas, veo surgir la claridad de su sonrisa abrupta, la gracia de sus dichos, su frescura inefable, la asombrosa espontaneidad de sus metáforas.

Pienso en la vereda más angosta, pienso en mis pasos, en esos árboles al fondo de la calle, en esa calle sin fin, en infinitos de infinitos.
Se me atraganta un grito de silencio, la soledad me acompaña, el azar me determina y el desamor me ama.

Corren, corren los pueblos y las estaciones. Los pasajeros se miran unos a otros, con los ojos húmedos, como interrogándose sobre cuestiones nimias: ¿Tiene familia? ¿Está enfermo de algo? ¿Yo tengo, acaso, cara de ladrón? ¿Qué prefiere, el arroz o la ensalada? ¿Qué hará de cenar usted, cuando llegue a su casa? ¿Le pone albahaca a las comidas? ¿Ese es su hijo, su sobrino, su ahijado? ¿Qué mira? ¿Por qué me está mirando?

Siempre es así. De pronto, el pensamiento se me vuela y me paro, como de costumbre, en tiquis miquis. Trato de pensar, entonces, en cosas serias, circunspectas: en las ideas filosóficas de la historia entera, en las indagaciones de todos los pensadores que conozco, en el tiempo perdido en las incógnitas, en los juramentos de fidelidad a los conceptos.

Se hace de noche y me digo que, por fortuna, hay un destino. Una estación que a mí me pertenece, dos o tres que me esperan, humanos y animales.

Y por fin, a despecho de la velocidad que lleva la locomotora, me detengo a mirar cómo un hombre, allá lejos, detiene su marcha para ofrecerle pan a un perro vagabundo. En la fugacidad de la escena, entre la mano del hombre y el hocico del animal, se genera el sentido de todo lo que existe. Me repongo, me reconcilio, me olvido de la ausencia.

Pero el instante se pierde, como todo lo que nunca se encuentra. Luego, arribo. Desciendo. Cuando desciendo, ya es noche cerrada.


Hypatia


jueves, octubre 09, 2008

Idealismo


Una pared blanca con un punto rojo –rojo de sangre, rojo Kandinsky, rojo de luz, rojo de no importa qué, qué importa–. Delante de la pared, una mujer desnuda, de pie, anhelante, despojada, abarcadora y, paradójicamente, inmóvil. Más allá, la silueta de un hombre que se le acerca en la penumbra. Luego, un encuentro vivo que se revela, que se rebela y reniega, y que se opone y no se resigna, y no acepta, y no se adhiere jamás a ningún final anunciado.

Yo me imagino un mundo donde el amor miente su eternidad, donde las sombras solo acuden al alma para anunciar delicias y donde el único sentido de todo lo creado es el abrazo al calor de los cuerpos; sin traición, sin abandono, sin desamor, sin necesidad de milagros. Yo me imagino y armo, con lo que imagino, mi propio credo.

Creo en los ojos que consuelan; creo que en la más secreta y estrecha
intimidad se hace posible lo imposible; que la verdad se encuentra, siempre y cuando se tenga la capacidad de descifrar susurros; creo en la entrega sin razón y en ese balanceo compartido como en una danza, que no es otra cosa que una pasión entre el sueño y la vigilia.

Pero cuando me muera, ay, cuando muera, que no me empareden ni me adornen, que no me empenumbren ni me inmovilicen.

Yo solo quiero los besos que más quiero, aquellos con los que pueda desmentir mi propia muerte.

Por lo que me imagino y creo, por lo que creo y me imagino, es por eso que no te olvido. Yo no te olvido. No te olvido. No, no te olvido.

Hypatia

martes, septiembre 30, 2008

"El asesino"


–¿Qué pasa? –preguntó Kevin, atragantado en sus diecisiete años, entre curioso y desafiante.

–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.

Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.

Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?

Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.

Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...

Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.

Hypatia

miércoles, septiembre 17, 2008

INVISIBLE


El periodista lo contó con absoluta sencillez, una palabra detrás de la otra, casi sin pausa, como si estuviera rezando un rosario:

Un-médico-que-iba-acompañado-de-su-mujer-arrolló-con-su-coche-a-un-limpiavidrios-lo-arrastró-cinco cuadras-entró-a-una-estación-de-servicio-a-cargar-nafta-y-solo-ahí-descubrió-al-hombre-debajo-de-su-auto. Vino-una-ambulancia-del-SAME-y-se-lo-llevó-pero-murió-en-el-camino.

¿Qué sucede? Será que los horrores del sistema han logrado invisibilizar la indigencia o hacer sordos y ciegos a los que no pertenecen a esa impuesta, obligada oscuridad?
No, calma. Hubo, sin embargo, quien pudo ver lo acontecido. Se trataba de alguien que pasó al lado del auto del médico. Aquí es cuando el periodista agrega:

–Uno que pasaba al lado, le dijo: "es un cartonero", y siguió viaje.

Y digo yo: ¡Ay, ese rastro fatalmente púrpura, inconfundiblemente humano que dejó marcado el trayecto hacia la muerte! ¡Ay, esa muerte sin elocuencia: ni gritos, ni llantos, ni –¡ay!– ayes! ¡Ay, de los ayes velados y errantes de los desamparados! ¡Ay, como sufre la gente pobre!

Y me pregunto: ¿Cómo es posible que, justamente, un médico, no sea capaz de construir, entre todas las abstracciones de su ciencia aprendida, la más elemental, una que sostenga la esencia del hombre? ¿Cómo es posible que el pobre tenga la culpa de su pobreza y que en medio de proyectos humillantes, la riqueza siga detentada por los ricos y su reparto igualitario espere en el fondo de todas las utopías?

Era un cartonero, o un limpiavidrios –como quien dice, una sombra–, qué más da, si era uno de esos pobres que exceden las estadísticas, que las rebalsan, así como el concepto de desigualdad, dentro de la teoría económica, no es más que una tragedia disfrazada de palabra, una enfermedad genética que se transmite a través de las generaciones y que este médico, como tantos otros, por supuesto, es obvio que desconoce.

Como de costumbre, nadie averiguó su nombre ni cuál era el sueño que quería recuperar, en qué cielo pensaba mientras escurría sus trapos cotidianos, ni si dejó una familia trasnochada de abandono o bajo qué luna abría su ventana hacia todos esos jardines imposibles.

Pero este que murió arrastrado por una de las tantas caras de la violencia del poder, era un hombre, y vino a este mundo, no cabe duda, a dejar su huella.

He allí su rastro imborrable. Su rastro de sangre. Su estigma y su esperanza.

Hypatia

domingo, agosto 17, 2008

Esas soñadoras despiertas



El hospital se nombra "el Moyano", pero de don Braulio A., en honor de quien se lo bautizó un día ya lejano, solo se recuerda el primer nombre.

Se llamaba Braulio Aurelio, una combinación tan musical como cacofónica, que más parece un piar entre las altas frondas, que es casi una onomatopeya hecha identidad, que suena a travesura del abecedario.

En los altos del Hospicio de las Mercedes –hoy "el Borda"– vivía este hombre taciturno, entre paredes grises, adustas, desprovistas, monacales.

Es de noche, no piensa ser de noche. Pero cada noche, después de haber recorrido con pasión, sendero tras sendero, el laberinto de sus ciencias –medicina y matemática, en busca de respuestas y poesía– el doctor Moyano descansaba su frente luminosa sobre la almohada de una sencilla cama de hospital. Esa era su cama; un hombre sabio, habida cuenta de su biblioteca y su ventana, como instrumento de contemplación, no necesita nada más.

Humilde, callado, introspectivo, casi triste. Él tenía un silencio de estrella parecido al que hoy, montado en el aire de los callejones de "el Moyano", se despereza en las tardes y vela, agazapado entre los viejos troncos, el sueño que sueñan despiertas, tantas mujeres que allí habitan. Es de día, no piensa ser de día.

Rimbombante, ensordecedor, fastidioso, altisonante es, en cambio, el discurso de los que pretenden ser pioneros de una supuesta "modernización" del sistema de salud mental, que esgrimen sus proyectos de política sanitaria "de vanguardia" y mientras tanto frenan en un 40 % vergonzante, las obras de reciclado de la infraestructura de un hospital que empieza a ser un modelo de institución abierta y que ha dejado, hace tiempo, de ser un "manicomio desmanicomializable".

Como si fuera poco, ciertos vecinos de la ciudad de Buenos Aires prefieren que los "locos" estén lejos y encerrados, como le corresponde a un excluido, y salen a gritar sus "aquí, no, aquí juegan mis hijos", por la televisión, por todas partes.

¿Cómo va a ser de noche si es de día? ¿Cómo va a ser de día si es de noche? ¿Creen que están hablando con un loco?

Hypatia




viernes, agosto 08, 2008

Del otro lado


Allí, los asesinos condenados y los jueces, que enfrentan impávidos los gestos de otros asesinos, aún sin condena, anunciándoles públicamente su pase a degüello. Aquí, atados al destino funesto de sus padres, dos niños yacen aniquilados debajo de un puente que no es, precisamente, el que quieren tender los politólogos de turno, enredados en una maraña de cifras, asociando meros datos, como el crecimiento del producto bruto interno, con la dignidad y el bienestar de los pueblos.

De cara a las falencias del sistema judicial, frente a la impunidad de ciertos funcionarios que engrosan las bandas de los mismos delincuentes que ellos juzgan; que son capaces de otorgar, por treinta denarios, prerrogativas a quienes no las merecen, cuando no la libertad a cualquier monstruo, es necesario entender que este país no se resignará a la derrota y que no olvidará ni el rostro ni el discurso de ninguno de sus destructores.

Hay una multitud parada en el margen de cada una de las crónicas que hablan de estos asesinatos consentidos, para responder con las palabras del poeta: No es para quedarnos en casa que hacemos una casa, no es para quedarnos en el amor que amamos, y no morimos para morir. Tenemos sed y paciencias de animal.

La impunidad insiste, en la Argentina, desde las cruentas escenas del pasado: los uniformados de hoy y de ayer, junto con todos los que se encuentran amparados en los atributos del poder, asesinan, torturan, roban, corrompen, con actitud cada vez más despiadada y sin temor al reclamo. Ahora ni siquiera intentan el olvido, la ocultación o el disimulo, simplemente se solazan en el derecho a la negligencia, a la desidia y al individualismo ebrio de indiferencia que se arrogan, contradiciendo el sentido primordial de la palabra Justicia.

El espacio jurídico está lleno de “zonas liberadas” y lo siniestro que antes se pretendía ocultar, amordazando a la prensa, hoy lo publica la democracia en las tapas de los diarios. Quizás un día hallen respuesta las preguntas más desesperadas: ¿La impunidad es anterior a la conciencia o es el fruto venenoso y postrero de quien, subido al cadáver ajeno, se siente impune?

Es hora de rescatar del silencio a la indignación, de transformar la bronca en proyecto, de acotar el delirio sin límites de los que se sienten poderosos, de exigir el castigo a los culpables (a todos los culpables), de romper el espejo que refleja la omnipotencia de los perversos, de pasar al otro lado, a ese lado del mundo donde la mayoría sufriente y silenciosa pueda restablecer los equilibrios violentados y recuperar la esperanza.

Tal parece que se hace necesario romper con las palabras y las cifras. Que los millones de desprotegidos por la justicia pasen al envés de los cómputos, de los sistemas de plástico, de los plazos, de las audiencias inservibles y de los papeles sellados hasta el hartazgo que alimentan las bocas voraces de los expedientes y sustentan la obscenidad de muchos magistrados.

Ciegos, furiosos, enardecidos, hartos, habremos de caminar hacia un futuro que no nos marque con el sello fatal de la carencia, del abuso, del desamparo o de la muerte, hasta encontrar ese mojón que indique, con la misma pretensión de la estadística, el punto exacto de la soñada aurora.


Hypatia

miércoles, julio 30, 2008

El vinagre y la sed

La ciudad de Concordia, una de las más importantes de la provincia de Entre Ríos, solía ser un lugar sereno y luminoso, a orillas del río Uruguay. Las puertas se abrían muy temprano y las ancianas pasaban la hora del calor bajo la sombra aromada del naranjo. Pero el tiempo pendular que se le impone a la pobreza y que, en su eterna oscilación, no distingue entre la muerte que se vive y la vida que se muere, transformó a Concordia en una ciudad de oscuridades. Con los mayores índices de pobreza e indigencia, hoy es un lugar donde la vida de la mayoría solo se diluye en la breve tarea de latir.

Dice la crónica que los movimientos sociales vienen, desde hace tiempo, planteando una solución profunda a la alarmante desnutrición infantil y la desocupación creciente que hunde más y más en la miseria a miles de familias y que se escuchan, mientras caminan hacia algún horizonte borroneado, los reclamos de los trabajadores ocupados y desocupados para que se termine con la muerte de niños desnutridos y adultos abandonados a su suerte (...).

Ellos marchan frente al Municipio, en contra de la desnutrición y la pobreza. Ellos, que no son productores, ni grandes ni pequeños, no se amparan en el lustre de las camionetas ni los acompaña el rugir de los tractores; tampoco tienen sus representantes en ninguna comisión que los enlace al mundo de las minorías.

Ellos, los mayoritarios, marchan solos a la sombra de sus carteles y bajo la legítima, pequeña alegría de sus banderitas y aunque haya quien diga que "la historia no es nueva", ciertamente impresiona ver cómo surge, de la indiferencia de los que lo tienen todo, una comunidad donde unos son la sombra de los otros, en un juego de penumbras que se proyectan hasta el infinito, sobre el adusto murallón de la indigencia.

En esta ciudad no hay trabajo para ellos. El 54,4 % de los menores de catorce años se está muriendo de hambre. Son datos del INDEC y sería de esperar que fueran datos mentirosos, pero, por desgracia, no lo son. Porque, en verdad, no son datos, sino las vergüenzas de la historia y, frente a estas vergüenzas, ningún funcionario debería arrogarse el derecho de pronunciar discursos, como no fuera para confirmar que los niños sin canto de la pobreza, esos niños de pequeños dientes y de corazones de manjar no son admitidos en la mesa tendida de la patria. Ojalá cada una de las sílabas de los oradores que se trepan a sus tarimas triunfales pudiera desnudar la sinrazón de las inequidades, para que el alma del oyente quede temblando.

Por si no bastara con humillar a los hijos de esta tierra, hay quienes alimentan el espíritu xenófobo de los eternos discriminadores que, en defensa del mercado, afilan la arista más perversa de su análisis y terminan culpando a la “mano de obra foránea” que trabaja en la explotación de cítricos y en los obrajes madereros de la zona, de aumentar el cordón de pobreza establecido en la ciudad. Como si el dolor de un hermano fuera algo indescifrable e ignoto.

Una poesía nos provee de la pregunta: ¿quién almacenará el trigo contra el hambre? Y mientras la pregunta estalla en esta nota, todo hace pensar que la respuesta no ha llegado y que no son las palabras las que habrán de revertir el embargo del que ha sido objeto el pueblo, que se muere de una sed descomunal, que marcha solo y herido por las calles, con sus gritos elementales, cansado, casi vencido, mientras desde la lenta copa del egoísmo de los otros, rueda una gota de vinagre.

Hypatia



domingo, julio 27, 2008

Hacia mí


Para A., el hada de la valentía.


Naciste casi al amanecer. Abandonaste sin más aquel vientre oscuro que apenas te cobijaba, sin arrorrós ni caricias, sin magia, sin esplendor. Llegaste despojada del ideal que cualquier madre, por ciega y necia que sea, pone sobre sus hijos; quizás eso sea mejor y te acerque a la libertad, y el viento por los senderos te empuje a buscar respuestas sin que nunca nadie te ate a las tristes cadenas del rendir cuentas.

Naciste como un astro, así, con tus propias luces; el único regalo que recibiste fue el nombre que te dio tu padre, ese padre-Sísifo al que todos te encuentran parecida. Te diré: él es un muchacho mitad locura, mitad azúcar, que suele caminar entre la realidad y el mito; cuando está por alcanzar la gracia de tu aura blanca, vuelve a caer para volver a intentarlo, con el único objetivo de tocar tu cabeza con la punta de los dedos, que es su manera de amarte; amarte es casi todo lo que puede hacer, aunque ni siquiera lo notes y aunque no sepas en qué consisten su silencio o su tristeza.

Cuando te vi por primera vez, te pregunté si me reconocías, pero no me respondiste. Solo confiaste en mi brazo y me deslumbraste con tu perfil respingado para dormirte con aires de princesa, ajena a las acechanzas de Tánatos quien, sin embargo, tuvo la paciencia de esperar a que despertaras.

Ya podías hablar cuando te diste cuenta. Y hablaste. Eso hizo estallar la ira de cuantos quisieron desmentirte y silenciarte la voz; ellos marcaron tu boca de flor silvestre con golpes humillantes, con mentiras a gritos y quisieron cerrarla con la cobardía de los manotazos, con la infamia salvaje del desamor.

Pero soportaste el peso de la amenaza, de la presión, de la calamidad resignificada por la censura de los inmorales. Lo soportaste todo sobre tu infancia: la ausencia y el abandono
, las pesadillas y el llanto y hasta aceptaste hundirte en el océano subterráneo de lo desconsolados, con tal de no callar.

Ahora yo intento escribir –escribirte– un canto celeste, una oda elemental, un silbo del paraíso, un poema de jeroglíficos lleno de pájaros y de claros cursos de agua, que represente tu palabra y que no te abandone y que además te arrulle, noche tras noche, mientras estemos lejos.

Soy tu paloma en la ventana y soy la mitad más dolida de tu corazón.

Es por la voz de tu inocencia que ando con esta antorcha por los caminos, es para que este fuego te caliente el alma que iré hasta la altísima comarca de la verdad y hasta ese caldero que ebulle detrás del arco iris y que es donde, dicen, se cuece la justicia.

Mientras tanto, no apartes los ojos de tu pequeña hermana, bella como la noche y, llegado el momento, cuando me veas sonreír, dale la mano para cruzar el puente.

Hypatia




jueves, julio 24, 2008

Patria fría

Ahora es invierno por las calles de la Argentina. Es cuando la pobreza escala puentes y laberintos buscando nidos, pero no encuentra más que sombras congeladas. Es invierno y hace demasiado frío en esta patria que abandona a sus hijos por millones, en este país tirado a la basura, ahora con sus soles en silencio.

Ya se sabe que la muerte elige sus puñales y que no le basta con la hepatitis, la tuberculosis, el chagas, la desnutrición crónica y ahora la rabia, para fulminar a los pobres. En invierno transforma el frío en epidemia y anda buscando lunas sin establos, porque sabe que es allí donde descubrirá a su presa, en toda su vulnerabilidad, acurrucada.

El 10 de julio, en el barrio de Saavedra, encontraron muerta a una mujer. En medio de las tinieblas de la sudestada, dicen que se acercó hasta el museo histórico para buscar, en vano, la gracia de un techo que la protegiera de su orfandad. En la crónica se lee que, en principio, se supone que murió por el frío. Nadie escribió su nombre.

En Dina Huapi, Río Negro, un hombre apareció muerto en la chacra de una familia del lugar. Él vivía en una casilla que había apostado en ese predio para armarse una vida, no para que fuera a buscarlo la Innombrable con el mismo estilete, aunque esta vez con un filo de quince grados bajo cero. Ella le atravesó el costado antes del amanecer. Él se llamaba Francisco.

Mujer y hombre son ahora solo ejemplos, números de números entre las crónicas que hablan de varios muertos. El viento del sur o la humedad del Plata, las lluvias del Litoral, la nieve o la nevisca de otras latitudes van tendiendo sus víctimas por el invierno como si la causa de tanto desapego con los hombres fuera la propia tierra, como si la vida y la muerte tuvieran que dirimirse por el juego azaroso de los climas y de las geografías.

Pero los que mueren de frío, ya estaban agónicos de miseria y son los que moran indefensos en el lado oscuro de un país que es incapaz de cobijar a tantos y tantos de sus hijos. Es que en esta patria no todos resultan abarcados por la misma bandera; son demasiados los que no pueden servirse de su protección, porque los símbolos de pertenencia solo cobijan hoy, en la Argentina, a los que habitan en esos selectos espacios que defienden a cacerolazos las dignas damas de narices europeas y de lozas radiantes.

Cuando se escuchan argumentos pletóricos de civismo se diría, a la luz de estas muertes, que el marco de la democracia se vuelve endeble y hasta mentiroso.

Una mujer sin nombre y un hombre llamado Francisco, y todos los demás que fueron arrasados por el frío en lo que va del invierno, en realidad, murieron de exclusión.

Y mientras caían al fondo del abismo, hay quienes dicen que pudieron ver, con una última mirada inútil de un opaco arco iris, cómo la patria, haciéndose siniestramente solidaria, se iba muriendo con ellos.

Hypatia

miércoles, julio 16, 2008

Un pan sin gloria

Casa, cobijo, dignidad son, para algunos, simples vocablos insustanciales. El patrimonio esencial de un cartonero es tan solo el caminar sobre su propia sombra. Así es como la ciudad los ve aparecer: surgiendo de la nada; bajo el desvalimiento de las luces; al borde del silencio de las plazas y al tiempo que, los que aún gozan de la vida, atrancan puertas y ventanas, por el temor de ser invadidos por la oscuridad. Mientras tanto, esas familias de ojos crepusculares, van tropezando con las cosas apenas abastecedoras que la calle, en su breve caridad, les ofrece.

Hace unos años hubo un niño, en la ciudad de Córdoba, Matías Acosta, de 6 años, que murió atropellado por un auto cuando trataba de cruzar una avenida. Julio Guillermo Castillo, de 12 años, quedó con varios traumatismos al ser atropellado por un taxi, en otra avenida. Quién puede decir si Julio tuvo más suerte que Matías… Era la misma sangre de la herida más profunda, el mismo pan sin gloria que ambos ayudaban a buscar en esa triste ruta sin flechas, por donde transitan todos nuestros niños indigentes.

No es solo su memoria lo que justifica estas líneas. Todo sucede ahora, en esta tierra, ocho años después de haber atravesado las puertas de un siglo, dos mil años después de los milagros.

Es que, para los niños que crecen en las calles, la muerte descuelga sin aviso las celadas, y mientras las manos de los basurgas pliegan y despliegan amarguras hasta colmar los carros, el desamparo los enreda en un juego a cara o cruz en el que no hay una opción mejor que otra. El carácter antagónico de la vida y la muerte se va debilitando para el que intenta sobrevivir en ese laberinto sin señales que es la miseria.

Sin embargo, es bueno recordar que nadie está autorizado a empujar a nadie a las márgenes del mundo, bajo esa sentencia irrevocable del sistema que lleva a la mitad del pueblo hacia la nada mientras, en los alrededores, unos muros de piedra ponen límite a un jardín inconcluso. ¿Quién convencerá a los funcionarios de que la única luna capaz de proteger a los niños no es la que se deshace en el barro, la que se ve, con suerte, centellear en la basura, sino la que, en verdad, les pertenece por derecho propio? Me refiero a esa luna tan clara, tan dulce y proveedora como un pan del cielo.

Hypatia

miércoles, noviembre 28, 2007

Tributo 20

Un hombre solo, una mujer, así, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada, no son nada. Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí, pensado en ti. Pensando en ti como ahora pienso (José Agustín Goytisolo, Palabras para Julia).

Ay, compañero en espejo, así en la vida como en los sueños; mártir de tu propia pregunta, ángel de ojos abiertos que, a pesar del amor y la ternura, se me sigue muriendo entre los brazos. ¿Cómo se vería el asombro desde el verde grisáceo, desde el celeste sin fondo de esos ojos tuyos, transparencia sobre transparencia, que nadie se atrevió a cerrar?

Entre mi cuerpo y tu pasión existe una distancia acrecentada, que apenas se soporta y florece un dolor, año tras año, cada octubre, en nuestra ventana desde la que no te veo llegar, aunque me asome al reclamo de cada primavera. Tengo, por si fuera poco, un recuerdo en secreto que tañe y que reniega, con cada campanada, una y mil veces más, del abuso intolerable de tu ausencia.

Yo te dedico mi fuego retrospectivo que es, quizá, más escandaloso que de costumbre, porque incluye tu herencia: un sentimiento de gracia que me volvió digna, porque me dio el honor de haberte tenido al lado de las más claras utopías; claro que, entonces, yo no sabía que desearte conmigo, era parte del mismo ensueño.

Quiero que sepas, aunque nunca lo sepas, que siempre me acuerdo de lo que un día escribiste pensando en mí. Pensando en mí, como ahora nadie piensa.

Hypatia

martes, octubre 16, 2007

Dilemas



Pensaba que, pensándote, podría apropiarme de la elocuencia del viento, de la insultante juventud de los retoños, de la desbordada intensidad de las tragedias y que, sin más, podría construir la acción que mis palabras anunciaban. Solía navegar por los océanos de las contradicciones, sólo para arribar al mismo puerto siempre, sin que importara el curso de la pasión verbal a la que me entregaba, ni sus desesperantes vericuetos sin salida.

Y mi amor era tal que disimulaba hasta la furia. Con él pintaba de verde el negro mar de la desesperanza; y mi convicción por él era tan fuerte que renegaba de todos los obstáculos y transformaba cualquier curva, por asintótica que fuera, en una sencilla intersección, tan lisa y perpendicular, tan clara y recta, que concretaba cualquier sueño como por arte de magia, es decir, como por arte; o sea, como por magia.

Habitaban en mí la furia y el deseo y estaban desatados, como en aquellos versos que un día vendí por dos monedas que ya perdieron hasta el nombre. Maravedíes, dracmas o chelines, qué más da, si yo sentía que, sintiéndote, podría vivir como pensaba y pensar como sentía que vivía.

Ahora me pregunto cómo es que la distancia transcurre por las horas y por qué el tiempo camina por cuanto sendero encuentra; y con ese dilema me entretengo para no pensarte, ni sentirte, para no tener nada que hacer, ni qué decir respecto de ninguna emoción, ni de ninguna hecatombe pasional que tu existencia imponga.

Y lo logré. De hecho, te olvidé hasta tal punto que no existe, en mi vida, una entidad parecida a la voz, ni a la mirada de ningún otro hombre que me señalen, como lo hacen las tuyas –segundo tras segundo y sin saltearse uno solo– el incisivo, el tremendo, el imperioso mandato de este olvido; el único tan fatalmente recordado.


Hypatia

martes, julio 10, 2007

Buenos Aires, 9 de julio de 2007


Llueven fractales. Flotantes, silenciosos, pacificadores.


La memoria es de agua y se nos escurre como la nostalgia, como el amor, como la vida y la muerte, tanto o más inasibles.


Es una tarde poblada de cantos improcedentes que nacen en lo alto, en las plumosas gargantas de unos pájaros fascinados; hay hologramas sobre los árboles hechizados; se escucha el crujido de unos susurros helados que resbalan sobre la tierra filosa y craquelada.


Vamos, caminemos, que no siempre se nos caerán encima fragmentitos del caos, pequeñas estrofas de poemas visuales, rasguños del cosmos, flores del infinito.


Vamos lejos, allá donde estemos al resguardo de estos espejos geométricos que sólo nos reflejan en la gracia de la Naturaleza, a la que se nos tiene impedido unirnos, desde siempre y para siempre.


Vámonos ya, deprisa; que la maravilla escapa a cada paso, que vive en el horizonte, allá, donde la nieve espera a que lleguemos para deshacer su encantamiento, justo en el segundo anterior a nuestro arribo.


Dame la mano. Quizá podamos, esta vez, imponer las rebeldías de nuestro talante, a las infamias del tiempo y a la afrenta existencial de ser mortales.


Hypatia



miércoles, junio 13, 2007

Mensaje abierto

Querida Feli:

Durante toda la tarde, traté de decirle lo que ahora intento decir. Así, con el mismo desacierto.

Usted se la pasó recorriendo el universo con sus manos y anduvo —como si conociera todos los atajos— entre las cáscaras de papas y en medio del prodigio de sus bordados chinos. Entre el cuchillo y la aguja, noté que transcurría un escaso segundo, el mismo en el que la magia acontece y se esfuma.

Sabia, intensa, enérgica. Nunca conocí una mujer así, ni en la mujer mariposa, que habitaba a mi madre, ni en el enigma de bronce, que vivía en mi abuela. No hay nadie más que, en su nombre, transporte una quimera; nadie más que, con una sola mirada, pueda abarcar el mar de orilla a orilla y el amar, de abismo a abismo.

Sangre fibrosa, deseo, culpa, tristeza; no sé si lleva las pasiones a remolque de su sombra, o es que usted las arrastra, para no perderlas, porque conserva su arrojo del todo iluminado. Diosa doméstica.

Usted me interroga como quien interroga al amor, para maldecirlo en su esquivez; para atesorar sus frutos en secreto; para censurar, en su voz, las prohibiciones, sin callarlas del todo, con palabras a medias.

Virgen enmantillada, virgen blasfemadora, cocinera de hechizos, bella. Ojalá yo tuviera las respuestas, para su sosiego.

Porque nunca me iría de su lado, me fui, pero sin desertar. Era de noche y, por un sendero frío, seguí los pasos de quién sabe quiénes, de quién sabe cuántos. Luego, un tren atravesó la niebla y no sé si me alejó o me acercó a ésa, su casa hecha de sigilos que reemplazan gritos y de ausencias que todo lo reemplazan; aunque usted y yo sabemos que todo es del todo irreemplazable.

Señora singular y planetaria. Sus abrazos hicieron que recordara a quienes nunca conocí. No sé qué azúcar le puso al pan, qué esencia al agua, ni qué alquimia practica a la hora del almuerzo, pero fue desde esa hora —agujas y cuchillos, más o menos— en que empecé a soñar, ya para siempre, con la posibilidad de conjurar, para nosotras, lo imposible.

Hypatia


sábado, abril 07, 2007

Romance de la cuscuta y el romero


Ella se mostraba frágil, pero era devoradora. Parecía poder morir, casi al mismo tiempo en que nacía. Jugaba a ser formal y daba vueltas en el sentido de las agujas del reloj. Pero eso era sólo un disimulo, porque ella sabía que dominaba el tiempo y, con eso, el amor y el mundo y todo.

De él, en cambio, cualquiera podía decir que tenía la fortaleza y el temple de los héroes. Sin embargo, su espíritu brillante florecía siempre delicado, como si se asomara al borde del violeta.

Todo él estaba atravesado por orquídeas diminutas. Era, por derecho propio, el símbolo del amor, de la salud y la alegría. Romero, rosa marina. Romero, hierba de incienso.

Y su aroma, que lo impregnaba todo, traía felicidad a la familia. Mala es la llaga que él no sana, decían. Si hasta las penas de amor mitigaba él, si se lo sabía poner a la altura del corazón de uno. Si hasta hacía magia debajo de las almohadas, para promover sueños felices a los desangelados, en sus tortuosas noches.

Altivo y alegre, como un gitano en medio del camino, Romero tenía, de torero, hasta el apellido.

Maldita la hora en que la conoció. Posesiva, enredadora, aérea, pelirroja. El, puro huésped y ella pura traición. El, tan efímero y ella capaz de renacer de sus cenizas, con su simiente resucitadora, inesperadamente viva, aún después del paso de los años.

Ni el jopo, ni el muérdago llegaron a causar a ser alguno, lo que ella le causó. Es cierto que en los extensos campos, la alfalfa amarillea, a veces; aja el paisaje, se torna esquiva y egoísta, madre abandónica de ovinos y vacunos, olvidadiza de sus antiguos dones nutricios. Pero la forma en que ella insistía en decirle Romero, usted me debilita, sólo denunciaba la secreta pasión de él, en negativo. Era ella quien le succionaba alma y sangre, médula y esencia, con la fruición de un lobo hambriento.

Así, debilitado, exhausto como estaba, un día él renunció a su tradicional resistencia, aunque nunca a su característica alegría. Y murió sin más, marchitado de lilas, en un atardecer lluvioso.

Pero un segundo antes de ese segundo, él consagró a Venus el último vestigio de su savia. Dicen que él era, sobre todo, un gran amante de la mitología.

Hypatia

sábado, diciembre 30, 2006

Dos por cuatro


A la hora en que los últimos rayos del sol golpeaban sobre las aguas, el Nilo parecía un río de sangre. Era la época de la creciente y el viento norte empujaba la vida por sobre las arenas de la desolación. Cuando encontraba nuevos desiertos, los colmaba de peces repentinos y plateados, como relámpagos.

Unos días antes del solsticio de verano, Menfis se inundaba del fabuloso llanto de Isis. El Nilo, entonces mar de lágrimas, cambiaba su curso de improviso y tan pronto le negaba al valle los dones de su limo, con sus nubes de pájaros, como desbordaba en pantanos pestilentes y resolvía el cielo en millones de insectos.

–Y bien –andaba diciéndose Menés–. El Nilo es como es.

Cualquier egipcio sabía que Menés sabía lo que no decía. Cualquier egipcio sabía que Menés sabía que cualquier egipcio sabía lo que él no decía.

–Y bien, dioses de los muertos, dioses de los elementos, dioses solares… ¿Por qué el Nilo es como es?

Un dios con forma de animal, un tabernáculo viviente, un cuerpo salvaje como habitáculo de lo divino respondió, entonces, con voz humana:

–El Nilo es como es porque lo creamos como un riachuelo que se transforma en riacho que crece en río que crece y se transforma en el río de los ríos.

–Oh! De ahí las rosas de Alejandría que inclinarán sus racimos con voluptuosa reverencia, sobre papiros y lotus, dentro de miríadas de años- dijo Menés, sintiéndose profético.

En tanto, escribe Hypatia:

"
Las rosas de Alejandría nacieron, pues, pero eso sucedió a fuerza de elocuencia y de milagros, que Menés no decía, ni sabía".

Lejos, detrás de unas acacias, los sacerdotes de Menfis, a coro y formados en triángulo equilátero, decían y dicen que la ciencia de los números y el arte de la voluntad, eran y son las dos claves de la magia.

–Y bien –andaba diciéndose Pitágoras, mientras se abandonaba contra una datilera–. El Nilo se encuentra en el tetractis, por eso, es como es.

En una gimnasia poderosa, su pensamiento se balanceaba:

–Y uno… y dos… y tres… y cuatro… -Y uno… y dos… y tres… y cuatro…

Menés, que venía sorteando durazneros, se lo encontró en el camino:

–Buenos días, Pitágoras.
–Buenos días, Menés. ¿Quieres que te hable del número diez?
–Claro, Pitágoras- respondió Menés, sin entusiasmo alguno.
–Yo no te dije "Claro, Pitágoras". Te he preguntado si quieres que te
hable del número diez.
–Dije que sí, Pitágoras, maestro.
–Yo no te dije "Dije que sí, Pitágoras, maestro". Te he preguntado si
quieres que te hable del número diez.
–Yo…- balbuceó Menés, hastiado y confundido.
–Yo no te dije "Yo…". Te he preguntado si quieres que te hable del número diez.

Ante la insistencia de Pitágoras, Menés se alejó, indispuesto, hacia la orilla del Nilo. Los sacerdotes de Menfis hablaron, entonces, con tono monocorde:

–Un egipcio se topó con un griego que se topó con un pequeño egipcio que se topó con un enorme griego que se topó con un egipcio diminuto.

Hypatia, continúa su escrito:

"En Africa y en América, las pirámides disparan sus lados hacia los puntos cardinales".

–La pirámide se encuentra en el tetractis y punto –resume Pitágoras, mientras recibe a Menés, ya repuesto.

–Y bien –dijo, acercándose, Hypatia de Alejandría–. Si unimos la tríada humana con la sagrada, tendremos tres más cuatro, lo que es igual a siete. ¿Sabes, Menés, que mi nombre tiene siete letras?
–El mío también, pues yo me llamo Menés II –mintió Menés, que era el primero, sin saber que yo, Hypatia, sé que él no sabe qué significa el número siete y también sé que él no sabe que sabe por qué el Nilo es como es.

Los sacerdotes de Menfis trascendieron las acacias, sortearon los durazneros y, formándose en cuadrado, se instalaron junto a la datilera, donde Pitágoras, Menés e Hypatia de Alejandría, departían acerca de los dioses.


–A ningún dios, como a ningún hombre, le complace la soledad. Los dioses necesitan ser tres, para ser uno –dijo Pitágoras.
–A veces, casi siempre, hay muchos más en mí, encerrados en una misma expresión que intenta crear y poner orden –confesó Hypatia de Alejandría, más por humana que por diosa.
–¿Quién crea y ordena el mundo, cada mundo? –se preguntó Menés, en voz alta.

El coro, formándose en pentágono, sentenció:


–Un hombre se topó con un dios que se topó con un pequeño hombre que se topó con un enorme dios que se topó con un hombre diminuto.

Cuando el Nilo se tornó transparente sin perder, de todos modos, su tinte rojo sombrío, llegó la hora de partir. Todos, guiados por Pitágoras, fueron en busca de las dos claves de la magia. Su andar, lento y perezoso y el punto incierto de su destino, los asimilaba de tal modo al Nilo, que bien podría decirse que pasaban del desorden vegetal de los pantanos tropicales, a la aridez absoluta de la linealidad.

Sin embargo todos –hasta Menés, que no sabía que sabía– podían lo que podían, como podía el río.

–Y uno… y dos… y tres… y cuatro… –se obsesionaba Pitágoras–. Un uno se suma a dos unos que se suman a tres unos que se suman a cuatro unos. ¿Quieres, Menés, que te hable del número diez?

El coro, por fortuna, interrumpió con gravedad de ciencia y con misterio de arte:

–Porque si multiplicamos al ser indeterminado por lo eterno, obtendremos el Uno. Cero por infinito, es igual a uno. Cero por infinito, es igual a uno. Cero por infinito, es igual a uno –cantaron en rara letanía, sabiendo que sabían que inventaban la fórmula universal de la belleza.

Poco a poco, la expedición atravesó la historia. Hubo momentos en los que, a expensas de los caprichos de un río abandonado a sí mismo, que cambiaba de lecho a perpetuidad y en cuyas aguas se reflejaban, nadie sabía si remontaba el valle, si descendía al lecho, si iba o si volvía, en fin, desde las rosas hasta las lágrimas, o viceversa.

Hypatia, hija fiel de su melancolía, sigue acodada en la mesa de un bar, buscando y rebuscando letras en una copa de vino; con los labios, con la lengua, con lo que calla y angustia en la estrechez de su garganta. Ella escribe sus páginas con desesperación, pero no logra más que dibujar pininos sobre un orden de dinastías divinas y sobre un orden de circunstancias profanas. Ella sabe que el otro sabe que ella sabe lo que no sabe.

Mientras tanto, para el asombro de todos, el coro de sacerdotes de Menfis se dispuso a cavar cinco fosas, para encontrar –dijeron y dicen– una raíz cuadrada.

–¿Qué hacen? ¿Con qué objeto hacen lo que hacen? –preguntó Menés, atónito.

Harta ya de tanto desvarío, Hypatia se propone, ahora, concluir su escrito. Cuatro espacios antes de la palabra final, Pitágoras se acerca para disuadirla con un susurro, pero se ve interrumpido cuando ella, con su eterno afán de reinterpretación del mundo, abandona la pluma para siempre, dibuja un gesto desdeñoso, como quien se espanta un mosquito con el dorso de la mano, censura y sentencia:

–Ya sé, no me digás, tenés razón. La vida es una herida absurda.

Hypatia

Defensa de lo eterno


Para P., en la plaza de sus besos.


Tómese este escrito como testamento hológrafo, como repulsa del vacío, como expresión inequívoca de una esencia, de una íntima y desenfadada inscripción y otórguesele el valor de un deseo, de una necesidad y de un hondo regocijo.

Véase este borroneo nebuloso, como un legado de letras que dirige su cauce hasta la incierta desembocadura de todo pensamiento posterior.

Yo, Hypatia, en pleno uso de mis facultades mentales, sentada en medio del absurdo espacio adverbial de lo que nunca y de lo que siempre, me visto con el sayo de un noble personaje, con la ilusión de ser salvada de mí misma y con la esperanza de repartir, sobre los libros, el resplandor de un trazo de carbón con veleidades de diamante, que me entregó la infancia sin que se lo pidiera.

Y es aquí, sentada, donde digo:

Que mi femineidad tiene una condición de estatua, paciente y pensativa, que yace detrás de los jardines enrejados y que la llave de mis torbellinos está en aquella rosa, o en aquélla.

Que la solución al enigma entre el silencio y el amor –esa confusión recurrente- se encuentra en un par de ojos teológicos por los cuales, cualquiera puede ser mirado, siempre que sepa develar las cifras y las letras de los cristales antiguos. Que descifrar y desletrar, es la consigna.

Que lo que soy es donde estoy y que donde estoy, mi quehacer responde a lo que soy. Que soy un alma tan capaz de otorgar impunidad a los pecados capitales, como de perder la costumbre por la aventura del caos y así, llamar “introspección” a la muerte de mi propia palabra, o tomar a la ligera mi eventual hundimiento sin fin en una estremecida noche submarina.

Que el tiempo no está ni en las campanas del reloj, ni en las cabezas amarillas, ni en las tardes calurosas que –por fortuna- se hicieron nada más que para estar desnudos. Que el tiempo no está, salvo en las manos crispadas de los impotentes, o en la soledad de los cerezos y en su fatal desamparo de golondrinas escapadas.

Que la fortaleza de mi nombre reside en el fuego de otra boca y que si esa boca no me nombra, se me cansa la sonrisa y es entonces cuando me paro, bajo las constelaciones, a tratar de distinguir apenas la línea durmiente -bella durmiente- del horizonte.

Que no tengo humildad porque siento que mis alas emergen de la nada y, por lo tanto, que todo lo que digo aquí y en especial, que lo que aquí no digo, tiene una pretenciosa vocación de salmo.

Que mi sueño consiste en una palabra retomada, por hombres y por grillos, antes de que el viento la disperse y que esa palabra –ojalá- sea transmutada en risas y canciones, en números como pájaros, que ridiculicen las lúgubres maniobras de las deidades peinadoras de la noche, de los verdugos de poetas, de los eclipsadores de espejos y de los carceleros de laureles.

En tierra de BasUrgas, a los nueve días de un aromado mes de marzo, en tiempo de palomas, la que suscribe, da fe y anhela rebeliones de estrellas desbandadas.

Hypatia

viernes, enero 20, 2006

Un neologismo


Para J., raro ejemplo de pureza


Pasan todas las noches por mi puerta. Son familias de pájaros de alas plegadas y sin destino, que corren por las veredas, que se agrupan y cuchichean en la oscuridad de las esquinas y que luego empujan –como quien huye hacia adelante– una sombra pesada, siniestra, indistinguible.


El más fuerte es el que lleva el carro, ese vehículo repleto de infaustas posesiones: Las toneladas de la infamia histórica de otros y los mil kilos de la propia derrota. Pasan, y pasan, y pasan, con el mismo cansancio y con el mismo esfuerzo de aquellos seres mitológicos que sortean la fatalidad de los designios, a través de portentosos ríos de sangre. Detrás de ellos, se intuye un rastro de oscuridad, un aura de silencio, una estela de nada.

Yo le dije que debería escribirse con hache intermedia, pero para él, ellos son los basurgas. Así los nombra el flaco J., vecino de la cuadra. Ese al que algunos suponen raro, loco o estúpido y al que la mayoría ignora, aunque él se me muera de casto y de sencillo. De todas las almas, la de él es la que más me conoce, pero eso no viene al caso ahora.

Hay que escuchar los sonidos que los basurgas hacen por las noches, para entender que, al bautizarlos de ese modo, el flaco J. sólo demostró agudeza y valentía. Porque nombrar las cosas cuando tienen nombre, es fácil; lo difícil es inventar palabras que sinteticen, que develen, que den a luz -de una vez y para siempre- lo que no se nombra para restarle entidad a una parte de todo lo que existe.

—¿Qué es ese ruido? —le pregunté una noche.
—Un basurga —me dijo de inmediato, como si fuera un vocablo conocido.

Hay que estar distraído, pensar en cualquier cosa, andar por la casa con aires de elevar lo doméstico a la categoría siguiente -que vaya uno a saber cuál es- y luego sobresaltarse para empezar, a duras penas, a otorgarle un sentido a ese atado de murmullos mezclado con celofanes, vidrios rotos, papeles, "frufrús" de tallarines y blancas, movedizas colonias de gusanos.

Yo no sé quién fue capaz de convertir lo humano en un paquete de espíritus dolientes. El hecho es que la crueldad y el abandono, cada noche, dejan su huella al pie de los umbrales y allí despliegan, por un par de minutos, una rutina con dinámica de furia, de ansiedad, de espera en la desesperanza.

Pero abro la puerta y los veo y esto no es cuento, ni poesía. Quizás ellos sean parte de algún espectro teórico o dependan, en algún sentido, de las reglas generales de la gramática aplicadas, por ejemplo, a la historia de las atrocidades del neoliberalismo. No sé.

Yo digo que ojalá tengan casa y que en su casa –o amasijo de cartones- haya, por lo menos, una perra parida con cachorros de ojos nuevos, una cama que arda, una luna naciente o, en el mejor de los casos, la imagen de una Macarena que llore y que sonría al mismo tiempo, para que tengan siempre a quién cuidar y a quién aferrarse.

—Doña, ¿tiene algo para comer? Aunque sea unas monedas, para la leche del pibe, ¿vio? ¿Y ropa que no use?
—No, yo sólo tengo mi egoísmo, pero no creo que eso les sirva. Es cierto que contiene palabras intercambiables, pero el problema es que, para mí, amor no es pan, pan no es caridad y caridad no es amor.
—Y bueno, gracias igual. Feliz año nuevo, doña y que dios la bendiga.

Y siguen. Y pasan. Y se van más allá, a repetir las preguntas y a agradecer el carácter inservible de las respuestas.

Son los basurgas. Sombras, bultos, humanidad a empujones, raza nocturna. El flaco J. lo sabe. Yo digo que debe ser por eso que se pone a cantar "Imagine" en el piano, en cuanto los escucha. Entonces es cuando empieza la protesta de los vecinos:

—¡Che, no jodás a estas horas! —le grita alguno que logró elevar lo doméstico a la categoría siguiente, que vaya uno a saber cuál es.
—Es que me sangran los oídos, jefe. Duerma después. En todo caso, espere a que se vayan los basurgas —responde el flaco J., que anda siempre un paso más allá de las categorías.

Hypatia