miércoles, noviembre 19, 2008

Inventario


Veamos qué tengo:

El libro de un poeta muerto hace tiempo, junto al mar; dos postales; una carta esperada; una canción desesperada; mil cartas no recibidas. Los íconos de la ausencia.

Un reloj muerto de sueño, seis adornos de Navidad que no vienen de Bohemia, pero que penden año tras año su liviandad y su gracia, su secreto de familia, del hilo fino y dorado de la nostalgia. La presunción de lo eterno.

Un encendedor..., dos; dos encendedores que ya no encienden; una caja de cigarrillos intacta y vacía; música de negros y de gitanos con mal de amores. El recuerdo perpetuo de unos cuantos fuegos fatuos; hadas que extienden sus dedos iluminados para tocar algún paraíso perdido, sin lograrlo.

Un mensaje redactado en tiempos de borrachera y el vértigo, y el asombro, y el vino en cáliz para el trago fatal de su lectura; necesidades postergadas, un gran deseo incumplido. Cumbre de insatisfacciones.

Diez expresiones de afecto, dos de ternura y cinco o seis miradas de compasión. La fuerza de la amistad y la amistad forzada, que anda siempre sin fuerzas. El rastro inconfundible de los amores desamorados.

Un cinturón de suela para atarme al fetiche, ajado y a punto de partirse en dos; dos cinturones que no sostienen nada. La caída, el derrumbe, la ruina.

Abrigos con huellas de caricias; abrigos estampados con besos desconocidos; abrigos ya opacos que relumbraron bajo otros cielos. Un documento sensual de tramas que me son ajenas. Tela y telas. Las telarañas de los romances atesorados.

Archivos con cien mil diálogos...; doscientos mil, un millón. Ideas en armonía. La adrenalina del disenso. La mente con sus fantasmas, los tantos y tantos fantasmas intercambiados.

Algunos artefactos: unos, en uso; otros, vendidos. El rugido de la boca –de la boca del hambre–.

Una reminiscencia de flores de color lila; fugacidades; apuros; un cumpletristezas con esas flores que aún se secan, debajo de cada noche, al amparo de cada luna.

Una colección de exabruptos menores; una colección de exabruptos mayores; un paquete olvidable solo en el banco de una plaza. La plaza inesperada de los abrazos.

Cinco mil cafés, cinco mil juegos de magia, cincuenta mil silencios... cien, cien mil silencios. Las cinco y cincuenta mil visiones de una realidad que escapa al entendimiento, una realidad siempre imaginaria, las sombras en la Caverna.

Una montaña de preguntas, una montaña de respuestas y una montaña de incógnitas. Un paisaje neurótico, la cuna de la sublimación.

Una bufanda para el invierno; tantos inviernos... El intento de obturar la salida del caudal de agua de un dique, con la punta del dedo índice (también yo misma, parada frente a los ríos para impedir que corran al mar).

Cosas, cositas, cosones. Razón de las sinrazones. Un transitar porque sí. Surrealismo contra surrealismo, los infinitos juegos de esgrima. Un intelecto cansado. Un espíritu que enloquece al punto de no encontrarse el cuerpo –si es que hay un cuerpo que lo contiene–.

Un limón amargo, con el golpe amarillo.

Y este dolor inservible. Y esta especie de silencio heroico. Y este final sin nombre.

Hypatia








1 comentario:

Anónimo dijo...

un inventario con mil razones para sonreir y mil razones para llorar
hermoso inventario