jueves, octubre 09, 2008

Idealismo


Una pared blanca con un punto rojo –rojo de sangre, rojo Kandinsky, rojo de luz, rojo de no importa qué, qué importa–. Delante de la pared, una mujer desnuda, de pie, anhelante, despojada, abarcadora y, paradójicamente, inmóvil. Más allá, la silueta de un hombre que se le acerca en la penumbra. Luego, un encuentro vivo que se revela, que se rebela y reniega, y que se opone y no se resigna, y no acepta, y no se adhiere jamás a ningún final anunciado.

Yo me imagino un mundo donde el amor miente su eternidad, donde las sombras solo acuden al alma para anunciar delicias y donde el único sentido de todo lo creado es el abrazo al calor de los cuerpos; sin traición, sin abandono, sin desamor, sin necesidad de milagros. Yo me imagino y armo, con lo que imagino, mi propio credo.

Creo en los ojos que consuelan; creo que en la más secreta y estrecha
intimidad se hace posible lo imposible; que la verdad se encuentra, siempre y cuando se tenga la capacidad de descifrar susurros; creo en la entrega sin razón y en ese balanceo compartido como en una danza, que no es otra cosa que una pasión entre el sueño y la vigilia.

Pero cuando me muera, ay, cuando muera, que no me empareden ni me adornen, que no me empenumbren ni me inmovilicen.

Yo solo quiero los besos que más quiero, aquellos con los que pueda desmentir mi propia muerte.

Por lo que me imagino y creo, por lo que creo y me imagino, es por eso que no te olvido. Yo no te olvido. No te olvido. No, no te olvido.

Hypatia