jueves, octubre 30, 2008

Un viaje


Miro, desde la ventanilla del tren, una hilera de pueblos que se suceden como las palabras. Veo. Toco, casi, una inquietud caliente, a la vez nostálgica y esperanzadora, como esas brisas que en las siestas de verano parecen anunciar el cumplimiento de los sueños, la confirmación de las promesas y la certera salvación de los milagros.

Ahora recuerdo el perfil de una mujer y se me presentan todas sus historias, sobre todo, las más desesperadas; memorizo sus gestos, tan adustos, y en medio de sus lágrimas con apariencia de piedras esculpidas, veo surgir la claridad de su sonrisa abrupta, la gracia de sus dichos, su frescura inefable, la asombrosa espontaneidad de sus metáforas.

Pienso en la vereda más angosta, pienso en mis pasos, en esos árboles al fondo de la calle, en esa calle sin fin, en infinitos de infinitos.
Se me atraganta un grito de silencio, la soledad me acompaña, el azar me determina y el desamor me ama.

Corren, corren los pueblos y las estaciones. Los pasajeros se miran unos a otros, con los ojos húmedos, como interrogándose sobre cuestiones nimias: ¿Tiene familia? ¿Está enfermo de algo? ¿Yo tengo, acaso, cara de ladrón? ¿Qué prefiere, el arroz o la ensalada? ¿Qué hará de cenar usted, cuando llegue a su casa? ¿Le pone albahaca a las comidas? ¿Ese es su hijo, su sobrino, su ahijado? ¿Qué mira? ¿Por qué me está mirando?

Siempre es así. De pronto, el pensamiento se me vuela y me paro, como de costumbre, en tiquis miquis. Trato de pensar, entonces, en cosas serias, circunspectas: en las ideas filosóficas de la historia entera, en las indagaciones de todos los pensadores que conozco, en el tiempo perdido en las incógnitas, en los juramentos de fidelidad a los conceptos.

Se hace de noche y me digo que, por fortuna, hay un destino. Una estación que a mí me pertenece, dos o tres que me esperan, humanos y animales.

Y por fin, a despecho de la velocidad que lleva la locomotora, me detengo a mirar cómo un hombre, allá lejos, detiene su marcha para ofrecerle pan a un perro vagabundo. En la fugacidad de la escena, entre la mano del hombre y el hocico del animal, se genera el sentido de todo lo que existe. Me repongo, me reconcilio, me olvido de la ausencia.

Pero el instante se pierde, como todo lo que nunca se encuentra. Luego, arribo. Desciendo. Cuando desciendo, ya es noche cerrada.


Hypatia