Para P., en la plaza de sus besos.
Tómese este escrito como testamento hológrafo, como repulsa del vacío, como expresión inequívoca de una esencia, de una íntima y desenfadada inscripción y otórguesele el valor de un deseo, de una necesidad y de un hondo regocijo.
Véase este borroneo nebuloso, como un legado de letras que dirige su cauce hasta la incierta desembocadura de todo pensamiento posterior.
Yo, Hypatia, en pleno uso de mis facultades mentales, sentada en medio del absurdo espacio adverbial de lo que nunca y de lo que siempre, me visto con el sayo de un noble personaje, con la ilusión de ser salvada de mí misma y con la esperanza de repartir, sobre los libros, el resplandor de un trazo de carbón con veleidades de diamante, que me entregó la infancia sin que se lo pidiera.
Y es aquí, sentada, donde digo:
Que mi femineidad tiene una condición de estatua, paciente y pensativa, que yace detrás de los jardines enrejados y que la llave de mis torbellinos está en aquella rosa, o en aquélla.
Que la solución al enigma entre el silencio y el amor –esa confusión recurrente- se encuentra en un par de ojos teológicos por los cuales, cualquiera puede ser mirado, siempre que sepa develar las cifras y las letras de los cristales antiguos. Que descifrar y desletrar, es la consigna.
Que lo que soy es donde estoy y que donde estoy, mi quehacer responde a lo que soy. Que soy un alma tan capaz de otorgar impunidad a los pecados capitales, como de perder la costumbre por la aventura del caos y así, llamar “introspección” a la muerte de mi propia palabra, o tomar a la ligera mi eventual hundimiento sin fin en una estremecida noche submarina.
Que el tiempo no está ni en las campanas del reloj, ni en las cabezas amarillas, ni en las tardes calurosas que –por fortuna- se hicieron nada más que para estar desnudos. Que el tiempo no está, salvo en las manos crispadas de los impotentes, o en la soledad de los cerezos y en su fatal desamparo de golondrinas escapadas.
Que la fortaleza de mi nombre reside en el fuego de otra boca y que si esa boca no me nombra, se me cansa la sonrisa y es entonces cuando me paro, bajo las constelaciones, a tratar de distinguir apenas la línea durmiente -bella durmiente- del horizonte.
Que no tengo humildad porque siento que mis alas emergen de la nada y, por lo tanto, que todo lo que digo aquí y en especial, que lo que aquí no digo, tiene una pretenciosa vocación de salmo.
Que mi sueño consiste en una palabra retomada, por hombres y por grillos, antes de que el viento la disperse y que esa palabra –ojalá- sea transmutada en risas y canciones, en números como pájaros, que ridiculicen las lúgubres maniobras de las deidades peinadoras de la noche, de los verdugos de poetas, de los eclipsadores de espejos y de los carceleros de laureles.
En tierra de BasUrgas, a los nueve días de un aromado mes de marzo, en tiempo de palomas, la que suscribe, da fe y anhela rebeliones de estrellas desbandadas.
Hypatia
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