viernes, enero 20, 2006

Un neologismo


Para J., raro ejemplo de pureza


Pasan todas las noches por mi puerta. Son familias de pájaros de alas plegadas y sin destino, que corren por las veredas, que se agrupan y cuchichean en la oscuridad de las esquinas y que luego empujan –como quien huye hacia adelante– una sombra pesada, siniestra, indistinguible.


El más fuerte es el que lleva el carro, ese vehículo repleto de infaustas posesiones: Las toneladas de la infamia histórica de otros y los mil kilos de la propia derrota. Pasan, y pasan, y pasan, con el mismo cansancio y con el mismo esfuerzo de aquellos seres mitológicos que sortean la fatalidad de los designios, a través de portentosos ríos de sangre. Detrás de ellos, se intuye un rastro de oscuridad, un aura de silencio, una estela de nada.

Yo le dije que debería escribirse con hache intermedia, pero para él, ellos son los basurgas. Así los nombra el flaco J., vecino de la cuadra. Ese al que algunos suponen raro, loco o estúpido y al que la mayoría ignora, aunque él se me muera de casto y de sencillo. De todas las almas, la de él es la que más me conoce, pero eso no viene al caso ahora.

Hay que escuchar los sonidos que los basurgas hacen por las noches, para entender que, al bautizarlos de ese modo, el flaco J. sólo demostró agudeza y valentía. Porque nombrar las cosas cuando tienen nombre, es fácil; lo difícil es inventar palabras que sinteticen, que develen, que den a luz -de una vez y para siempre- lo que no se nombra para restarle entidad a una parte de todo lo que existe.

—¿Qué es ese ruido? —le pregunté una noche.
—Un basurga —me dijo de inmediato, como si fuera un vocablo conocido.

Hay que estar distraído, pensar en cualquier cosa, andar por la casa con aires de elevar lo doméstico a la categoría siguiente -que vaya uno a saber cuál es- y luego sobresaltarse para empezar, a duras penas, a otorgarle un sentido a ese atado de murmullos mezclado con celofanes, vidrios rotos, papeles, "frufrús" de tallarines y blancas, movedizas colonias de gusanos.

Yo no sé quién fue capaz de convertir lo humano en un paquete de espíritus dolientes. El hecho es que la crueldad y el abandono, cada noche, dejan su huella al pie de los umbrales y allí despliegan, por un par de minutos, una rutina con dinámica de furia, de ansiedad, de espera en la desesperanza.

Pero abro la puerta y los veo y esto no es cuento, ni poesía. Quizás ellos sean parte de algún espectro teórico o dependan, en algún sentido, de las reglas generales de la gramática aplicadas, por ejemplo, a la historia de las atrocidades del neoliberalismo. No sé.

Yo digo que ojalá tengan casa y que en su casa –o amasijo de cartones- haya, por lo menos, una perra parida con cachorros de ojos nuevos, una cama que arda, una luna naciente o, en el mejor de los casos, la imagen de una Macarena que llore y que sonría al mismo tiempo, para que tengan siempre a quién cuidar y a quién aferrarse.

—Doña, ¿tiene algo para comer? Aunque sea unas monedas, para la leche del pibe, ¿vio? ¿Y ropa que no use?
—No, yo sólo tengo mi egoísmo, pero no creo que eso les sirva. Es cierto que contiene palabras intercambiables, pero el problema es que, para mí, amor no es pan, pan no es caridad y caridad no es amor.
—Y bueno, gracias igual. Feliz año nuevo, doña y que dios la bendiga.

Y siguen. Y pasan. Y se van más allá, a repetir las preguntas y a agradecer el carácter inservible de las respuestas.

Son los basurgas. Sombras, bultos, humanidad a empujones, raza nocturna. El flaco J. lo sabe. Yo digo que debe ser por eso que se pone a cantar "Imagine" en el piano, en cuanto los escucha. Entonces es cuando empieza la protesta de los vecinos:

—¡Che, no jodás a estas horas! —le grita alguno que logró elevar lo doméstico a la categoría siguiente, que vaya uno a saber cuál es.
—Es que me sangran los oídos, jefe. Duerma después. En todo caso, espere a que se vayan los basurgas —responde el flaco J., que anda siempre un paso más allá de las categorías.

Hypatia

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