
Para A., el hada de la valentía.
Naciste casi al amanecer. Abandonaste sin más aquel vientre oscuro que apenas te cobijaba, sin arrorrós ni caricias, sin magia, sin esplendor. Llegaste despojada del ideal que cualquier madre, por ciega y necia que sea, pone sobre sus hijos; quizás eso sea mejor y te acerque a la libertad, y el viento por los senderos te empuje a buscar respuestas sin que nunca nadie te ate a las tristes cadenas del rendir cuentas.
Naciste como un astro, así, con tus propias luces; el único regalo que recibiste fue el nombre que te dio tu padre, ese padre-Sísifo al que todos te encuentran parecida. Te diré: él es un muchacho mitad locura, mitad azúcar, que suele caminar entre la realidad y el mito; cuando está por alcanzar la gracia de tu aura blanca, vuelve a caer para volver a intentarlo, con el único objetivo de tocar tu cabeza con la punta de los dedos, que es su manera de amarte; amarte es casi todo lo que puede hacer, aunque ni siquiera lo notes y aunque no sepas en qué consisten su silencio o su tristeza.
Cuando te vi por primera vez, te pregunté si me reconocías, pero no me respondiste. Solo confiaste en mi brazo y me deslumbraste con tu perfil respingado para dormirte con aires de princesa, ajena a las acechanzas de Tánatos quien, sin embargo, tuvo la paciencia de esperar a que despertaras.
Ya podías hablar cuando te diste cuenta. Y hablaste. Eso hizo estallar la ira de cuantos quisieron desmentirte y silenciarte la voz; ellos marcaron tu boca de flor silvestre con golpes humillantes, con mentiras a gritos y quisieron cerrarla con la cobardía de los manotazos, con la infamia salvaje del desamor.
Pero soportaste el peso de la amenaza, de la presión, de la calamidad resignificada por la censura de los inmorales. Lo soportaste todo sobre tu infancia: la ausencia y el abandono, las pesadillas y el llanto y hasta aceptaste hundirte en el océano subterráneo de lo desconsolados, con tal de no callar.
Ahora yo intento escribir –escribirte– un canto celeste, una oda elemental, un silbo del paraíso, un poema de jeroglíficos lleno de pájaros y de claros cursos de agua, que represente tu palabra y que no te abandone y que además te arrulle, noche tras noche, mientras estemos lejos.
Soy tu paloma en la ventana y soy la mitad más dolida de tu corazón.
Es por la voz de tu inocencia que ando con esta antorcha por los caminos, es para que este fuego te caliente el alma que iré hasta la altísima comarca de la verdad y hasta ese caldero que ebulle detrás del arco iris y que es donde, dicen, se cuece la justicia.
Mientras tanto, no apartes los ojos de tu pequeña hermana, bella como la noche y, llegado el momento, cuando me veas sonreír, dale la mano para cruzar el puente.
Hypatia
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada