miércoles, junio 13, 2007

Mensaje abierto

Querida Feli:

Durante toda la tarde, traté de decirle lo que ahora intento decir. Así, con el mismo desacierto.

Usted se la pasó recorriendo el universo con sus manos y anduvo —como si conociera todos los atajos— entre las cáscaras de papas y en medio del prodigio de sus bordados chinos. Entre el cuchillo y la aguja, noté que transcurría un escaso segundo, el mismo en el que la magia acontece y se esfuma.

Sabia, intensa, enérgica. Nunca conocí una mujer así, ni en la mujer mariposa, que habitaba a mi madre, ni en el enigma de bronce, que vivía en mi abuela. No hay nadie más que, en su nombre, transporte una quimera; nadie más que, con una sola mirada, pueda abarcar el mar de orilla a orilla y el amar, de abismo a abismo.

Sangre fibrosa, deseo, culpa, tristeza; no sé si lleva las pasiones a remolque de su sombra, o es que usted las arrastra, para no perderlas, porque conserva su arrojo del todo iluminado. Diosa doméstica.

Usted me interroga como quien interroga al amor, para maldecirlo en su esquivez; para atesorar sus frutos en secreto; para censurar, en su voz, las prohibiciones, sin callarlas del todo, con palabras a medias.

Virgen enmantillada, virgen blasfemadora, cocinera de hechizos, bella. Ojalá yo tuviera las respuestas, para su sosiego.

Porque nunca me iría de su lado, me fui, pero sin desertar. Era de noche y, por un sendero frío, seguí los pasos de quién sabe quiénes, de quién sabe cuántos. Luego, un tren atravesó la niebla y no sé si me alejó o me acercó a ésa, su casa hecha de sigilos que reemplazan gritos y de ausencias que todo lo reemplazan; aunque usted y yo sabemos que todo es del todo irreemplazable.

Señora singular y planetaria. Sus abrazos hicieron que recordara a quienes nunca conocí. No sé qué azúcar le puso al pan, qué esencia al agua, ni qué alquimia practica a la hora del almuerzo, pero fue desde esa hora —agujas y cuchillos, más o menos— en que empecé a soñar, ya para siempre, con la posibilidad de conjurar, para nosotras, lo imposible.

Hypatia


sábado, abril 07, 2007

Romance de la cuscuta y el romero


Ella se mostraba frágil, pero era devoradora. Parecía poder morir, casi al mismo tiempo en que nacía. Jugaba a ser formal y daba vueltas en el sentido de las agujas del reloj. Pero eso era sólo un disimulo, porque ella sabía que dominaba el tiempo y, con eso, el amor y el mundo y todo.

De él, en cambio, cualquiera podía decir que tenía la fortaleza y el temple de los héroes. Sin embargo, su espíritu brillante florecía siempre delicado, como si se asomara al borde del violeta.

Todo él estaba atravesado por orquídeas diminutas. Era, por derecho propio, el símbolo del amor, de la salud y la alegría. Romero, rosa marina. Romero, hierba de incienso.

Y su aroma, que lo impregnaba todo, traía felicidad a la familia. Mala es la llaga que él no sana, decían. Si hasta las penas de amor mitigaba él, si se lo sabía poner a la altura del corazón de uno. Si hasta hacía magia debajo de las almohadas, para promover sueños felices a los desangelados, en sus tortuosas noches.

Altivo y alegre, como un gitano en medio del camino, Romero tenía, de torero, hasta el apellido.

Maldita la hora en que la conoció. Posesiva, enredadora, aérea, pelirroja. El, puro huésped y ella pura traición. El, tan efímero y ella capaz de renacer de sus cenizas, con su simiente resucitadora, inesperadamente viva, aún después del paso de los años.

Ni el jopo, ni el muérdago llegaron a causar a ser alguno, lo que ella le causó. Es cierto que en los extensos campos, la alfalfa amarillea, a veces; aja el paisaje, se torna esquiva y egoísta, madre abandónica de ovinos y vacunos, olvidadiza de sus antiguos dones nutricios. Pero la forma en que ella insistía en decirle Romero, usted me debilita, sólo denunciaba la secreta pasión de él, en negativo. Era ella quien le succionaba alma y sangre, médula y esencia, con la fruición de un lobo hambriento.

Así, debilitado, exhausto como estaba, un día él renunció a su tradicional resistencia, aunque nunca a su característica alegría. Y murió sin más, marchitado de lilas, en un atardecer lluvioso.

Pero un segundo antes de ese segundo, él consagró a Venus el último vestigio de su savia. Dicen que él era, sobre todo, un gran amante de la mitología.

Hypatia

sábado, diciembre 30, 2006

Dos por cuatro


A la hora en que los últimos rayos del sol golpeaban sobre las aguas, el Nilo parecía un río de sangre. Era la época de la creciente y el viento norte empujaba la vida por sobre las arenas de la desolación. Cuando encontraba nuevos desiertos, los colmaba de peces repentinos y plateados, como relámpagos.

Unos días antes del solsticio de verano, Menfis se inundaba del fabuloso llanto de Isis. El Nilo, entonces mar de lágrimas, cambiaba su curso de improviso y tan pronto le negaba al valle los dones de su limo, con sus nubes de pájaros, como desbordaba en pantanos pestilentes y resolvía el cielo en millones de insectos.

–Y bien –andaba diciéndose Menés–. El Nilo es como es.

Cualquier egipcio sabía que Menés sabía lo que no decía. Cualquier egipcio sabía que Menés sabía que cualquier egipcio sabía lo que él no decía.

–Y bien, dioses de los muertos, dioses de los elementos, dioses solares… ¿Por qué el Nilo es como es?

Un dios con forma de animal, un tabernáculo viviente, un cuerpo salvaje como habitáculo de lo divino respondió, entonces, con voz humana:

–El Nilo es como es porque lo creamos como un riachuelo que se transforma en riacho que crece en río que crece y se transforma en el río de los ríos.

–Oh! De ahí las rosas de Alejandría que inclinarán sus racimos con voluptuosa reverencia, sobre papiros y lotus, dentro de miríadas de años- dijo Menés, sintiéndose profético.

En tanto, escribe Hypatia:

"
Las rosas de Alejandría nacieron, pues, pero eso sucedió a fuerza de elocuencia y de milagros, que Menés no decía, ni sabía".

Lejos, detrás de unas acacias, los sacerdotes de Menfis, a coro y formados en triángulo equilátero, decían y dicen que la ciencia de los números y el arte de la voluntad, eran y son las dos claves de la magia.

–Y bien –andaba diciéndose Pitágoras, mientras se abandonaba contra una datilera–. El Nilo se encuentra en el tetractis, por eso, es como es.

En una gimnasia poderosa, su pensamiento se balanceaba:

–Y uno… y dos… y tres… y cuatro… -Y uno… y dos… y tres… y cuatro…

Menés, que venía sorteando durazneros, se lo encontró en el camino:

–Buenos días, Pitágoras.
–Buenos días, Menés. ¿Quieres que te hable del número diez?
–Claro, Pitágoras- respondió Menés, sin entusiasmo alguno.
–Yo no te dije "Claro, Pitágoras". Te he preguntado si quieres que te
hable del número diez.
–Dije que sí, Pitágoras, maestro.
–Yo no te dije "Dije que sí, Pitágoras, maestro". Te he preguntado si
quieres que te hable del número diez.
–Yo…- balbuceó Menés, hastiado y confundido.
–Yo no te dije "Yo…". Te he preguntado si quieres que te hable del número diez.

Ante la insistencia de Pitágoras, Menés se alejó, indispuesto, hacia la orilla del Nilo. Los sacerdotes de Menfis hablaron, entonces, con tono monocorde:

–Un egipcio se topó con un griego que se topó con un pequeño egipcio que se topó con un enorme griego que se topó con un egipcio diminuto.

Hypatia, continúa su escrito:

"En Africa y en América, las pirámides disparan sus lados hacia los puntos cardinales".

–La pirámide se encuentra en el tetractis y punto –resume Pitágoras, mientras recibe a Menés, ya repuesto.

–Y bien –dijo, acercándose, Hypatia de Alejandría–. Si unimos la tríada humana con la sagrada, tendremos tres más cuatro, lo que es igual a siete. ¿Sabes, Menés, que mi nombre tiene siete letras?
–El mío también, pues yo me llamo Menés II –mintió Menés, que era el primero, sin saber que yo, Hypatia, sé que él no sabe qué significa el número siete y también sé que él no sabe que sabe por qué el Nilo es como es.

Los sacerdotes de Menfis trascendieron las acacias, sortearon los durazneros y, formándose en cuadrado, se instalaron junto a la datilera, donde Pitágoras, Menés e Hypatia de Alejandría, departían acerca de los dioses.


–A ningún dios, como a ningún hombre, le complace la soledad. Los dioses necesitan ser tres, para ser uno –dijo Pitágoras.
–A veces, casi siempre, hay muchos más en mí, encerrados en una misma expresión que intenta crear y poner orden –confesó Hypatia de Alejandría, más por humana que por diosa.
–¿Quién crea y ordena el mundo, cada mundo? –se preguntó Menés, en voz alta.

El coro, formándose en pentágono, sentenció:


–Un hombre se topó con un dios que se topó con un pequeño hombre que se topó con un enorme dios que se topó con un hombre diminuto.

Cuando el Nilo se tornó transparente sin perder, de todos modos, su tinte rojo sombrío, llegó la hora de partir. Todos, guiados por Pitágoras, fueron en busca de las dos claves de la magia. Su andar, lento y perezoso y el punto incierto de su destino, los asimilaba de tal modo al Nilo, que bien podría decirse que pasaban del desorden vegetal de los pantanos tropicales, a la aridez absoluta de la linealidad.

Sin embargo todos –hasta Menés, que no sabía que sabía– podían lo que podían, como podía el río.

–Y uno… y dos… y tres… y cuatro… –se obsesionaba Pitágoras–. Un uno se suma a dos unos que se suman a tres unos que se suman a cuatro unos. ¿Quieres, Menés, que te hable del número diez?

El coro, por fortuna, interrumpió con gravedad de ciencia y con misterio de arte:

–Porque si multiplicamos al ser indeterminado por lo eterno, obtendremos el Uno. Cero por infinito, es igual a uno. Cero por infinito, es igual a uno. Cero por infinito, es igual a uno –cantaron en rara letanía, sabiendo que sabían que inventaban la fórmula universal de la belleza.

Poco a poco, la expedición atravesó la historia. Hubo momentos en los que, a expensas de los caprichos de un río abandonado a sí mismo, que cambiaba de lecho a perpetuidad y en cuyas aguas se reflejaban, nadie sabía si remontaba el valle, si descendía al lecho, si iba o si volvía, en fin, desde las rosas hasta las lágrimas, o viceversa.

Hypatia, hija fiel de su melancolía, sigue acodada en la mesa de un bar, buscando y rebuscando letras en una copa de vino; con los labios, con la lengua, con lo que calla y angustia en la estrechez de su garganta. Ella escribe sus páginas con desesperación, pero no logra más que dibujar pininos sobre un orden de dinastías divinas y sobre un orden de circunstancias profanas. Ella sabe que el otro sabe que ella sabe lo que no sabe.

Mientras tanto, para el asombro de todos, el coro de sacerdotes de Menfis se dispuso a cavar cinco fosas, para encontrar –dijeron y dicen– una raíz cuadrada.

–¿Qué hacen? ¿Con qué objeto hacen lo que hacen? –preguntó Menés, atónito.

Harta ya de tanto desvarío, Hypatia se propone, ahora, concluir su escrito. Cuatro espacios antes de la palabra final, Pitágoras se acerca para disuadirla con un susurro, pero se ve interrumpido cuando ella, con su eterno afán de reinterpretación del mundo, abandona la pluma para siempre, dibuja un gesto desdeñoso, como quien se espanta un mosquito con el dorso de la mano, censura y sentencia:

–Ya sé, no me digás, tenés razón. La vida es una herida absurda.

Hypatia

Defensa de lo eterno


Para P., en la plaza de sus besos.


Tómese este escrito como testamento hológrafo, como repulsa del vacío, como expresión inequívoca de una esencia, de una íntima y desenfadada inscripción y otórguesele el valor de un deseo, de una necesidad y de un hondo regocijo.

Véase este borroneo nebuloso, como un legado de letras que dirige su cauce hasta la incierta desembocadura de todo pensamiento posterior.

Yo, Hypatia, en pleno uso de mis facultades mentales, sentada en medio del absurdo espacio adverbial de lo que nunca y de lo que siempre, me visto con el sayo de un noble personaje, con la ilusión de ser salvada de mí misma y con la esperanza de repartir, sobre los libros, el resplandor de un trazo de carbón con veleidades de diamante, que me entregó la infancia sin que se lo pidiera.

Y es aquí, sentada, donde digo:

Que mi femineidad tiene una condición de estatua, paciente y pensativa, que yace detrás de los jardines enrejados y que la llave de mis torbellinos está en aquella rosa, o en aquélla.

Que la solución al enigma entre el silencio y el amor –esa confusión recurrente- se encuentra en un par de ojos teológicos por los cuales, cualquiera puede ser mirado, siempre que sepa develar las cifras y las letras de los cristales antiguos. Que descifrar y desletrar, es la consigna.

Que lo que soy es donde estoy y que donde estoy, mi quehacer responde a lo que soy. Que soy un alma tan capaz de otorgar impunidad a los pecados capitales, como de perder la costumbre por la aventura del caos y así, llamar “introspección” a la muerte de mi propia palabra, o tomar a la ligera mi eventual hundimiento sin fin en una estremecida noche submarina.

Que el tiempo no está ni en las campanas del reloj, ni en las cabezas amarillas, ni en las tardes calurosas que –por fortuna- se hicieron nada más que para estar desnudos. Que el tiempo no está, salvo en las manos crispadas de los impotentes, o en la soledad de los cerezos y en su fatal desamparo de golondrinas escapadas.

Que la fortaleza de mi nombre reside en el fuego de otra boca y que si esa boca no me nombra, se me cansa la sonrisa y es entonces cuando me paro, bajo las constelaciones, a tratar de distinguir apenas la línea durmiente -bella durmiente- del horizonte.

Que no tengo humildad porque siento que mis alas emergen de la nada y, por lo tanto, que todo lo que digo aquí y en especial, que lo que aquí no digo, tiene una pretenciosa vocación de salmo.

Que mi sueño consiste en una palabra retomada, por hombres y por grillos, antes de que el viento la disperse y que esa palabra –ojalá- sea transmutada en risas y canciones, en números como pájaros, que ridiculicen las lúgubres maniobras de las deidades peinadoras de la noche, de los verdugos de poetas, de los eclipsadores de espejos y de los carceleros de laureles.

En tierra de BasUrgas, a los nueve días de un aromado mes de marzo, en tiempo de palomas, la que suscribe, da fe y anhela rebeliones de estrellas desbandadas.

Hypatia

viernes, enero 20, 2006

Un neologismo


Para J., raro ejemplo de pureza


Pasan todas las noches por mi puerta. Son familias de pájaros de alas plegadas y sin destino, que corren por las veredas, que se agrupan y cuchichean en la oscuridad de las esquinas y que luego empujan –como quien huye hacia adelante– una sombra pesada, siniestra, indistinguible.


El más fuerte es el que lleva el carro, ese vehículo repleto de infaustas posesiones: Las toneladas de la infamia histórica de otros y los mil kilos de la propia derrota. Pasan, y pasan, y pasan, con el mismo cansancio y con el mismo esfuerzo de aquellos seres mitológicos que sortean la fatalidad de los designios, a través de portentosos ríos de sangre. Detrás de ellos, se intuye un rastro de oscuridad, un aura de silencio, una estela de nada.

Yo le dije que debería escribirse con hache intermedia, pero para él, ellos son los basurgas. Así los nombra el flaco J., vecino de la cuadra. Ese al que algunos suponen raro, loco o estúpido y al que la mayoría ignora, aunque él se me muera de casto y de sencillo. De todas las almas, la de él es la que más me conoce, pero eso no viene al caso ahora.

Hay que escuchar los sonidos que los basurgas hacen por las noches, para entender que, al bautizarlos de ese modo, el flaco J. sólo demostró agudeza y valentía. Porque nombrar las cosas cuando tienen nombre, es fácil; lo difícil es inventar palabras que sinteticen, que develen, que den a luz -de una vez y para siempre- lo que no se nombra para restarle entidad a una parte de todo lo que existe.

—¿Qué es ese ruido? —le pregunté una noche.
—Un basurga —me dijo de inmediato, como si fuera un vocablo conocido.

Hay que estar distraído, pensar en cualquier cosa, andar por la casa con aires de elevar lo doméstico a la categoría siguiente -que vaya uno a saber cuál es- y luego sobresaltarse para empezar, a duras penas, a otorgarle un sentido a ese atado de murmullos mezclado con celofanes, vidrios rotos, papeles, "frufrús" de tallarines y blancas, movedizas colonias de gusanos.

Yo no sé quién fue capaz de convertir lo humano en un paquete de espíritus dolientes. El hecho es que la crueldad y el abandono, cada noche, dejan su huella al pie de los umbrales y allí despliegan, por un par de minutos, una rutina con dinámica de furia, de ansiedad, de espera en la desesperanza.

Pero abro la puerta y los veo y esto no es cuento, ni poesía. Quizás ellos sean parte de algún espectro teórico o dependan, en algún sentido, de las reglas generales de la gramática aplicadas, por ejemplo, a la historia de las atrocidades del neoliberalismo. No sé.

Yo digo que ojalá tengan casa y que en su casa –o amasijo de cartones- haya, por lo menos, una perra parida con cachorros de ojos nuevos, una cama que arda, una luna naciente o, en el mejor de los casos, la imagen de una Macarena que llore y que sonría al mismo tiempo, para que tengan siempre a quién cuidar y a quién aferrarse.

—Doña, ¿tiene algo para comer? Aunque sea unas monedas, para la leche del pibe, ¿vio? ¿Y ropa que no use?
—No, yo sólo tengo mi egoísmo, pero no creo que eso les sirva. Es cierto que contiene palabras intercambiables, pero el problema es que, para mí, amor no es pan, pan no es caridad y caridad no es amor.
—Y bueno, gracias igual. Feliz año nuevo, doña y que dios la bendiga.

Y siguen. Y pasan. Y se van más allá, a repetir las preguntas y a agradecer el carácter inservible de las respuestas.

Son los basurgas. Sombras, bultos, humanidad a empujones, raza nocturna. El flaco J. lo sabe. Yo digo que debe ser por eso que se pone a cantar "Imagine" en el piano, en cuanto los escucha. Entonces es cuando empieza la protesta de los vecinos:

—¡Che, no jodás a estas horas! —le grita alguno que logró elevar lo doméstico a la categoría siguiente, que vaya uno a saber cuál es.
—Es que me sangran los oídos, jefe. Duerma después. En todo caso, espere a que se vayan los basurgas —responde el flaco J., que anda siempre un paso más allá de las categorías.

Hypatia

lunes, octubre 03, 2005

Hablamos por ellos


En la hora de la exclusión y los olvidos, los desposeídos de Latinoamérica siguen siendo perseguidos para su control, su excomunión o su exterminio. Pero todas las ramas de su sangre cantan con el mismo aire. Mundos de hermanos, hombres y mujeres que se enseñan unos a otros a leer, que se curan y se cuidan entre ellos, que se consuelan y se hacen solidarios frente al hambre, la enfermedad y la tristeza, desatan un gran tráfico de sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte, aunque los asesinen a mansalva.

El rechazo social y la muerte, son la única herencia de los hombres que no tienen techo. Policías y militares son contratados para exterminar la pobreza de las calles, ya sea porque contamina los intereses de los comerciantes de la zona, o por el mero hecho de querer contar su pena.

Los hundidos -escribe Levi- aunque hubiesen tenido papel y pluma, no hubieran escrito su testimonio, porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal. Semanas y meses antes de extinguirse habían perdido ya el poder de observar, de recordar, de apreciar y de expresarse. Nosotros hablamos por ellos, por delegación.

Los justicieros privados y sus “operaciones de limpieza”, la oscuridad de las fosas comunes, los falsos profetas de las nuevas democracias latinoamericanas, no son más que la obra extendida que iniciaron en estas tierras luminosas, tantos y tantos mesías de charreteras encaramados en el poder y que la historia repite, permutando matices.

Es bueno considerar que, en este mundo en el que amanecemos cada día, la mayor parte de nuestros niños son pobres y la mayor parte de nuestros pobres son niños. Hay millones de niños que viven en la calle y los “escuadrones de la muerte” asesinan cada año, sólo en Brasil, a 7000 de estos niños.

Ya no se trata de imputabilidad o no, ni de que sean bestialmente cazados. Sencillamente son aniquilados porque se han tornado peligrosos, más aún que sus mayores. Quizá sea porque, mientras duermen a la intemperie, intentan hacer pan de sus dolores, con el sueño.

Es que el sistema peligra, la paz y los derechos de las minorías se ven amenazados por multitudes de pobres que, aún sin techo y soportando apenas las miserias a las que se los somete, se refugian en el remanso de breves y libres felicidades.

Porque ellos son el verdadero testimonio, la prueba de que el amor, sustento de la condición humana, trasciende la muerte. Y es la propia sangre de los pueblos la que escribe la experiencia, dejando asentado que jamás, ningún sobreviviente ha podido renunciar a la luz, ni a la felicidad de existir.

Hypatia


Propiedades sacrosantas

Era domingo al mediodía en Asunción, cuando el cielo se invirtió como un arcano de sombras y todas las plegarias fueron una: Señor, la jaula se ha vuelto pájaro. Qué haré con el miedo? Las puertas del gran supermercado encerraban, a un tiempo, el incendio y la tragedia

Dicen que pocos vieron prender la llama entre las manos del incendiario y que “mientras Paraguay lloraba la muerte de, al menos, 364 personas en el devastador incendio del supermercado Ycuá Bolaños”, un guardia de seguridad confesaba haber recibido la orden de clausurar las salidas. En un edificio preparado para la evacuación en situación de emergencia, en la prolija y lustrosa geometría de un rectángulo, todos quedaron atrapados, todos repetidos en el grito.

Junto con el guardia, resultaron detenidos y acusados de homicidio doloso, otros tres cuidadores, el dueño del hipermercado, su hijo y un socio. Las noticias hablaban de cien muertos más, que regresaban aturdidos, que abrían los ojos, las puertas y que clamaban con estridencias justicieras, desde las crónicas.

Era un imperativo inapelable. El amo tenía que cerrar las puertas antes de que alguien le robara algo de su sacrosanta propiedad, aunque los mentores de la ópera bufa de la cultura consumista, música ambiental del neoliberalismo, hayan sido los primeros que enajenaron los albedríos de los pueblos. Lo que ha tenido lugar en la experiencia de modernidad capitalista, dice Walter Benjamin, "no es un reanimarse auténtico, sino una galvanización de lo humano”.

Juan Pío Paiva, quien “negó los cargos y dijo no ‘sentirse culpable de lo ocurrido’”, es el propietario y quien portó, aquella vez, el nombre del monstruo. Pero todas las minorías opresoras de Latinoamérica defienden sus intereses económicos a sus anchas, poniendo al margen y sumiendo en la indigencia a millones y millones, escarneciendo a las inmensas multitudes populares, con medidas que abarcan un espectro deplorable de matices: desde el agravio del hambre, hasta la muerte que, incendio a incendio, gana al fin la tierra.

El capitalismo contemporáneo, en su forma más grosera y desastrosa, hace las cosas a su antojo. Salvar sus bienes implica, como en el genocidio paraguayo de aquel domingo, una experiencia de destrucción que configura el nuevo carácter de la barbarie. El discurso de la “democracia”, en su particular fundamentación moral, basada en la lógica de la modernización neocapitalista, no califica, seguramente, de genocidio, ese acontecimiento atroz.

Pero los muertos del Paraguay y todos los muertos de esta América que se desangra por los ríos oscuros de su existencia, reclaman otra tierra, ya no la que ahora los cobija con su deber de madre, sino una tierra donde otra manera de vivir sea posible. Una tierra que no divida a sus hijos en dos partes, una que enloquece por amor a su historia y otra a la que le avergüenza su cédula.

Un lugar donde no haya que pedir a gritos las migajas de los sueños. Un nuevo mundo, en fin, donde no haya naufragios. Un mundo construido por las mayorías, de azadón y ladrillo, propiedades sacrosantas en las manos de los soñad
ores.

Hypatia

Guaridas sin sol

Ellos viven al lado de Los Bajos de San Isidro, en el Departamento de Valle Viejo, provincia de Catamarca. Son madres y padres de familia, en situación de indigencia, rodeados de hijos traviesos que corren por el margen del río del Valle, para jugar a salpicarse con el agua de las alegrías pasajeras, mientras el grito de la miseria salta en las piedras atropellando el silencio.

Dicen que el asentamiento “Los Bajos” fue tomando forma sobre los médanos hace cinco años. Las casas, de una sola habitación “con techos de cañizo o chapas,” más bien son como guaridas sin sol, que casi se despeñan por las barrancas del río, donde ruedan, junto con las angustias cotidianas, toneladas de basura a las que el desamparo no se acostumbra. Pero los reclamos no encuentran ni un cerro, siquiera, que les haga eco.
Cuenta la crónica que “en la mayoría de los hogares hay un promedio de siete hijos; los padres son changarines y las madres desocupadas; sólo algunas personas reciben planes de empleo transitorio y todos subsisten en la marginalidad absoluta”.

Estos hombres y mujeres que alguna vez tuvieron trabajo y sueños de bienestar, que alguna vez creyeron entender que con la mera fuerza de sus manos podrían forjar un tiempo claro para ofrendar a sus hijos, caminan hoy con el corazón como un arco que ya no cabe en el pecho y a sus apellidos de familia se los tragó el abandono y el desprecio de los vecinos más pudientes, que los nombra como la “gente del río”.

Así, colectivamente, ni familia Pérez, ni familia Fernández, todos juntos y hacinados en el fondo penumbroso de la exclusión, sobreviviendo en la sordidez del hambre y de todas las carencias, en el hartazgo de las promesas incumplidas de los funcionarios comunales, en medio de un paisaje donde todo se vuelve inconsolable, agonizan eternamente, sin calma, ni ilusión.

El comedor “Bichito de Luz”, que funciona en la zona sólo cuando tiene recursos, no da abasto. El hambre y las enfermedades son, para los niños de “El Bajo”, como esas manchas de humedad en las paredes de sus casas. Extendidas, interpretables como batallas con la muerte, como almas tropezando, como multitudes de fantasmas acosándolos en el desasosiego de la noche, mientras las madres se quedan sin palabras, llorando de perplejidad en la puerta de los hospitales, cuando no consiguen los remedios para la cura y los hombres, con dedos torpes, encienden el último cigarrillo con violencia .

Cada amanecer y cada tarde y cada noche, les sabe a mate cocido y pan, como arañazos sobre las heridas del hambre. La vida conserva siempre el mismo sabor definitivo e ineludible. Salvo cuando, en ocasiones, alguien como Samuel, un “changarín desocupado que limpia el patio de pieza única con una escoba de hojas de suncho” vuelve del monte con alguna iguana o una comadreja y las desangra sobre la crónica, avergonzándose sin motivo, de su inocultable, imperiosa necesidad de ser un hombre.

Hypatia

La alegoría del pan

Sucedió hace unos días. Un tren cargado con maíz, descarriló en el barrio Nuevo Alberdi, al noroeste de Rosario. Siete de sus vagones, que andaban como prendidos a la sílaba final del viento, se volcaron en las vías, llenando una calle entera de granos como diamantes ciegos, como agua maciza. El paisaje –donde la miseria pende de los árboles, inalterada y omnipresente- de golpe se hizo poema.

Dicen que previendo “un importante robo de la carga por la cercanía de las villas de emergencia”, la empresa Nuevo Central Argentino, propietaria del cereal, dispuso apostar una custodia privada. La policía también fue convocada para vigilar los cuatrocientos metros de maíz derramado. Cuatro cuadras sembradas, como si fuera un milagro, con el padre maíz, vestido de las venas, alimento del son, uva del indio.

Y qué oportunidad mejor, para aquellos que padecen hambre, de recuperar el olvidado asombro de estar vivos...

Pero lo que los guardias privados y la policía estatal custodian, en esta tierra dolorida, no es la esperanza de los pobres, sino su potencial criminalidad frente a la propiedad “ajena”. Es ésa la consigna del poder. Como si la esperanza del pan no fuera la propiedad privada, atesorada y única, de los desamparados.

La vida de pueblos enteros giraba, en nuestra hoy empobrecida América, alrededor del maíz, antes de la llegada de los españoles. Tan importante fue, que aún hoy se lo nombra como en un ritual, llamándolo “su alteza”. Ante qué otro rey pretenden los dueños de la riqueza que un hombre humilde se incline, sino ante la presencia alegórica del pan?

Pero ni aún derramada, la riqueza se distribuye entre los pobres. La desigualdad volvió a pasar, esta vez, en el tren, como carro triunfal, por las desolaciones de un barrio rosarino. El retumbar de los granos en el suelo, le cantó a la pobreza un madrigal de sueños. Quién imaginaría que alguien pudiera negar que el maíz es, en su carácter de alimento, la mínima catedral de los anhelos, el padrenuestro de la miseria?

Eran las horas de la tarde cuando el maíz, ese pedazo de pan para los pájaros, esa pequeña harina alada y vencedora, se volcó en alaridos y quedó yaciente y tentadora, en medio de la injusticia y la vergüenza.

Hypatia

La palabra perdida

¿Cómo aprenden, los pobres, el arte de morir? ¿Cuándo recobrará esta Argentina del brutal abandono, su paloma, para que los vecinos acudan a mirarla?

A tres kilómetros de la capital de Santiago del Estero, en Añatuya, al lado de un viejo basural que afecta con su pestilencia a los barrios de San Cayetano, Villa Abregú y Triángulo Cinco, dicen que sobreviven veinticinco familias criando animales y buscando entre la basura, para poder subsistir. Y aunque la municipalidad recibió donaciones de terrenos para trasladar el basural más lejos, camino a Vinal Esquina, alguien cambió el nombre de estas familias por cualquier cosa que le fuera más útil y el basural sigue ahí, al lado de estos barrios que, antes que barrios, parecen ghettos privados de libertad y de belleza.

Entre las espirales de angustia de los hombres, la tristeza de las mujeres que, como leonas, buscan por ahí los juguetes que les llevarán a sus cachorritos y los griteríos de los niños que andan, en alegre pesquisa, esperando la descarga de los camiones, transcurre el tiempo de la pobreza, callado, a gritos o a zancadas, como sea, como se pueda.

Buscando cobre y aluminio, clasificando la furia para poder ponerse, uno que otro día, una sonrisa de legumbres, los hombres y las mujeres de estos barrios, se desgarran por sobrevivir, en un país en el que el vino se derrama y las copas viudas de la pobreza continúan vacías.

La curiosidad y el hambre de los niños, termina intoxicándolos. Un día, la panza duele todavía más que cuando no hay comida, el cielo se les hace más rabioso y la alegría termina siendo de cualquiera, menos de ellos. Internados en el hospital, intoxicados, como pequeños pájaros derribados a tiros, ven a sus madres soportar, al pie de sus camitas, una vigilia añorante de sembrados.

A la miseria de todos, a la necesidad cotidiana de encontrar una trinchera donde esconder la furia, al extenuado tránsito de una vida que se pudre en la impotencia, se suma la desgracia de tener que “convivir con la basura que arrojan comerciantes, profesionales y vecinos comunes de la ciudad. Según los pobladores ‘cuando sale viento el olor a mugre ingresa en las humildes casas y no podemos comer’. En esta zona arrojan caballos muertos, bolsas con residuos, botellas con bebidas en mal estado, entre otras cosas”.

Doña Josefina Paz, que tiene 84 años y es la que tiene más sabiduría y menos miedo, contó al cronista cómo vienen sigilosos, por las noches, a silenciarles la palabra patria con toneladas de basura.

Ella sabe que sólo cuando toque la tarde su guitarra y no se vuelva a hablar de la miseria, habrán recuperado la palabra perdida.

Hypatia

Beber la muerte

Envenenados por la indiferencia y el desgano político de los funcionarios, los 450 habitantes de un pueblito perdido en la miseria del este tucumano, caminan, en medio de la infamia institucionalizada, hacia un final precoz y desgarradoramente injusto.

Hace años que se sabe que las aguas de Los Pereyra contienen niveles mortales de arsénico y aunque la solución está a mano y es viable, una vez más se supone que el tiempo de los pobres puede y debe esperar la muerte, con paciencia.

Dicen que existe un proyecto, que insumiría 120.000 pesos en cinco meses de trabajo y brindaría una solución definitiva. Pero el Banco Mundial, que financia la mayor parte, exige que las obras se hagan con beneficiarios de planes sociales. En Los Pereyra hay pocos planes y pocos hombres como titulares. Los pocos hombres disponibles están ocupados en otros trabajos. Al no tener el cupo de obreros, la Gerencia de Empleo de la ANSES declara el proyecto “no viable”.

“Puede que todo se deba al niño que juega a los dados, al que come en silencio en un asilo, al que tiene los pies sucios o al que entierra un palo en el lodo, y el azar, la orfandad, la suciedad y la lluvia los ignoran”, como diría Olga Orozco.

Según la crónica, hubo un plan nacional alternativo que requirió de más de un crédito. Pero las normas sólo permiten otorgar uno por localidad, con lo que Los Pereyra quedó dividido entre los que se beneficiaron de la escasa voluntad política de los funcionarios y los que cayeron bajo el filo de guadaña de una burocracia homicida.

Así es como un pueblo se ahoga poco a poco en agua envenenada, que es lo mismo que decir, se ahoga en las aguas turbias de una democracia que lleva, cuando de pobres se trata, el cumplimiento de las normas a extremos inauditos. Normas que se cumplen al borde de lo inhumano, a la orilla de una crueldad que pretende llorarnos desde adentro, desgajarnos en corrientes de cal, marcarnos con agua oscura la indigencia del cuerpo.


Hypatia


Estrellas reciclables

Como si se tratara de la trama de una novela naturalista, mujeres, hombres y niños caminan, entre la niebla de los atardeceres argentinos, buscando entre la basura el atajo que los lleve, directa o indirectamente, a encontrar el sustento cotidiano.

Gatos, ratas, vida, muerte, sueños que se ahogan en las cloacas, el deber de los padres y la obediencia de los hijos, se mezclan obsesionados en miradas escrutadoras que aprendieron a separar, de una sola ojeada, el cartón de las telas, el vidrio del plástico, los restos de comida, de los tristes ácaros de la podredumbre.

Pero la realidad tiene un componente de grotesco, del cual la novela carece.

El Estado propone, a través de sus funcionarios, planes de reciclado de los residuos sólidos, como por ejemplo, la transformación del papel, recuperado en los basurales, en cartón corrugado. Dicen que es una industria que se sustenta en el trabajo de los “cirujas”, como los llaman “cariñosamente”. Dicen que así se aprovecha lo que, de otro modo, quedaría enterrado para siempre y aducen que nuestro actual sistema de recolección es, entre otras cosas, antieconómico.

Lo que no dicen los funcionarios es que, mientras el negocio que surge del “circuito informal” de la basura, representa una ganancia de entre 100 y 150 millones de pesos anuales, cada “reciclador” obtiene 150 pesos mensuales para calmar el hambre durante, a lo sumo, diez de los treinta días de ese mes. Claro que la gente que trabaja recogiendo cartones, botellas usadas, plástico y papel puede ganar, con suerte, $400 al mes, si todos los días son buenos.

Tampoco dicen que alrededor de la conmovedora imagen de los cartoneros que andan empujando sus carritos, como quien empuja la vida, sólo para creer que los espera un norte, se monta un circuito de explotación formado por distintas mafias: los acopiadores, los transportistas y la industria papelera.

“Pero siempre nos tiran el precio abajo con el cartón, y de 100 kilos que llevás, te pagan 70”, dice Osvaldo Ledesma, un mendocino que vive de la basura y que a la hora del almuerzo hace cualquier cosa menos comer y en la noche aguarda que, del cielo, arrojen a las charcas los podridos luceros.

En su acotada protesta, Osvaldo libera la voz del pobre, que pide balcones de cara a los jardines y a la luna, nunca más al aciago paisaje de los desperdicios.

Hypatia

El bicho de la miseria

La noticia es rotunda: Cifras alarmantes arrojó un relevamiento oficial sobre el mal de Chagas realizado en el Departamento San Martín de La Rioja. Según el director de Salud Ambiental, Hugo Hrellac, "el estudio reveló que el 60% de las viviendas ubicadas en la zona rural están infectadas por vinchucas". Salud Ambiental fumigó las casas, gallineros y corrales y realizó estudios serológicos en la población infantil de 0 a 14 años, con resultados igualmente alarmantes.

En este tiempo de tormentos la vinchuca, hija del polvo brutal del desamparo, camina sobre las patas del atraso social, labrando el mal en la carne dormida de hombres y niños e invadiendo, con todo desparpajo, la serena humildad de los abrazos y el calor inocente de las cunas. Nocturna y traicionera, es el valor agregado de la miseria de nuestro Norte.

En un encuentro de 110 especialistas en Mal de Chagas de Colombia, Brasil, Uruguay, Paraguay, Inglaterra y Argentina, los expertos pusieron de manifiesto que La Rioja, Córdoba, San Juan, Formosa y Chaco se encuentran entre las provincias más comprometidas respecto al Chagas.

En América Latina, la vinchuca acecha a cien millones de pobres entre los ladrillos de los ranchos, al amparo del fuego tembloroso de las velas y bajo el frío de los gobiernos.

En menos de dos años, Carlos Chagas, esgrimiendo su ciencia como una espada, en la precariedad del nordeste brasilero, con meticulosa pasión y escasos medios reveló, en 1909, todo lo revelable acerca del “Mal del bicho”, como se lo llamaba por el año 1500.

Quién tendrá el valor, en este primer ciclo “democratizador” del milenio, de arrancarle las patas al “bicho de la miseria” pacificando el sueño de los que la padecen y cuyo deseo no busca otra cosa que algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse.

Oximorones

En junio de 2004, Brasil y la ONU convocaron a una alianza global para combatir la pobreza en el mundo, pero Estados Unidos se opuso. Mientras el presidente Lula, de Brasil, imaginaba un impuesto al comercio de armas o la creación de una tasa a las transacciones financieras de los paraísos fiscales, para financiar el desarrollo y terminar con el hambre, Terry Miller, funcionario del Departamento de Estado y jefe de la delegación de EE.UU., prescribía el mejoramiento de los marcos legales para estimular la inversión privada en el mundo “en desarrollo”.

Será que EE.UU. envió a la UNCTAD (United Nations Conference on Trade and Development) una delegación de “bajo nivel”, como denunciaba una ONG a través de la agencia Reuter?

Más bien parece que ciertos oximorones de la política mundial, tales como “socialismos de mercado” o “estatismos minimalistas” no resisten ningún análisis y son, en realidad, las dos caras de una misma moneda. De un lado se aprecia una imagen difusa, que representa de tal modo los conceptos de justicia y libertad, que los hace compatibles con el capitalismo moderno. Por otra parte, sencillamente aparece la cara del monstruo capitalista propiamente dicho, tal como nació y pervive, aunque algo más asentado en su capacidad de parecer eterno e invencible.

Mientras Lula afirmaba que el dinero necesario para combatir la pobreza en todo el planeta es de unos U$S 54.000 millones al año, y representa menos que el gasto militar que se hace en todo el mundo en tres semanas, el hambre y las enfermedades relacionadas con la pobreza matan a 25.000 personas cada día y a seis millones de niños cada año; mucho más que las guerras

Sin embargo, los pueblos sometidos por el monstruo han creado, en su singular literatura, sus propias figuras antinómicas, para decirle a la perversión del sistema que el libro en el que los pueblos escriben su historia, tendrá el final que ellos mismos quieran darle.

Y entre estos oximorones populares, tenemos, por ejemplo, la alarma silenciosa que resuena en el pensamiento de los desposeídos; la calma tensa de las manifestaciones; el afán sin remedio de esperar lo inesperado, la conciencia de la desprotección de las Naciones Unidas y el llanto sin lágrimas de los que lo perdieron todo, bajo la luz oscura de las democracias.

Pero en verdad, es en la inalienable soberanía de los pueblos donde reside, especialmente, la historia del futuro.

Hypatia

Mil quinientos uno

El es un obrero anarquista que, desde hace más de ochenta años, viene defendiendo, en la historia, la dignidad de cada uno de sus compañeros explotados. El trascendió la humillación de la tortura y el despropósito de la muerte, a manos de la policía y de la gendarmería del lugar, a la sazón, financiadas -para la mejor represión de los obreros- por una empresa extranjera productora de tanino, que se había instalado en el lugar.

Cuenta la crónica, que Los Amores es un reducto de la antigua compañía inglesa “La Forestal”, que vació de quebracho la cuña boscosa santafesina en setenta años de explotación salvaje.

Con el característico método depredatorio de la explotación capitalista, La Forestal arrancó de cuajo la riqueza de la zona, llevándose hasta la última rama del bosque poderoso, con raíces, con pájaros y dejó, a cambio, clavada en esas tierras, la infausta espada del abandono y la miseria.

Una vez arrasadas, las tierras de La Forestal quedaron a merced de nuevos compradores, entre ellos, muchos contratistas argentinos que tuvo la “Compañía”. Las de Los Amores fueron a manos de Román Rojas. Supuestamente, Rojas, que ya murió, debía dar prioridad a los habitantes de Los Amores si quería vender sus tierras. Pero en 1987 se las vendió directamente a Carlos Federico Sosa, a través de una escritura en la que no se dejó constancia de que esos lotes -medio millón de metros cuadrados- estaban habitados. En la escritura se compran tierras vacías, pero en la realidad, era un pueblo lleno, con cementerio y todo.

Hoy, los acreedores del tal Sosa -que puso como aval para sus emprendimientos comerciales las tierras de Los Amores- quieren cobrar lo que se les adeuda y traban embargos e inhibiciones sobre ellas, con pueblo y cementerio y todo. En esa espada de abandono y de miseria, entonces, se ató además una bandera de remate, que vuelve abrir en rojos las viejas cicatrices de sus habitantes.

Algunos, como Angélica Brassart, se animan a declarar, como pueden, su impotencia: "En este pueblo estamos todos olvidados”, dice. “Hace cincuenta años que vivo aquí. Y no tengo nada más que el amor por este pueblo, y a mi mamá y a mi papá enterrados allí donde usted los vio”. “Nos vendieron como a ganado”, protesta en sombra, Adela Miño.

Y casi nadie tiene escrituras ni boletos de compra-venta. Apenas si tienen la nostalgia de los duros tiempos en que los hacheros de La Forestal hacían sus huelgas, por sobre la amenaza de la guardia uniformada que la empresa había instituido, para abortar las luchas de los obreros por sus inalienables derechos. Tienen, también, el presente de una democracia corroída en sus cimientos, que no repara en los insultos del tal Sosa, que llama “usurpación” al sufrimiento de un pueblo y que propone soluciones tan desopilantes como privatizar el cementerio, “porque quien compre eso no va a querer negros en su tierra”.

Viejos y niños, en el pueblo -los del medio, se fueron- van y vienen del Servicio Jurídico de Reconquista a sus casas, para decir que allí, en el mapa, donde figuran los despojos de un terreno baldío, en realidad retumban los latidos de mil quinientos corazones asustados y el golpe de un hachero fantasma, que se resiste aún, al designio funesto de los escuadrones.

Hypatia

viernes, agosto 19, 2005

Trascendencia


De las diecisiete colonias agrícolas judías que, en 1846, se establecieron en la provincia de Ekaterinoslav, al sudeste de Ucrania, Trudoliubovka llevaba el número cinco.

De las treinta y dos familias que se refugiaban en la sonoridad de su nombre, la de los Kazintsov era una de las más respetadas, porque su jefe era “feldsher”, una especie de curandero, además de consultor y consejero comunitario. El era el encargado de llevar, con dulces salmos, un dudoso consuelo a los moribundos, pero también era convocado, en cada festividad, para la confección del menú. En esos casos, indicaba la conveniencia o la inconveniencia de ciertos alimentos, con el mismo rigor de un Moisés que impone orden en el Eros desatado de su pueblo, a la sombra del Monte Ararat.

De las dos calles que constituían el escenario, una era larga y ancha. La otra, tan estrecha y corta como el poder entusiasta del “feldsher”, frente a las crueldades del destino. Esta callecita era llamada “la calle de los perros”. Eso obedecía a que un individuo ignoto, pero con más hambre que escrúpulos, solía levantar a cuanto perro anduviera suelto por las comarcas vecinas, para luego venderlo en ese lugar. Entonces, de todos los perros de Ekaterinoslav, cada familia en Trudoliubovka tenía, por lo menos, uno.

De las dos casas que se erigían entre los dos únicos negocios de la Colonia, una era la del oscuro rabino Pinkhas y la otra, la del “feldsher” Kazintsov cuya hija, Ekaterina, tenía el nombre más pro-imperial y menos original de toda Rusia.

De todos los ríos del mundo, el Dnieper era el más cercano, el más querido, el más azul, el más verde y el menos pródigo. Pero aunque el pescado debía traerse desde la ciudad de Melitopol, la inspiración de más de un poeta ruso, como Maiakovski, seguiría declarando, muchos años después, que “morir es una cosa fácil y que hacer vida, es mucho más difícil”.
En la fotografía, la forma en que Ekaterina se para en el siglo XIX, para abrazar a Víctor; el modo en que sonríe y apoya la cabeza sobre la solapa izquierda del traje de él, mientras le rodea los hombros con su brazo derecho y deja caer, desde su mano, un ramito de flores, induce a cualquier observador, parado en el siglo XXI, a cierta especulación rayana con la suspicacia.

Víctor, el hombre contenido en el abrazo, altísimo, barbado, rubio y con un rasgo de felicidad, apenas disimulado debajo de la visera de su gorra, fundamenta, con su apostura, el abrazo, la sonrisa y las flores, aún pendientes, de Ekaterina.

El mote de “Princesa Kazintsov” lo había recibido a causa de su afán por el estudio. Ningún judío sensato se aventuraba fuera del obligado confinamiento en la Colonia, como no fuera por razones de fuerza mayor. No se sabe cómo logró Ekaterina, en plena pubertad, soslayar los mandatos de la sensatez y omitir la ortodoxia de la cultura familiar.
El hecho es que, por no contar la Colonia más que con una escuela de nivel primario, a despecho de la persecución zarista, la discriminación y el desprecio hacia su linaje, ella asistió al Liceo de Melitopol, ciudad que, por lo visto, no sólo proveía de pescado.

Durante el viaje en tren de cada día, alentada por las apasionantes reflexiones de su compatriota, la aristocrática Helena Blavatska, fundadora de la Teosofía, Ekaterina dibujaba laberintos de astros rellenos de palabras y pergeñaba poemas mechados con estrellas. A mera punta de lápiz delineaba, en su cuaderno, flechas que apuntaban hacia el norte de todos los espacios imposibles.

De modo que, al tiempo que los varones se encajaban el “kipá” en la puerta de la sinagoga y las mujeres abrochaban el último botón de su recato, para predisponerse a los rezos, su juventud atravesaba, reluciente y astral, la melancolía de los campos, el amanecer de las aldeas y la violencia solapada de todos los obstáculos.

Uno de los vecinos más apreciados por todos, se llamaba Reb Ber. El tenía un viñedo y, en tiempos de cosecha, dejaba que los niños fueran los primeros en arrancar los mejores racimos. De ese modo, más de un niño llegó a olvidar -al menos mientras se demoraba en la voluptuosidad de las uvas- su condición de perseguido, para ser tomado como soldado al servicio del ejército del zar.
El afecto y la admiración de los adultos hacia Reb, tenía otra razón de ser. Su oficio de “colocador de huesos” era mentado en todo Ekaterinoslav. Salvo oprobiosas excepciones, como una renguera de por vida que, con sus tejes y manejes, era capaz de legar –involuntariamente, claro- Reb podía enderezar cualquier porción del esqueleto que se hubiera descolocado. Así, sus coterráneos más desvalidos, podían seguir sosteniendo su cuerpo sobre las adversidades del contexto. Por fortuna, Ekaterina nunca tuvo que acudir a sus servicios. Ella sabía muy bien que, a los abismos, sólo había que bordearlos y que no existía sustento más seguro que la alfombra al lado de la cama, al levantarse para ver el día, cada día.

Los pastores se ponían a ordeñar al alba, antes de conducir sus rebaños a los campos de pastura y la gran calle desierta, comenzaba a crecer como una curva de colores, llenándose de jóvenes que salían a cantar y a bailar.

En invierno, cuando el Dnieper se congelaba y los buitres eran capaces de sobrevolar los trineos, los hombres no tenían nada que hacer. Entonces iban a la escuela donde, con suerte, se recibían diarios enviados desde Moscú o San Petersburgo. Cuando eso acontecía, corrían a las zancadas sobre la nieve, con los preciados rollos debajo de los brazos. La exaltación de su llegada, marcaba el momento en que el mundo sería depositado en el centro de cada rueda familiar. Uno de los protagonistas principales de esa escena era el samovar y, desde las bodas hasta las guerras, tenían lugar allí debajo, justo en el lecho de un caudaloso y caliente río de té.

Como en la Colonia no había un solo lugar donde comprar ropa nueva, Ekaterina cosía calzoncillos, trajes y vestidos; tejía medias y hacía magia con los cueros y las pieles. Su aguja se insertaba desde abajo hacia arriba, con el mismo vaivén con que acompasaba sus conjuros y en la misma certera dirección: desde la tierra, hacia el cielo.

La ceremonia del encendido de las velas, en las festividades, le daba serenidad y le aclaraba aún más la frente. Pero lo que más le gustaba, era el ritual de salir de la casa, toda vez que se rezaba en memoria de los muertos de la familia. Todos los que tenían a sus padres vivos, tenían la obligación de hacer eso. Entonces, su regocijo era doble. No sólo podía pensar en la gracia de conservar la compañía de sus padres, sino que el hecho de escapar de las palabras de la muerte, la hacía sentirse al resguardo de todo el desamparo de sus circunstancias y de todos los fantasmas de su época, incluyendo el de Iván el Terrible.

Moshe Nol resultaba siempre el elegido, a la hora de buscar un vecino prominente para la celebración del “Yom Tovim”. El era el encargado de cobrar los impuestos y responsable de cuanto sucediera en la Colonia. Era el “starosta”, el alcalde. A él se le confiaba todo el producto de los campos y era él quien custodiaba las bolsas, hasta su llegada a Mariupol, donde vendía todo. El primer dinero, lo apartaba para las tasas y con el resto compraba cueros, pieles y géneros, para que todos fabricaran ropas nuevas.

Ekaterina solía recibir a Moshe en la puerta de su casa, ansiosa por ver la calidad de los tejidos o por apreciar el color de las pieles. Nadie hubiera sospechado jamás que el rubor que surgía en sus mejillas no obedecía al frío, sino a la aparición de Moshe, en el preciso instante en que doblaba por la “calle de los perros”. Varias reminiscencias licenciosas se disparaban, entonces, a dos puntas, en la memoria de ella, desde los negros bigotes de Moshe. Al mismo tiempo, el apuro que parecía mostrar él por entregarle la mercadería no tenía, en verdad, otro objetivo, que la necesidad de hundirse en el verdor selvático de los ojos de ella.

Desde el principio, sin necesidad de recurrir a los conjuros, fue Ekaterina misma quien encontró el pretexto. Simular disgusto por la elección, poco feliz, de alguna tela y correr a la casa de Moshe, con una ficticia bandera de protesta y una secreta actitud de enredadera, eran un solo acto. El resto de la pasión se desplegaba, entre los dos, como una pieza de tela: de un solo empujón y con varios metros de placeres extendidos.

Lo mejor, además de la comida, era el vino. Ekaterina esperaba a quien fuera que viniese, con el vino en la mesa. Cuando su padre rezaba el “Ma Nishtanah”, en un hebreo tan circunspecto como sensual, siempre llegaba a la parte en que decía “éramos esclavos”. Entonces ella clavaba la mirada en el efímero tiempo circular de alguna bandeja ceremonial donde, una sola hilera de huevo duro y a lo sumo otra, de cebollas pasadas por agua salada, le sugerían el universo. Así, luego de escuchar a su padre decir eso, soñaba con todas y cada una de las libertades humanas.

La esclavitud era cosa del pasado. Sentía que su vida se abría como un arco y con las venas tensadas era tan capaz de objetar, en presencia del mismísimo rabino Pinkhas, algunos de los preceptos de la Torá, como de llevar la complicidad con Moshe, desde el fogoso embrollo de las sábanas, hasta la furia de un llamado común a la asamblea, ante la amenaza de los “progroms”. El propósito, por utópico que pareciera, era quebrar la -por entonces ya endeble- enjoyada paz de Nikolai II.

Aquel Octubre luminoso, no sirvió para nada. El martes 21 de diciembre de 1918, Ekaterina organizó, junto a Moshe, el último llamado a una asamblea popular. Ya se sabía que una fracción de campesinos, comandada por un tal Néstor Machno, un sanguinario a ultranza –y no por anarquista, sino por mal nacido- invadiría Trudoliubovka en cualquier momento.

No se sabe si fue la estrella, en ese ángulo de su carta astral o su noción acerca de la relatividad de los conjuros. Víctor, que lo sabía todo de ella, no dejó testimonio. Pero él, que no hacía más que enamorarse de la fuerza con que Ekaterina cargaba cada decisión de importancia, la apoyó en el grito y en la idea: “Vámonos de aquí!”.

El último “progrom” diezmó a la comunidad de Trudoliubovka, el viernes 24 de diciembre de ese año. Hubo quien dijo que el arma la portaba ella y que hasta disparó varios tiros sucesivos, gracias a los cuales pudieron abrirse paso. Ese mismo día, con una aguja que atravesaba la tragedia desde abajo hacia arriba, para coser las velas y elevarlas al viento, Ekaterina miró hacia América, acodada en la baranda de la cubierta de un barco.

Hoy, a modo de inventario, podría decir que atesoro, por lo menos una estrofa completa de una pequeña canción rusa, sencilla y romántica, en mi memoria. Hay algo, en mi actitud corporal, que repite el modo Kazintsov de abrazar a un hombre amado. Tengo, también, la manía de homenajear todo aquello que estremece, a saber: las revoluciones, el tránsito de las esferas celestes, los besos memorables y alguna que otra cosa que ahora se me olvida.

Pero lo que no olvido, ni descuido y lo que me hizo capaz de jurar amor eterno, es ese ramo de flores inclinadas, siempre vivas, que baja hasta mí, burlándose del tiempo, desde la mano de mi bisabuela Ekaterina Kazintsov, “la Princesa”.

Hypatia