
Eran las once y media de una mañana de domingo, allá, por los años 60. Andabas jubiloso, por el patio, mientras les ponías nombre a las gallinas –Amalia, Teresa, Gumersinda– y con mentirosos aires de inocencia tirabas piedritas al huerto del vecino, por ver si lograbas arruinar la verdura en ciernes, a través de esa cerca generosa de hojas de parra virgen, recién nacidas.
Pobre de mí, me paso llorando ausencias [...]" decían, en armonías cadenciosas, los Quilla-Huasi, por la radio. Pero tu infancia aún no prestaba atención a la nostalgia y entonces, reías si ella te leía sus versos de amor.
De la cocina salía un poderoso olor a chauchas hervidas, que sí te desvelaba de tus sueños diurnos –¡dios mío, no, otra vez esos hilos atravesados en la garganta!–, pero un solo ladrido de la perra te devolvía al país de los espejos, al laberinto enrevesado de tus gloriosas fantasías: “¡Vamos Amalia, hay que conquistar Pollolandia; seguidme caballeros, ayudaremos a estas damas despojadas de sus bienes y tomaremos por asalto el reino!
Corrías por los canteros sin que te preocupara pisotear esa blanca perfección de margaritas –sigue Fulanito con la pelota, lo marca Mengano, pero Fulanito no se deja, se acerca a la zona peligrosa, miren qué patada, y… miren qué locura, gol, gol, ¡gooooool de Fulanito, a los treinta minutos del segundo tiempo…! “¿A qué hora vamos a la cancha?”.
¿Qué habrá detrás de aquella nube? ¿Hasta dónde llega el mar? ¿Los dragones existen? ¿Cómo se dice te quiero en japonés? ¿Usaré bigotes cuando sea grande? Dos por uno, dos; dos por tres, seis; nueve por ocho… ¿nueve por ocho?, ¿nueve por ocho?...
“Dio come ti amo…”, cantaba Diana María con un sentimiento de princesa taciturna. Pero para tu dulce imaginación, era en el mundo de tus princesas verdaderas donde se empollaban los prodigiosos huevos de oro, mientras tu heroísmo los rescataba para salvar del hambre a todos los niños pobres de la tierra.
“¡A comer ya, que se hace tarde!”, y atravesabas la puerta de la cocina corriendo hacia esa voz, pequeño Odiseo encantado, deslumbrado de hambre, enloquecido de amor a la comida y a la madre.
“¿Qué hay de comer, además de las chauchas? ¡Gallina! ¿Gallina? No quiero, no voy a comer eso, no tengo hambre… ¿Dónde está Teresita?
Una madre pródiga –caserón de tejas–, un padre que te nombró su compañero, compañero de grito enardecido –barrio pobre– una hermana estudiosa, compuesta como una reina –arrabal amargo–, y un hermano menor, travieso, inesperado –qué tiempos aquellos– te esperaban ya, acodados sobre el mantel de hule de una mesa, en cuyo centro brillaba, como brilla el anhelo en los ojos de los enamorados, el mismo paraíso, en la botella de un sifón azul.
Hypatia
Pobre de mí, me paso llorando ausencias [...]" decían, en armonías cadenciosas, los Quilla-Huasi, por la radio. Pero tu infancia aún no prestaba atención a la nostalgia y entonces, reías si ella te leía sus versos de amor.
De la cocina salía un poderoso olor a chauchas hervidas, que sí te desvelaba de tus sueños diurnos –¡dios mío, no, otra vez esos hilos atravesados en la garganta!–, pero un solo ladrido de la perra te devolvía al país de los espejos, al laberinto enrevesado de tus gloriosas fantasías: “¡Vamos Amalia, hay que conquistar Pollolandia; seguidme caballeros, ayudaremos a estas damas despojadas de sus bienes y tomaremos por asalto el reino!
Corrías por los canteros sin que te preocupara pisotear esa blanca perfección de margaritas –sigue Fulanito con la pelota, lo marca Mengano, pero Fulanito no se deja, se acerca a la zona peligrosa, miren qué patada, y… miren qué locura, gol, gol, ¡gooooool de Fulanito, a los treinta minutos del segundo tiempo…! “¿A qué hora vamos a la cancha?”.
¿Qué habrá detrás de aquella nube? ¿Hasta dónde llega el mar? ¿Los dragones existen? ¿Cómo se dice te quiero en japonés? ¿Usaré bigotes cuando sea grande? Dos por uno, dos; dos por tres, seis; nueve por ocho… ¿nueve por ocho?, ¿nueve por ocho?...
“Dio come ti amo…”, cantaba Diana María con un sentimiento de princesa taciturna. Pero para tu dulce imaginación, era en el mundo de tus princesas verdaderas donde se empollaban los prodigiosos huevos de oro, mientras tu heroísmo los rescataba para salvar del hambre a todos los niños pobres de la tierra.
“¡A comer ya, que se hace tarde!”, y atravesabas la puerta de la cocina corriendo hacia esa voz, pequeño Odiseo encantado, deslumbrado de hambre, enloquecido de amor a la comida y a la madre.
“¿Qué hay de comer, además de las chauchas? ¡Gallina! ¿Gallina? No quiero, no voy a comer eso, no tengo hambre… ¿Dónde está Teresita?
Una madre pródiga –caserón de tejas–, un padre que te nombró su compañero, compañero de grito enardecido –barrio pobre– una hermana estudiosa, compuesta como una reina –arrabal amargo–, y un hermano menor, travieso, inesperado –qué tiempos aquellos– te esperaban ya, acodados sobre el mantel de hule de una mesa, en cuyo centro brillaba, como brilla el anhelo en los ojos de los enamorados, el mismo paraíso, en la botella de un sifón azul.
Hypatia

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