viernes, noviembre 12, 2010

Un escupitajo a las puertas del Infierno

Por lo general, las mujeres no cultivamos el odioso ejercicio de gargajear, menos en público, menos cuando se nos da la gana. 
Sin embargo, a pesar de que, en mi condición de mujer valoro la delicadeza de ciertos ademanes que nos diferencian del sexo opuesto, hoy prefiero guardar ese recurso a la  seducción disfrazada de recato para las ocasiones que merezcan semejante gasto de energía en la conquista del objeto de la pasión o del amor de turno.

Dice la crónica que, al reconocido violador Grassi, el cura (¿qué lo cura?) sentenciado a quince años por la –al menos reconocida por los jueces– violación y corrupción de uno de los  varios niños víctimas de su perversión, no se lo encarcelará porque "a la Cámara de Morón no le corresponde resolver si debe ir preso". Pues, entonces, ¿a quién le corresponde?

Hay situaciones, como los miles de casos de abuso sexual infantil resueltos a favor de los imputados, que son norma en la Justicia de nuestro país, y para los que ya no es posible encontrar una palabra que defina tanta maldad, tanta hipocresía y/o, en el mejor de los casos, tanta indiferencia.

El asunto es que hay cosas que ya no se pueden decir (¿será por eso que nadie sale a gritarlo?), porque no hay vocablo que sirva para denotar una enormidad tan enorme. Por lo tanto, aquí va mi escupitajo. 

Escupo la cara del que "no puede ver otra cosa que absolución", porque se ampara en el poder de una institución que durante siglos se mantuvo firme en la dominación de los pueblos, y cuya arma es un arco tensado entre la tortura salvajemente explícita de la Inquisición y la ambigüedad intolerable de las respuestas esquivas, tal como sucede en nuestra época. Dentro de este rango, por poner solo un ejemplo, la iglesia se arroga el derecho de exonerar a un curita de provincia por apoyar la ley de matrimonio homosexual, y contiene en su seno al mismo demonio, corruptor de los mismos niños a los que Jesús comparó con el Reino de los Cielos.

Escupo la cara de los jueces cobardes que no llegan a alcanzar ni el ruedo de su propia investidura, sencillamente porque no son capaces de hacer justicia, dándole curso a la palabra y al reclamo legítimo de un niño abusado, cuyos derechos están grabados a fuego en la letra de las convenciones internacionales, pero más en el corazón de los hombres de bien.

Escupo la cara de los que se rasgan las vestiduras por un perro perdido, pero no tienen una pizca de piedad para con los que sufren en su carne los embates de un monstruo con nombre de emperador y envergadura de gusano.

Escupo, finalmente, por hoy, a las puertas de ese infierno en el que, tarde o temprano, caerá el traidor del Evangelio, con su sotana gastada de tanto arrastrarse por el mundo, y escupo para que, antes de caer, vea mi escupitajo y sepa que él y los que comparten su esencia son incalificables, porque están fuera del discurso, condición esencial de la cultura.

Hypatia