Con brazos fuertes y mirada atenta, una madre carga a un bebé de un año y pico, en la cadera; al hombro, su bolso; aferrada al puño, su bandera; en la cabeza, una cola de caballo improvisada bajo el caliente sol del mediodía; en la frente, un trazo que mañana será una arruga: una marca de dolor, de ilusión, de dignidad, de historia, quién sabe, de todo junto.
Tiene los ojos rasgados y la piel oscura, y la obesidad de la oculta desnutrición de la pobreza. Se aprieta contra la multitud con la paciencia de un maestro tibetano, y con el mismo silencio, y con la misma actitud de lenta contemplación. La diferencia es que ella camina, y camina entre todos, y se mezcla entre miles, y miles, y miles.
No sé si va o si vuelve de una despedida. No sé si lo que la trae aquí es el dolor o la alegría o si el dolor o la alegría se la llevan, o viceversa. No sé si esa criatura que carga con firmeza y naturalidad, como si aún estuviera incorporada a su cuerpo, comió, comerá o tiene hambre o fue saciada. Al niño le brillan los ojitos debajo de un sombrero de algodón, con ala. No sonríe, pero tampoco llora. No grita, pero tampoco deja de expresar un mundo. que no tiene palabras. Mira. Mira a la multitud. Mira a cada uno como si fuera su tío, su abuelo, su pariente, y como si cada uno estuviera a punto de hacerle upa para mimarlo. Nadie lo mira especialmente, pero él no abandona esa actitud que es mezcla de inocencia con demanda, de calma con anhelo.
Luego la pierdo de vista. Más bien, ella se hunde en la vorágine de una multitud que graba consignas en el viento, que canta a capella sus canciones.
A esta hora, exactamente, hay un pueblo en la calle, y este pueblo produce, mientras transcurre la historia, un descomunal, imparable, milagroso revuelo de palomas.
Hypatia

