viernes, octubre 29, 2010

Hay un pueblo en la calle

Con brazos fuertes y mirada atenta, una madre carga a un bebé de un año y pico, en la cadera; al hombro, su bolso; aferrada al puño, su bandera; en la cabeza, una cola de caballo improvisada bajo el caliente sol del mediodía; en la frente, un trazo que mañana será una arruga: una marca de dolor, de ilusión, de dignidad, de historia, quién sabe, de todo junto.

Tiene los ojos rasgados y la piel oscura, y la obesidad de la oculta desnutrición de la pobreza. Se aprieta contra la multitud con la paciencia de un maestro tibetano, y con el mismo silencio, y con la misma actitud de lenta contemplación. La diferencia es que ella camina, y camina entre todos, y se mezcla entre miles, y miles, y miles.

No sé si va o si vuelve de una despedida. No sé si lo que la trae aquí es el dolor o la alegría o si el dolor o la alegría se la llevan, o viceversa. No sé si esa criatura que carga con firmeza y naturalidad, como si aún estuviera incorporada a su cuerpo, comió, comerá o tiene hambre o fue saciada. Al niño le  brillan los ojitos debajo de un sombrero de algodón, con ala. No sonríe, pero tampoco llora. No grita, pero tampoco deja de expresar un mundo. que no tiene palabras. Mira. Mira a la multitud. Mira a cada uno como si fuera su tío, su abuelo, su pariente, y como si cada uno estuviera a punto de hacerle upa para mimarlo. Nadie lo mira especialmente, pero él no abandona esa actitud que es mezcla de inocencia con demanda, de calma con anhelo.

Luego la pierdo de vista. Más bien, ella se hunde en la vorágine de una multitud que graba consignas en el viento, que canta a capella sus canciones.

A esta hora, exactamente, hay un pueblo en la calle, y este pueblo produce, mientras transcurre la historia, un descomunal, imparable, milagroso revuelo de palomas.

Hypatia


jueves, octubre 14, 2010

¡¡¡Ter-ter-ter, gi-gi-gi, ver-ver-ver, sar-sar-sar!!!


Quiero, porque quiero, aclarar que mi grito de alegría por la vida de los mineros de Chile nació del más entrañable sentimiento de amor por los humanos, y que fue estrictamente despojado de toda otra connotación, por eso las vivas fueron dedicadas a ellos, en primera instancia, a los rescatistas, por cojonudos, y al pueblo (y cuando digo pueblo, digo pueblo) de Chile, que es tan sufrido como inocente.

Pero como la realidad se impone y hoy me levanté analista, no puedo menos que gritar, ahora, por el modo en que se instrumentan los legítimos y sinceros sentimientos del hombre, ese ser gregario, para hacer de un episodio vergonzante –como es el derrumbe en una mina sin condiciones básicas de seguridad, que explota a sus obreros, que los sume en la miseria, que los aplasta, antes que con las piedras, con el peso siempre certero del sistema–, en una apología de la supuesta bondad, hombría de bien, solidaridad y espíritu despojado de los gobernantes, usando sin temor ni timidez el episodio, para sustentar promesas tan abarcativas que, ya de escucharlas, remiten al “poco aprieta” consabido de lo que ciertos discursos políticos pretenden abarcar.

Seré franca: si los mineros no hubieran sido encontrados, quizá no pensaría hoy en la situación de todos los mineros del mundo, como ahora lo hago, aunque nunca haya olvidado la letra encendida de mi compadre Émile Zola, en esa admirable novela suya que se llama Germinal.

A lo mejor, los treinta y tres serían una sombra más, como tantas otras sombras de muerte por distintas causas –causas que responden siempre a los mismos objetivos y a los mismos asesinos– que pasan alrededor de nosotros como pájaros nocturnos o, mejor, como murciélagos. Es cierto que amedrentan un poco, pero desaparecen rápidamente y, entonces, respiramos aliviados.

Pero estos viven. Y yo, que además de crítica me levanté esperanzada, quiero creer, porque quiero, que viven, ya no solamente para extraer las materias primas de los países donde la desigualdad social es cada vez más grande, sino para escupir en la cara de los presidentes pequeñas frases nobles, educadas, sencillas, como la que el valiente don Urzúa, a su turno, dejó salpicada en plena sonrisa de Piñera, congelándosela y poniendo en evidencia que una cosa es sonreír y otra muy distinta es sostener un rictus parecido a una sonrisa: “Que esta sea la última vez que suceda algo así”.

¡Viva Chile, mierda!, aunque algunos dirigentes se apropien de la consigna como si tuvieran una ideología capaz de sostenerla.

Hypatia