sábado, septiembre 04, 2010

Sexting: El grito en el cielo

Cuando Eugène Delacroix pintó la que es hoy una pieza del Museo del Louvre, había buenas razones para expresar con arte los avatares de la época, tan caótica como todas, también como la nuestra.

Dejando a un lado las cuestiones políticas o ideológicas que esta obra expresa, "La libertad conduciendo al pueblo" aparece como una mujer bella y erótica; supongo que, de otro modo, todos esos varones que la rodean no la habrían seguido ni a la esquina. Ella está tan bien pintada, que refleja, a la par, la decisión ciega de una madre por conducir a sus hijos a buen puerto, y la fuerza escandalosa y despojada de un concepto universal.

Supongo que, en 1830, más de un pacato habrá puesto el grito en el cielo por la desfachatez que esta imagen transmite, a pesar de que era la tendencia pictórica del momento.

Como en aquel año no había celulares ni computadoras, las obras se exponían, y la gente iba a admirarlas o a defenestrarlas, según el caso, pero siempre se trataba de un tercero que observaba un objeto –la pintura– que expresaba el sentimiento de un sujeto –el pintor– y que, a la vez, servía para la identificación de ese tercero con el objeto, con el sujeto y con su propio yo.

¿Qué habría pasado si la Libertad en persona se hubiera sentado, tan sexual como aparece aquí, detrás de una vidriera, en medio de la calle, a exponer su cuerpo? Pues, no sé qué pensará usted, pero yo creo que su cuerpo, por desbordante, habría terminado por velar la esencia del concepto, y todos se habrían solazado con la mera idea de tener sexo con ella, y no con la idea de ganarse su amor y hacerse libres.

Es una teoría rara, quizá. Tan rara como aquella otra que vengo sosteniendo hace unos años, de que, así como en la época victoriana la represión estaba puesta sobre la sexualidad, en la posmodernidad la represión recae sobre el amor. ¿Retórica? Quizá.

Sexting es el vocablo que sirve para indicar la costumbre de enviar la propia imagen erotizada, desnuda o en actitud sexual explícita, sola o con partenaire, a algún otro, del otro lado del celular o del monitor de la PC. Dicen que es una práctica común entre los adolescentes, sobre todo.
Diré esto sin pacaterías, sin tapujos y sin prejuicios, lo juro: ¡pongo el grito en el cielo!

Pongo el grito en el cielo, no solo porque el mensaje está desprovisto de amor, sino muy especialmente porque, aun cuando se acepte que la genitalidad se puede ejercer muy bien sin amor, en este caso, no hay ejercicio alguno, solo exposición de una imagen, y el destinatario es ignoto; y aunque sea conocido, el cuerpo desnudo, la actitud sexual explícita, la imagen erotizada, no configuran un cuerpo y son recibidos, a la vez, por un otro sin cuerpo, es decir, es un mensaje vacío que cae en el vacío.

Pongo el grito en el cielo, mientras reflexiono sobre si es la Libertad la que conduce al pueblo, antes y ahora.

Pongo el grito en el cielo antes de encontrar una respuesta a la pregunta que estos mensajes desamorados y rayanos con la locura me sugieren; no hay cuerpo, no hay amor, no hay, si se quiere, destinatario. Entonces, ¿dónde está el sujeto? Y, para darle un carácter más sociológico, ¿dónde está el sujeto de la posmodernidad?

Si usted tiene la respuesta, démela, pero por favor, no lo haga a través del celular.

Hypatia








miércoles, septiembre 01, 2010

La alegoría del pan (parte II)

El mismo título de hace cinco años. Cómo pasa el tiempo... Pero qué importa, si la tragedia del hambre, el dolor del desamparo y el mal insoportable de las carencias no tienen tiempo; por lo visto, los poderosos de turno tampoco tienen tiempo para ocuparse de las desgracias.

Las crónicas operan como simples anécdotas, y se usan cada vez más para impartir los más recalcitrantes mensajes ideológicos a través de los medios, a fin de esclarecer a las minorías sobre los peligros de la inseguridad y la barbarie de la expropiación ejercida por los sucios, por los incultos, por los infelices voluntarios que gustan de vivir en la miseria. ¿Y quiénes son los promotores de semejante clima? Los pobres, claro, los eternos, los inmemoriales, los caballitos de batalla de las oligarquías, que sustentan sus burdos argumentos en los pelos pinchudos y en las ropas raídas de los que nada tienen.

Hace cinco años fue un accidente. El maíz se había derramado sobre las vías. Esta vez, parece que fue un boicot a un tren de carga que transportaba el dorado alimento a la ciudad de Rosario. Dicen que fue un grupo de jóvenes pertenecientes a un "asentamiento precario", eufemismo vergonzoso con el que se suele nombrar actualmente el desencuentro de la dignidad con la condición humana. "Frenaron un tren [...]. Abrieron las boquillas del contenedor, lo que provocó el derrame de toneladas de cereal y el hurto de gran cantidad de granos".

La televisión mostró imágenes de familias enteras que guardaban el maíz en sus sacos de tela, sus carretillas, sus carros de basurgas, con pala o a mano limpia, y niños juguetones que revolvían esa especie de arena picuda y doliente –donde solían arrodillarse los castigados–, como si estuvieran retozando en la playa, tal como lo hacen aquellos otros niños, esos, los del otro lado, donde la exclusión es solo una palabara difícil de escribir, cuando no desconocida.

¿Quién conoce una canción infantil que hable del maíz? Cantemos con estos niños, estos, los de este lado, donde la exclusión no se conoce como palabra, sino como llaga, como sueño decepcionado, como planta que no retoña. Cantemos, cantemos, es solo una canción, la realidad pasa por otro lado:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz

y también tengo una boca

para cantar y reír.

Con los ojos veo todo

con la nariz hago achís,

y con la boca yo como

tortillitas de maíz.


Ojalá nos diéramos cuenta de que hace falta un canto común para este pueblo que yace, como tantos otros pueblos, a la vera de las vías de un tren que viene del sol y va hacia la oscuridad, un pueblo anclado a la tiniebla de la desesperanza, tendido y solitario, como un cadáver sin nombre.

Hypatia