
Pero ¿dónde está el amor para el que espera?, ¿dónde la sacudida de la pasión, cuando se presenta en ropa de entre casa, sin anunciarse, y se queda a comer lo que se le antoja, cuerpo y corazón, hasta la última migaja? ¿Por qué él no tiene quien le diga que todo lo que sabe, tiene y puede es bello y que su pureza es del color de la poesía, y que su verdadero ser tiene un nombre secreto, tan secreto como el nombre que las almas callan?
¿Será que, como dicen, el destino manda?
Él vive en lo alto de una montaña, justo donde la montaña se transforma en una meseta celeste, aromada y prehistórica. Hasta ese paraje pocos llegan, y los que llegan se pierden entre sí, se desconocen, se ignoran, se diferencian, se ponen insociables, temerosos, huidizos, silentes.
Pero él es más alto que la montaña y no lo sabe; tiene la sencillez de la flora silvestre, suena dulzón, como abejorro a la hora de la siesta y es tan generoso como la pasionaria cuando se deja libar, y su cruz es así de azul y definida, y su fragilidad un día se hace fruto.
Yo no sé qué clase de destino es ese, el de este hombre que se duerme para consolarse de tanta soledad y tanta pena; el de su música, la que lleva dentro y que nunca será liberada, siendo que él es la música misma; el de ese mundo más allá que no lo incluye y que lo marca con el estigma de los parias, y que lo señala con el mismo dedo con que el mundo señala a los huérfanos y a los entenados.
Qué violenta es la ausencia; qué incapaz de todo, lo imposible; qué escaso el tiempo para alcanzar los nuncas, qué miserable el aliento para arribar a los jamases.
Duerme y suspira. En su corazón reside el meollo de los sueños, y los deseos urgentes, y el apuro por vivir lo no vivido. En sus manos hay luz. En su cabeza –dicen que plétora de locura– despuntan las primeras canas.
Hypatia

