miércoles, enero 20, 2010

J.


Pero ¿dónde está el amor para el que espera?, ¿dónde la sacudida de la pasión, cuando se presenta en ropa de entre casa, sin anunciarse, y se queda a comer lo que se le antoja, cuerpo y corazón, hasta la última migaja? ¿Por qué él no tiene quien le diga que todo lo que sabe, tiene y puede es bello y que su pureza es del color de la poesía, y que su verdadero ser tiene un nombre secreto, tan secreto como el nombre que las almas callan?

¿Será que, como dicen, el destino manda?

Él vive en lo alto de una montaña, justo donde la montaña se transforma en una meseta celeste, aromada y prehistórica. Hasta ese paraje pocos llegan, y los que llegan se pierden entre sí, se desconocen, se ignoran, se diferencian, se ponen insociables, temerosos, huidizos, silentes.
Pero él es más alto que la montaña y no lo sabe; tiene la sencillez de la flora silvestre, suena dulzón, como abejorro a la hora de la siesta y es tan generoso como la pasionaria cuando se deja libar, y su cruz es así de azul y definida, y su fragilidad un día se hace fruto.

Yo no sé qué clase de destino es ese, el de este hombre que se duerme para consolarse de tanta soledad y tanta pena; el de su música, la que lleva dentro y que nunca será liberada, siendo que él es la música misma; el de ese mundo más allá que no lo incluye y que lo marca con el estigma de los parias, y que lo señala con el mismo dedo con que el mundo señala a los huérfanos y a los entenados.

Qué violenta es la ausencia; qué incapaz de todo, lo imposible; qué escaso el tiempo para alcanzar los nuncas, qué miserable el aliento para arribar a los jamases.

Duerme y suspira. En su corazón reside el meollo de los sueños, y los deseos urgentes, y el apuro por vivir lo no vivido. En sus manos hay luz. En su cabeza –dicen que plétora de locura– despuntan las primeras canas.

Hypatia

miércoles, enero 13, 2010

Del cinismo al amor

¿Qué dicen los señores de la ONU? Y el buen Obama, ¿qué clase de plegaria sugiere que elevemos por el pueblo haitiano? Y los integrantes de la represiva, invasora y sanguinaria MINUSTAH (Misión de las Naciones Unidas para la estabilización de Haití), qué acercamiento solidario proponen después de tantos ataques y asesinatos a mansalva, ante cualquier intento de autodeterminación?
Hagamos algo: ya que nos levantamos tan solidarios y considerando que los funcionarios amanecieron con las caretas puestas, vistámonos de payasos y entonces sí, pongámonos a hablar de la tragedia haitiana como si fuera nueva, como si el terremoto en Port au Prince fuera la desgracia repentina, imponderable y devastadora de un pueblo hasta ahora feliz, culto, bien alimentado y longevo.
¡Cuánta tragedia! ¡Cuánto derrumbe de edificios... bueno, en su mayor parte casuchas de madera...! ¡De qué modo atroz las catástrofes no discriminan entre pobres y ricos, aun cuando los ricos de un país representen un 4 % que detenta el 64 % de la riqueza...! "No solo murieron pobres", dice algún medio. ¡Bien por las catástrofes, qué democrática tragedia!
Y ahora basta. Miremos la única imagen que circula hasta ahora:

En la foto también sobresale una nariz roja. ¿Ven esta nariz? La sangre derramada por las fuerzas de ocupación de Estados Unidos desde 1949, que se llevó quince mil almas tenía el mismo color. Luego, Papa Doc y Baby Doc Duvalier prosiguieron con la masacre durante casi treinta años y bajo las crueldades de una bandera llamada "lucha contra el comunismo", aniquilaron quién sabe cuántos miles de almas más y lograron pintar la misma escena con el mismo color rojo.
Me quito la máscara para decirte que te quiero, ay Haití de la primera liberación americana, isla caliente remojada en llantos, embriagada de ron, adormecida de misterios y de ritos vudú, revuelta de animales sin rumbo y de risas infantiles que, demasiado pronto, encuentran su final, mucho antes de llegar al horizonte de montañas azules, adonde la infancia tiende a dirigirse. Es que ese horizonte nunca fue para los miserables, sino para los pocos aristócratas que hoy, por una jugarreta del destino, ya no lo pueden admirar desde su 4 % de lujosos balcones.
Te quiero Haití, y nunca me vestiré de payaso para decirte esto; es que hay que tener la cara y las manos limpias para entender que esas miradas de ángeles disecados que se ven en la foto, no se enfriaron ahora, sino en el mismo momento en que el enemigo puso su mortífero pie en la isla y terminó por diezmar los sueños de libertad, la alegría y la integridad de todo un pueblo.
Hoy es una nueva trampa; van a desamparar tu desamparo, van a rematar tu muerte.

Tus poetas que cantan: Hemos ido de manos con las sombras. Nuestro andar es un grito estacionado; tus mujeres que lloran: "todo es un gran caos, hay gritos por todas partes"; tus niños inmemoriales sin lenguaje, sin pan, sin luz, sin esperanza; todos, todos tus habitantes, vivos y muertos, yacen en mi corazón en esta hora, Haití, luna huracanada, mar de luto, flamboyán encarnado.

Hypatia