sábado, enero 03, 2009

Sudamérica: una prueba de resistencia

Érase una vez, en una provincia argentina, una pareja de ancianos llamados Custodio y Sofía. Ellos vivían en un rancho de adobe sostenido por tirantes de quebracho. Solitos, alejados de todo vestigio de civilización, se dormían cada noche acunados por el silbido portentoso del viento. Allá arriba, donde la pureza de la atmósfera transforma la muerte en vida eterna, hay millares de plantas medicinales que florecen a pesar de los tiempos y de los gobiernos. Ella, Sofía, conocía al dedillo la función de cada una. Curaba sus males y los de su marido con brebajes y emplastos de aromas profundos, inquietantes. Quién sabe qué herencia le había dejado a ella un par de aritos colgantes de plata y marquesitas que relucían atravesados de sol. Al atardecer solían tomar mate. Más tarde, comían.

Es que las familias pobres de nuestro país tuvieron días en que la hora de comer era tan clara como sus propios sueños. Trabajadores del campo o de la ciudad asistían a sus mesas de manteles tendidos donde, con solo nombrarla, la patria se repartía entre todos, como un fruto generoso y nutricio.

Hoy, en cambio, las voces de la mitad de las madres son una flor de insomnio que, en su vigilia cotidiana, invocan al corazón mojado de la papa o a la blancura de viento de la harina, para que sus hijos puedan transitar el día. De vez en cuando, los medios presentan algún caso de desnutrición infantil, algún paneo por el laberinto de la drogadicción, alguna falacia a la que llaman muerte "accidental" por incendio, por infección, por uno que otro aspecto de la miseria física o moral de la que tantos padecen, como si se tratara de una tragedia aislada y excepcional en medio de un devenir venturoso.

Dentro de esa misma mentira y como muestra de lo que significa la "mayor prueba de resistencia", el despilfarro del poder, la incitación al consumo, la afrenta a la pobreza, la invasión y el atropello que representa una caravana de rugidos atravesando cientos de pueblos, desolados o habitados, que casi siempre confunden en el mismo color tierra y covachas, también es tergiversado en maravilla, en ocasión única y especial, en grandioso privilegio para los espectadores forzados de la riqueza ajena.

Dice la crónica que el evento del rally proyectó la imagen de Buenos Aires hacia todo el mundo: los organizadores calculan que el Dakar es visto, en Europa, por unos 150 millones de telespectadores... ¿Habrá proyectado, también, los dolores de los que claman por sus necesidades debajo de las autopistas, de cara a ese horizonte de sombras que les fue legado?

Mientras el primer mundo realiza esta inversión fabulosa de dinero y energía en pro de sus negocios, aquí, en el Sur, territorio secuestrado para que funcione como el escenario de una cruel paradoja, miles y miles asistirán pasivamente al paso de esas máquinas deshumanizadoras que ya se cansaron, por lo visto, de pasearse por las hambrunas africanas.

Para esos miles y miles la prueba de resistencia es otra. Ellos invierten su fuerza, en el mejor de los casos, en la esperanza de construir el arca para ver, algún día, una ramita de laurel en el pico de una paloma que regresa.

Hypatia