martes, septiembre 30, 2008

"El asesino"


–¿Qué pasa? –preguntó Kevin, atragantado en sus diecisiete años, entre curioso y desafiante.

–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.

Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.

Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?

Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.

Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...

Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.

Hypatia

miércoles, septiembre 17, 2008

INVISIBLE


El periodista lo contó con absoluta sencillez, una palabra detrás de la otra, casi sin pausa, como si estuviera rezando un rosario:

Un-médico-que-iba-acompañado-de-su-mujer-arrolló-con-su-coche-a-un-limpiavidrios-lo-arrastró-cinco cuadras-entró-a-una-estación-de-servicio-a-cargar-nafta-y-solo-ahí-descubrió-al-hombre-debajo-de-su-auto. Vino-una-ambulancia-del-SAME-y-se-lo-llevó-pero-murió-en-el-camino.

¿Qué sucede? Será que los horrores del sistema han logrado invisibilizar la indigencia o hacer sordos y ciegos a los que no pertenecen a esa impuesta, obligada oscuridad?
No, calma. Hubo, sin embargo, quien pudo ver lo acontecido. Se trataba de alguien que pasó al lado del auto del médico. Aquí es cuando el periodista agrega:

–Uno que pasaba al lado, le dijo: "es un cartonero", y siguió viaje.

Y digo yo: ¡Ay, ese rastro fatalmente púrpura, inconfundiblemente humano que dejó marcado el trayecto hacia la muerte! ¡Ay, esa muerte sin elocuencia: ni gritos, ni llantos, ni –¡ay!– ayes! ¡Ay, de los ayes velados y errantes de los desamparados! ¡Ay, como sufre la gente pobre!

Y me pregunto: ¿Cómo es posible que, justamente, un médico, no sea capaz de construir, entre todas las abstracciones de su ciencia aprendida, la más elemental, una que sostenga la esencia del hombre? ¿Cómo es posible que el pobre tenga la culpa de su pobreza y que en medio de proyectos humillantes, la riqueza siga detentada por los ricos y su reparto igualitario espere en el fondo de todas las utopías?

Era un cartonero, o un limpiavidrios –como quien dice, una sombra–, qué más da, si era uno de esos pobres que exceden las estadísticas, que las rebalsan, así como el concepto de desigualdad, dentro de la teoría económica, no es más que una tragedia disfrazada de palabra, una enfermedad genética que se transmite a través de las generaciones y que este médico, como tantos otros, por supuesto, es obvio que desconoce.

Como de costumbre, nadie averiguó su nombre ni cuál era el sueño que quería recuperar, en qué cielo pensaba mientras escurría sus trapos cotidianos, ni si dejó una familia trasnochada de abandono o bajo qué luna abría su ventana hacia todos esos jardines imposibles.

Pero este que murió arrastrado por una de las tantas caras de la violencia del poder, era un hombre, y vino a este mundo, no cabe duda, a dejar su huella.

He allí su rastro imborrable. Su rastro de sangre. Su estigma y su esperanza.

Hypatia