miércoles, julio 30, 2008

El vinagre y la sed

La ciudad de Concordia, una de las más importantes de la provincia de Entre Ríos, solía ser un lugar sereno y luminoso, a orillas del río Uruguay. Las puertas se abrían muy temprano y las ancianas pasaban la hora del calor bajo la sombra aromada del naranjo. Pero el tiempo pendular que se le impone a la pobreza y que, en su eterna oscilación, no distingue entre la muerte que se vive y la vida que se muere, transformó a Concordia en una ciudad de oscuridades. Con los mayores índices de pobreza e indigencia, hoy es un lugar donde la vida de la mayoría solo se diluye en la breve tarea de latir.

Dice la crónica que los movimientos sociales vienen, desde hace tiempo, planteando una solución profunda a la alarmante desnutrición infantil y la desocupación creciente que hunde más y más en la miseria a miles de familias y que se escuchan, mientras caminan hacia algún horizonte borroneado, los reclamos de los trabajadores ocupados y desocupados para que se termine con la muerte de niños desnutridos y adultos abandonados a su suerte (...).

Ellos marchan frente al Municipio, en contra de la desnutrición y la pobreza. Ellos, que no son productores, ni grandes ni pequeños, no se amparan en el lustre de las camionetas ni los acompaña el rugir de los tractores; tampoco tienen sus representantes en ninguna comisión que los enlace al mundo de las minorías.

Ellos, los mayoritarios, marchan solos a la sombra de sus carteles y bajo la legítima, pequeña alegría de sus banderitas y aunque haya quien diga que "la historia no es nueva", ciertamente impresiona ver cómo surge, de la indiferencia de los que lo tienen todo, una comunidad donde unos son la sombra de los otros, en un juego de penumbras que se proyectan hasta el infinito, sobre el adusto murallón de la indigencia.

En esta ciudad no hay trabajo para ellos. El 54,4 % de los menores de catorce años se está muriendo de hambre. Son datos del INDEC y sería de esperar que fueran datos mentirosos, pero, por desgracia, no lo son. Porque, en verdad, no son datos, sino las vergüenzas de la historia y, frente a estas vergüenzas, ningún funcionario debería arrogarse el derecho de pronunciar discursos, como no fuera para confirmar que los niños sin canto de la pobreza, esos niños de pequeños dientes y de corazones de manjar no son admitidos en la mesa tendida de la patria. Ojalá cada una de las sílabas de los oradores que se trepan a sus tarimas triunfales pudiera desnudar la sinrazón de las inequidades, para que el alma del oyente quede temblando.

Por si no bastara con humillar a los hijos de esta tierra, hay quienes alimentan el espíritu xenófobo de los eternos discriminadores que, en defensa del mercado, afilan la arista más perversa de su análisis y terminan culpando a la “mano de obra foránea” que trabaja en la explotación de cítricos y en los obrajes madereros de la zona, de aumentar el cordón de pobreza establecido en la ciudad. Como si el dolor de un hermano fuera algo indescifrable e ignoto.

Una poesía nos provee de la pregunta: ¿quién almacenará el trigo contra el hambre? Y mientras la pregunta estalla en esta nota, todo hace pensar que la respuesta no ha llegado y que no son las palabras las que habrán de revertir el embargo del que ha sido objeto el pueblo, que se muere de una sed descomunal, que marcha solo y herido por las calles, con sus gritos elementales, cansado, casi vencido, mientras desde la lenta copa del egoísmo de los otros, rueda una gota de vinagre.

Hypatia



domingo, julio 27, 2008

Hacia mí


Para A., el hada de la valentía.


Naciste casi al amanecer. Abandonaste sin más aquel vientre oscuro que apenas te cobijaba, sin arrorrós ni caricias, sin magia, sin esplendor. Llegaste despojada del ideal que cualquier madre, por ciega y necia que sea, pone sobre sus hijos; quizás eso sea mejor y te acerque a la libertad, y el viento por los senderos te empuje a buscar respuestas sin que nunca nadie te ate a las tristes cadenas del rendir cuentas.

Naciste como un astro, así, con tus propias luces; el único regalo que recibiste fue el nombre que te dio tu padre, ese padre-Sísifo al que todos te encuentran parecida. Te diré: él es un muchacho mitad locura, mitad azúcar, que suele caminar entre la realidad y el mito; cuando está por alcanzar la gracia de tu aura blanca, vuelve a caer para volver a intentarlo, con el único objetivo de tocar tu cabeza con la punta de los dedos, que es su manera de amarte; amarte es casi todo lo que puede hacer, aunque ni siquiera lo notes y aunque no sepas en qué consisten su silencio o su tristeza.

Cuando te vi por primera vez, te pregunté si me reconocías, pero no me respondiste. Solo confiaste en mi brazo y me deslumbraste con tu perfil respingado para dormirte con aires de princesa, ajena a las acechanzas de Tánatos quien, sin embargo, tuvo la paciencia de esperar a que despertaras.

Ya podías hablar cuando te diste cuenta. Y hablaste. Eso hizo estallar la ira de cuantos quisieron desmentirte y silenciarte la voz; ellos marcaron tu boca de flor silvestre con golpes humillantes, con mentiras a gritos y quisieron cerrarla con la cobardía de los manotazos, con la infamia salvaje del desamor.

Pero soportaste el peso de la amenaza, de la presión, de la calamidad resignificada por la censura de los inmorales. Lo soportaste todo sobre tu infancia: la ausencia y el abandono
, las pesadillas y el llanto y hasta aceptaste hundirte en el océano subterráneo de lo desconsolados, con tal de no callar.

Ahora yo intento escribir –escribirte– un canto celeste, una oda elemental, un silbo del paraíso, un poema de jeroglíficos lleno de pájaros y de claros cursos de agua, que represente tu palabra y que no te abandone y que además te arrulle, noche tras noche, mientras estemos lejos.

Soy tu paloma en la ventana y soy la mitad más dolida de tu corazón.

Es por la voz de tu inocencia que ando con esta antorcha por los caminos, es para que este fuego te caliente el alma que iré hasta la altísima comarca de la verdad y hasta ese caldero que ebulle detrás del arco iris y que es donde, dicen, se cuece la justicia.

Mientras tanto, no apartes los ojos de tu pequeña hermana, bella como la noche y, llegado el momento, cuando me veas sonreír, dale la mano para cruzar el puente.

Hypatia




jueves, julio 24, 2008

Patria fría

Ahora es invierno por las calles de la Argentina. Es cuando la pobreza escala puentes y laberintos buscando nidos, pero no encuentra más que sombras congeladas. Es invierno y hace demasiado frío en esta patria que abandona a sus hijos por millones, en este país tirado a la basura, ahora con sus soles en silencio.

Ya se sabe que la muerte elige sus puñales y que no le basta con la hepatitis, la tuberculosis, el chagas, la desnutrición crónica y ahora la rabia, para fulminar a los pobres. En invierno transforma el frío en epidemia y anda buscando lunas sin establos, porque sabe que es allí donde descubrirá a su presa, en toda su vulnerabilidad, acurrucada.

El 10 de julio, en el barrio de Saavedra, encontraron muerta a una mujer. En medio de las tinieblas de la sudestada, dicen que se acercó hasta el museo histórico para buscar, en vano, la gracia de un techo que la protegiera de su orfandad. En la crónica se lee que, en principio, se supone que murió por el frío. Nadie escribió su nombre.

En Dina Huapi, Río Negro, un hombre apareció muerto en la chacra de una familia del lugar. Él vivía en una casilla que había apostado en ese predio para armarse una vida, no para que fuera a buscarlo la Innombrable con el mismo estilete, aunque esta vez con un filo de quince grados bajo cero. Ella le atravesó el costado antes del amanecer. Él se llamaba Francisco.

Mujer y hombre son ahora solo ejemplos, números de números entre las crónicas que hablan de varios muertos. El viento del sur o la humedad del Plata, las lluvias del Litoral, la nieve o la nevisca de otras latitudes van tendiendo sus víctimas por el invierno como si la causa de tanto desapego con los hombres fuera la propia tierra, como si la vida y la muerte tuvieran que dirimirse por el juego azaroso de los climas y de las geografías.

Pero los que mueren de frío, ya estaban agónicos de miseria y son los que moran indefensos en el lado oscuro de un país que es incapaz de cobijar a tantos y tantos de sus hijos. Es que en esta patria no todos resultan abarcados por la misma bandera; son demasiados los que no pueden servirse de su protección, porque los símbolos de pertenencia solo cobijan hoy, en la Argentina, a los que habitan en esos selectos espacios que defienden a cacerolazos las dignas damas de narices europeas y de lozas radiantes.

Cuando se escuchan argumentos pletóricos de civismo se diría, a la luz de estas muertes, que el marco de la democracia se vuelve endeble y hasta mentiroso.

Una mujer sin nombre y un hombre llamado Francisco, y todos los demás que fueron arrasados por el frío en lo que va del invierno, en realidad, murieron de exclusión.

Y mientras caían al fondo del abismo, hay quienes dicen que pudieron ver, con una última mirada inútil de un opaco arco iris, cómo la patria, haciéndose siniestramente solidaria, se iba muriendo con ellos.

Hypatia

miércoles, julio 16, 2008

Un pan sin gloria

Casa, cobijo, dignidad son, para algunos, simples vocablos insustanciales. El patrimonio esencial de un cartonero es tan solo el caminar sobre su propia sombra. Así es como la ciudad los ve aparecer: surgiendo de la nada; bajo el desvalimiento de las luces; al borde del silencio de las plazas y al tiempo que, los que aún gozan de la vida, atrancan puertas y ventanas, por el temor de ser invadidos por la oscuridad. Mientras tanto, esas familias de ojos crepusculares, van tropezando con las cosas apenas abastecedoras que la calle, en su breve caridad, les ofrece.

Hace unos años hubo un niño, en la ciudad de Córdoba, Matías Acosta, de 6 años, que murió atropellado por un auto cuando trataba de cruzar una avenida. Julio Guillermo Castillo, de 12 años, quedó con varios traumatismos al ser atropellado por un taxi, en otra avenida. Quién puede decir si Julio tuvo más suerte que Matías… Era la misma sangre de la herida más profunda, el mismo pan sin gloria que ambos ayudaban a buscar en esa triste ruta sin flechas, por donde transitan todos nuestros niños indigentes.

No es solo su memoria lo que justifica estas líneas. Todo sucede ahora, en esta tierra, ocho años después de haber atravesado las puertas de un siglo, dos mil años después de los milagros.

Es que, para los niños que crecen en las calles, la muerte descuelga sin aviso las celadas, y mientras las manos de los basurgas pliegan y despliegan amarguras hasta colmar los carros, el desamparo los enreda en un juego a cara o cruz en el que no hay una opción mejor que otra. El carácter antagónico de la vida y la muerte se va debilitando para el que intenta sobrevivir en ese laberinto sin señales que es la miseria.

Sin embargo, es bueno recordar que nadie está autorizado a empujar a nadie a las márgenes del mundo, bajo esa sentencia irrevocable del sistema que lleva a la mitad del pueblo hacia la nada mientras, en los alrededores, unos muros de piedra ponen límite a un jardín inconcluso. ¿Quién convencerá a los funcionarios de que la única luna capaz de proteger a los niños no es la que se deshace en el barro, la que se ve, con suerte, centellear en la basura, sino la que, en verdad, les pertenece por derecho propio? Me refiero a esa luna tan clara, tan dulce y proveedora como un pan del cielo.

Hypatia