
La ciudad de Concordia, una de las más importantes de la provincia de Entre Ríos, solía ser un lugar sereno y luminoso, a orillas del río Uruguay. Las puertas se abrían muy temprano y las ancianas pasaban la hora del calor bajo la sombra aromada del naranjo. Pero el tiempo pendular que se le impone a la pobreza y que, en su eterna oscilación, no distingue entre la muerte que se vive y la vida que se muere, transformó a Concordia en una ciudad de oscuridades. Con los mayores índices de pobreza e indigencia, hoy es un lugar donde la vida de la mayoría solo se diluye en la breve tarea de latir.
Ellos marchan frente al Municipio, en contra de la desnutrición y la pobreza. Ellos, que no son productores, ni grandes ni pequeños, no se amparan en el lustre de las camionetas ni los acompaña el rugir de los tractores; tampoco tienen sus representantes en ninguna comisión que los enlace al mundo de las minorías.
Ellos, los mayoritarios, marchan solos a la sombra de sus carteles y bajo la legítima, pequeña alegría de sus banderitas y aunque haya quien diga que "la historia no es nueva", ciertamente impresiona ver cómo surge, de la indiferencia de los que lo tienen todo, una comunidad donde unos son la sombra de los otros, en un juego de penumbras que se proyectan hasta el infinito, sobre el adusto murallón de la indigencia.
En esta ciudad no hay trabajo para ellos. El 54,4 % de los menores de catorce años se está muriendo de hambre. Son datos del INDEC y sería de esperar que fueran datos mentirosos, pero, por desgracia, no lo son. Porque, en verdad, no son datos, sino las vergüenzas de la historia y, frente a estas vergüenzas,
Por si no bastara con humillar a los hijos de esta tierra, hay quienes alimentan el espíritu xenófobo de los eternos discriminadores que, en defensa del mercado, afilan la arista más perversa de su análisis y terminan culpando a la “mano de obra foránea” que trabaja en la explotación de cítricos y en los obrajes madereros de la zona, de aumentar el cordón de pobreza establecido en la ciudad. Como si el dolor de un hermano fuera algo indescifrable e ignoto.
Una poesía nos provee de la pregunta: ¿quién almacenará el trigo contra el hambre? Y mientras la pregunta estalla en esta nota, todo hace pensar que la respuesta no ha llegado y que no son las palabras las que habrán de revertir el embargo del que ha sido objeto el pueblo, que se muere de una sed descomunal, que marcha solo y herido por las calles, con sus gritos elementales, cansado, casi vencido, mientras desde la lenta copa del egoísmo de los otros, rueda una gota de vinagre.
Hypatia



