Un hombre solo, una mujer, así, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada, no son nada. Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí, pensado en ti. Pensando en ti como ahora pienso (José Agustín Goytisolo, Palabras para Julia).
Ay, compañero en espejo, así en la vida como en los sueños; mártir de tu propia pregunta, ángel de ojos abiertos que, a pesar del amor y la ternura, se me sigue muriendo entre los brazos. ¿Cómo se vería el asombro desde el verde grisáceo, desde el celeste sin fondo de esos ojos tuyos, transparencia sobre transparencia, que nadie se atrevió a cerrar?
Entre mi cuerpo y tu pasión existe una distancia acrecentada, que apenas se soporta y florece un dolor, año tras año, cada octubre, en nuestra ventana desde la que no te veo llegar, aunque me asome al reclamo de cada primavera. Tengo, por si fuera poco, un recuerdo en secreto que tañe y que reniega, con cada campanada, una y mil veces más, del abuso intolerable de tu ausencia.
Yo te dedico mi fuego retrospectivo que es, quizá, más escandaloso que de costumbre, porque incluye tu herencia: un sentimiento de gracia que me volvió digna, porque me dio el honor de haberte tenido al lado de las más claras utopías; claro que, entonces, yo no sabía que desearte conmigo, era parte del mismo ensueño.
Quiero que sepas, aunque nunca lo sepas, que siempre me acuerdo de lo que un día escribiste pensando en mí. Pensando en mí, como ahora nadie piensa.
