
Ella se mostraba frágil, pero era devoradora. Parecía poder morir, casi al mismo tiempo en que nacía. Jugaba a ser formal y daba vueltas en el sentido de las agujas del reloj. Pero eso era sólo un disimulo, porque ella sabía que dominaba el tiempo y, con eso, el amor y el mundo y todo.
De él, en cambio, cualquiera podía decir que tenía la fortaleza y el temple de los héroes. Sin embargo, su espíritu brillante florecía siempre delicado, como si se asomara al borde del violeta.
Todo él estaba atravesado por orquídeas diminutas. Era, por derecho propio, el símbolo del amor, de la salud y la alegría. Romero, rosa marina. Romero, hierba de incienso.
Y su aroma, que lo impregnaba todo, traía felicidad a la familia. Mala es la llaga que él no sana, decían. Si hasta las penas de amor mitigaba él, si se lo sabía poner a la altura del corazón de uno. Si hasta hacía magia debajo de las almohadas, para promover sueños felices a los desangelados, en sus tortuosas noches.
Altivo y alegre, como un gitano en medio del camino, Romero tenía, de torero, hasta el apellido.
Maldita la hora en que la conoció. Posesiva, enredadora, aérea, pelirroja. El, puro huésped y ella pura traición. El, tan efímero y ella capaz de renacer de sus cenizas, con su simiente resucitadora, inesperadamente viva, aún después del paso de los años.
Ni el jopo, ni el muérdago llegaron a causar a ser alguno, lo que ella le causó. Es cierto que en los extensos campos, la alfalfa amarillea, a veces; aja el paisaje, se torna esquiva y egoísta, madre abandónica de ovinos y vacunos, olvidadiza de sus antiguos dones nutricios. Pero la forma en que ella insistía en decirle Romero, usted me debilita, sólo denunciaba la secreta pasión de él, en negativo. Era ella quien le succionaba alma y sangre, médula y esencia, con la fruición de un lobo hambriento.
Así, debilitado, exhausto como estaba, un día él renunció a su tradicional resistencia, aunque nunca a su característica alegría. Y murió sin más, marchitado de lilas, en un atardecer lluvioso.
Pero un segundo antes de ese segundo, él consagró a Venus el último vestigio de su savia. Dicen que él era, sobre todo, un gran amante de la mitología.
Hypatia
De él, en cambio, cualquiera podía decir que tenía la fortaleza y el temple de los héroes. Sin embargo, su espíritu brillante florecía siempre delicado, como si se asomara al borde del violeta.
Todo él estaba atravesado por orquídeas diminutas. Era, por derecho propio, el símbolo del amor, de la salud y la alegría. Romero, rosa marina. Romero, hierba de incienso.
Y su aroma, que lo impregnaba todo, traía felicidad a la familia. Mala es la llaga que él no sana, decían. Si hasta las penas de amor mitigaba él, si se lo sabía poner a la altura del corazón de uno. Si hasta hacía magia debajo de las almohadas, para promover sueños felices a los desangelados, en sus tortuosas noches.
Altivo y alegre, como un gitano en medio del camino, Romero tenía, de torero, hasta el apellido.
Maldita la hora en que la conoció. Posesiva, enredadora, aérea, pelirroja. El, puro huésped y ella pura traición. El, tan efímero y ella capaz de renacer de sus cenizas, con su simiente resucitadora, inesperadamente viva, aún después del paso de los años.
Ni el jopo, ni el muérdago llegaron a causar a ser alguno, lo que ella le causó. Es cierto que en los extensos campos, la alfalfa amarillea, a veces; aja el paisaje, se torna esquiva y egoísta, madre abandónica de ovinos y vacunos, olvidadiza de sus antiguos dones nutricios. Pero la forma en que ella insistía en decirle Romero, usted me debilita, sólo denunciaba la secreta pasión de él, en negativo. Era ella quien le succionaba alma y sangre, médula y esencia, con la fruición de un lobo hambriento.
Así, debilitado, exhausto como estaba, un día él renunció a su tradicional resistencia, aunque nunca a su característica alegría. Y murió sin más, marchitado de lilas, en un atardecer lluvioso.
Pero un segundo antes de ese segundo, él consagró a Venus el último vestigio de su savia. Dicen que él era, sobre todo, un gran amante de la mitología.
Hypatia
