sábado, diciembre 30, 2006

Dos por cuatro


A la hora en que los últimos rayos del sol golpeaban sobre las aguas, el Nilo parecía un río de sangre. Era la época de la creciente y el viento norte empujaba la vida por sobre las arenas de la desolación. Cuando encontraba nuevos desiertos, los colmaba de peces repentinos y plateados, como relámpagos.

Unos días antes del solsticio de verano, Menfis se inundaba del fabuloso llanto de Isis. El Nilo, entonces mar de lágrimas, cambiaba su curso de improviso y tan pronto le negaba al valle los dones de su limo, con sus nubes de pájaros, como desbordaba en pantanos pestilentes y resolvía el cielo en millones de insectos.

–Y bien –andaba diciéndose Menés–. El Nilo es como es.

Cualquier egipcio sabía que Menés sabía lo que no decía. Cualquier egipcio sabía que Menés sabía que cualquier egipcio sabía lo que él no decía.

–Y bien, dioses de los muertos, dioses de los elementos, dioses solares… ¿Por qué el Nilo es como es?

Un dios con forma de animal, un tabernáculo viviente, un cuerpo salvaje como habitáculo de lo divino respondió, entonces, con voz humana:

–El Nilo es como es porque lo creamos como un riachuelo que se transforma en riacho que crece en río que crece y se transforma en el río de los ríos.

–Oh! De ahí las rosas de Alejandría que inclinarán sus racimos con voluptuosa reverencia, sobre papiros y lotus, dentro de miríadas de años- dijo Menés, sintiéndose profético.

En tanto, escribe Hypatia:

"
Las rosas de Alejandría nacieron, pues, pero eso sucedió a fuerza de elocuencia y de milagros, que Menés no decía, ni sabía".

Lejos, detrás de unas acacias, los sacerdotes de Menfis, a coro y formados en triángulo equilátero, decían y dicen que la ciencia de los números y el arte de la voluntad, eran y son las dos claves de la magia.

–Y bien –andaba diciéndose Pitágoras, mientras se abandonaba contra una datilera–. El Nilo se encuentra en el tetractis, por eso, es como es.

En una gimnasia poderosa, su pensamiento se balanceaba:

–Y uno… y dos… y tres… y cuatro… -Y uno… y dos… y tres… y cuatro…

Menés, que venía sorteando durazneros, se lo encontró en el camino:

–Buenos días, Pitágoras.
–Buenos días, Menés. ¿Quieres que te hable del número diez?
–Claro, Pitágoras- respondió Menés, sin entusiasmo alguno.
–Yo no te dije "Claro, Pitágoras". Te he preguntado si quieres que te
hable del número diez.
–Dije que sí, Pitágoras, maestro.
–Yo no te dije "Dije que sí, Pitágoras, maestro". Te he preguntado si
quieres que te hable del número diez.
–Yo…- balbuceó Menés, hastiado y confundido.
–Yo no te dije "Yo…". Te he preguntado si quieres que te hable del número diez.

Ante la insistencia de Pitágoras, Menés se alejó, indispuesto, hacia la orilla del Nilo. Los sacerdotes de Menfis hablaron, entonces, con tono monocorde:

–Un egipcio se topó con un griego que se topó con un pequeño egipcio que se topó con un enorme griego que se topó con un egipcio diminuto.

Hypatia, continúa su escrito:

"En Africa y en América, las pirámides disparan sus lados hacia los puntos cardinales".

–La pirámide se encuentra en el tetractis y punto –resume Pitágoras, mientras recibe a Menés, ya repuesto.

–Y bien –dijo, acercándose, Hypatia de Alejandría–. Si unimos la tríada humana con la sagrada, tendremos tres más cuatro, lo que es igual a siete. ¿Sabes, Menés, que mi nombre tiene siete letras?
–El mío también, pues yo me llamo Menés II –mintió Menés, que era el primero, sin saber que yo, Hypatia, sé que él no sabe qué significa el número siete y también sé que él no sabe que sabe por qué el Nilo es como es.

Los sacerdotes de Menfis trascendieron las acacias, sortearon los durazneros y, formándose en cuadrado, se instalaron junto a la datilera, donde Pitágoras, Menés e Hypatia de Alejandría, departían acerca de los dioses.


–A ningún dios, como a ningún hombre, le complace la soledad. Los dioses necesitan ser tres, para ser uno –dijo Pitágoras.
–A veces, casi siempre, hay muchos más en mí, encerrados en una misma expresión que intenta crear y poner orden –confesó Hypatia de Alejandría, más por humana que por diosa.
–¿Quién crea y ordena el mundo, cada mundo? –se preguntó Menés, en voz alta.

El coro, formándose en pentágono, sentenció:


–Un hombre se topó con un dios que se topó con un pequeño hombre que se topó con un enorme dios que se topó con un hombre diminuto.

Cuando el Nilo se tornó transparente sin perder, de todos modos, su tinte rojo sombrío, llegó la hora de partir. Todos, guiados por Pitágoras, fueron en busca de las dos claves de la magia. Su andar, lento y perezoso y el punto incierto de su destino, los asimilaba de tal modo al Nilo, que bien podría decirse que pasaban del desorden vegetal de los pantanos tropicales, a la aridez absoluta de la linealidad.

Sin embargo todos –hasta Menés, que no sabía que sabía– podían lo que podían, como podía el río.

–Y uno… y dos… y tres… y cuatro… –se obsesionaba Pitágoras–. Un uno se suma a dos unos que se suman a tres unos que se suman a cuatro unos. ¿Quieres, Menés, que te hable del número diez?

El coro, por fortuna, interrumpió con gravedad de ciencia y con misterio de arte:

–Porque si multiplicamos al ser indeterminado por lo eterno, obtendremos el Uno. Cero por infinito, es igual a uno. Cero por infinito, es igual a uno. Cero por infinito, es igual a uno –cantaron en rara letanía, sabiendo que sabían que inventaban la fórmula universal de la belleza.

Poco a poco, la expedición atravesó la historia. Hubo momentos en los que, a expensas de los caprichos de un río abandonado a sí mismo, que cambiaba de lecho a perpetuidad y en cuyas aguas se reflejaban, nadie sabía si remontaba el valle, si descendía al lecho, si iba o si volvía, en fin, desde las rosas hasta las lágrimas, o viceversa.

Hypatia, hija fiel de su melancolía, sigue acodada en la mesa de un bar, buscando y rebuscando letras en una copa de vino; con los labios, con la lengua, con lo que calla y angustia en la estrechez de su garganta. Ella escribe sus páginas con desesperación, pero no logra más que dibujar pininos sobre un orden de dinastías divinas y sobre un orden de circunstancias profanas. Ella sabe que el otro sabe que ella sabe lo que no sabe.

Mientras tanto, para el asombro de todos, el coro de sacerdotes de Menfis se dispuso a cavar cinco fosas, para encontrar –dijeron y dicen– una raíz cuadrada.

–¿Qué hacen? ¿Con qué objeto hacen lo que hacen? –preguntó Menés, atónito.

Harta ya de tanto desvarío, Hypatia se propone, ahora, concluir su escrito. Cuatro espacios antes de la palabra final, Pitágoras se acerca para disuadirla con un susurro, pero se ve interrumpido cuando ella, con su eterno afán de reinterpretación del mundo, abandona la pluma para siempre, dibuja un gesto desdeñoso, como quien se espanta un mosquito con el dorso de la mano, censura y sentencia:

–Ya sé, no me digás, tenés razón. La vida es una herida absurda.

Hypatia

Defensa de lo eterno


Para P., en la plaza de sus besos.


Tómese este escrito como testamento hológrafo, como repulsa del vacío, como expresión inequívoca de una esencia, de una íntima y desenfadada inscripción y otórguesele el valor de un deseo, de una necesidad y de un hondo regocijo.

Véase este borroneo nebuloso, como un legado de letras que dirige su cauce hasta la incierta desembocadura de todo pensamiento posterior.

Yo, Hypatia, en pleno uso de mis facultades mentales, sentada en medio del absurdo espacio adverbial de lo que nunca y de lo que siempre, me visto con el sayo de un noble personaje, con la ilusión de ser salvada de mí misma y con la esperanza de repartir, sobre los libros, el resplandor de un trazo de carbón con veleidades de diamante, que me entregó la infancia sin que se lo pidiera.

Y es aquí, sentada, donde digo:

Que mi femineidad tiene una condición de estatua, paciente y pensativa, que yace detrás de los jardines enrejados y que la llave de mis torbellinos está en aquella rosa, o en aquélla.

Que la solución al enigma entre el silencio y el amor –esa confusión recurrente- se encuentra en un par de ojos teológicos por los cuales, cualquiera puede ser mirado, siempre que sepa develar las cifras y las letras de los cristales antiguos. Que descifrar y desletrar, es la consigna.

Que lo que soy es donde estoy y que donde estoy, mi quehacer responde a lo que soy. Que soy un alma tan capaz de otorgar impunidad a los pecados capitales, como de perder la costumbre por la aventura del caos y así, llamar “introspección” a la muerte de mi propia palabra, o tomar a la ligera mi eventual hundimiento sin fin en una estremecida noche submarina.

Que el tiempo no está ni en las campanas del reloj, ni en las cabezas amarillas, ni en las tardes calurosas que –por fortuna- se hicieron nada más que para estar desnudos. Que el tiempo no está, salvo en las manos crispadas de los impotentes, o en la soledad de los cerezos y en su fatal desamparo de golondrinas escapadas.

Que la fortaleza de mi nombre reside en el fuego de otra boca y que si esa boca no me nombra, se me cansa la sonrisa y es entonces cuando me paro, bajo las constelaciones, a tratar de distinguir apenas la línea durmiente -bella durmiente- del horizonte.

Que no tengo humildad porque siento que mis alas emergen de la nada y, por lo tanto, que todo lo que digo aquí y en especial, que lo que aquí no digo, tiene una pretenciosa vocación de salmo.

Que mi sueño consiste en una palabra retomada, por hombres y por grillos, antes de que el viento la disperse y que esa palabra –ojalá- sea transmutada en risas y canciones, en números como pájaros, que ridiculicen las lúgubres maniobras de las deidades peinadoras de la noche, de los verdugos de poetas, de los eclipsadores de espejos y de los carceleros de laureles.

En tierra de BasUrgas, a los nueve días de un aromado mes de marzo, en tiempo de palomas, la que suscribe, da fe y anhela rebeliones de estrellas desbandadas.

Hypatia