
De las diecisiete colonias agrícolas judías que, en 1846, se establecieron en la provincia de Ekaterinoslav, al sudeste de Ucrania, Trudoliubovka llevaba el número cinco.
De las treinta y dos familias que se refugiaban en la sonoridad de su nombre, la de los Kazintsov era una de las más respetadas, porque su jefe era “feldsher”, una especie de curandero, además de consultor y consejero comunitario. El era el encargado de llevar, con dulces salmos, un dudoso consuelo a los moribundos, pero también era convocado, en cada festividad, para la confección del menú. En esos casos, indicaba la conveniencia o la inconveniencia de ciertos alimentos, con el mismo rigor de un Moisés que impone orden en el Eros desatado de su pueblo, a la sombra del Monte Ararat.
De las dos calles que constituían el escenario, una era larga y ancha. La otra, tan estrecha y corta como el poder entusiasta del “feldsher”, frente a las crueldades del destino. Esta callecita era llamada “la calle de los perros”. Eso obedecía a que un individuo ignoto, pero con más hambre que escrúpulos, solía levantar a cuanto perro anduviera suelto por las comarcas vecinas, para luego venderlo en ese lugar. Entonces, de todos los perros de Ekaterinoslav, cada familia en Trudoliubovka tenía, por lo menos, uno.
De las dos casas que se erigían entre los dos únicos negocios de la Colonia, una era la del oscuro rabino Pinkhas y la otra, la del “feldsher” Kazintsov cuya hija, Ekaterina, tenía el nombre más pro-imperial y menos original de toda Rusia.
De todos los ríos del mundo, el Dnieper era el más cercano, el más querido, el más azul, el más verde y el menos pródigo. Pero aunque el pescado debía traerse desde la ciudad de Melitopol, la inspiración de más de un poeta ruso, como Maiakovski, seguiría declarando, muchos años después, que “morir es una cosa fácil y que hacer vida, es mucho más difícil”.
En la fotografía, la forma en que Ekaterina se para en el siglo XIX, para abrazar a Víctor; el modo en que sonríe y apoya la cabeza sobre la solapa izquierda del traje de él, mientras le rodea los hombros con su brazo derecho y deja caer, desde su mano, un ramito de flores, induce a cualquier observador, parado en el siglo XXI, a cierta especulación rayana con la suspicacia.
Víctor, el hombre contenido en el abrazo, altísimo, barbado, rubio y con un rasgo de felicidad, apenas disimulado debajo de la visera de su gorra, fundamenta, con su apostura, el abrazo, la sonrisa y las flores, aún pendientes, de Ekaterina.
El mote de “Princesa Kazintsov” lo había recibido a causa de su afán por el estudio. Ningún judío sensato se aventuraba fuera del obligado confinamiento en la Colonia, como no fuera por razones de fuerza mayor. No se sabe cómo logró Ekaterina, en plena pubertad, soslayar los mandatos de la sensatez y omitir la ortodoxia de la cultura familiar.
El hecho es que, por no contar la Colonia más que con una escuela de nivel primario, a despecho de la persecución zarista, la discriminación y el desprecio hacia su linaje, ella asistió al Liceo de Melitopol, ciudad que, por lo visto, no sólo proveía de pescado.
Durante el viaje en tren de cada día, alentada por las apasionantes reflexiones de su compatriota, la aristocrática Helena Blavatska, fundadora de la Teosofía, Ekaterina dibujaba laberintos de astros rellenos de palabras y pergeñaba poemas mechados con estrellas. A mera punta de lápiz delineaba, en su cuaderno, flechas que apuntaban hacia el norte de todos los espacios imposibles.
De modo que, al tiempo que los varones se encajaban el “kipá” en la puerta de la sinagoga y las mujeres abrochaban el último botón de su recato, para predisponerse a los rezos, su juventud atravesaba, reluciente y astral, la melancolía de los campos, el amanecer de las aldeas y la violencia solapada de todos los obstáculos.
Uno de los vecinos más apreciados por todos, se llamaba Reb Ber. El tenía un viñedo y, en tiempos de cosecha, dejaba que los niños fueran los primeros en arrancar los mejores racimos. De ese modo, más de un niño llegó a olvidar -al menos mientras se demoraba en la voluptuosidad de las uvas- su condición de perseguido, para ser tomado como soldado al servicio del ejército del zar.
El afecto y la admiración de los adultos hacia Reb, tenía otra razón de ser. Su oficio de “colocador de huesos” era mentado en todo Ekaterinoslav. Salvo oprobiosas excepciones, como una renguera de por vida que, con sus tejes y manejes, era capaz de legar –involuntariamente, claro- Reb podía enderezar cualquier porción del esqueleto que se hubiera descolocado. Así, sus coterráneos más desvalidos, podían seguir sosteniendo su cuerpo sobre las adversidades del contexto. Por fortuna, Ekaterina nunca tuvo que acudir a sus servicios. Ella sabía muy bien que, a los abismos, sólo había que bordearlos y que no existía sustento más seguro que la alfombra al lado de la cama, al levantarse para ver el día, cada día.
Los pastores se ponían a ordeñar al alba, antes de conducir sus rebaños a los campos de pastura y la gran calle desierta, comenzaba a crecer como una curva de colores, llenándose de jóvenes que salían a cantar y a bailar.
En invierno, cuando el Dnieper se congelaba y los buitres eran capaces de sobrevolar los trineos, los hombres no tenían nada que hacer. Entonces iban a la escuela donde, con suerte, se recibían diarios enviados desde Moscú o San Petersburgo. Cuando eso acontecía, corrían a las zancadas sobre la nieve, con los preciados rollos debajo de los brazos. La exaltación de su llegada, marcaba el momento en que el mundo sería depositado en el centro de cada rueda familiar. Uno de los protagonistas principales de esa escena era el samovar y, desde las bodas hasta las guerras, tenían lugar allí debajo, justo en el lecho de un caudaloso y caliente río de té.
Como en la Colonia no había un solo lugar donde comprar ropa nueva, Ekaterina cosía calzoncillos, trajes y vestidos; tejía medias y hacía magia con los cueros y las pieles. Su aguja se insertaba desde abajo hacia arriba, con el mismo vaivén con que acompasaba sus conjuros y en la misma certera dirección: desde la tierra, hacia el cielo.
La ceremonia del encendido de las velas, en las festividades, le daba serenidad y le aclaraba aún más la frente. Pero lo que más le gustaba, era el ritual de salir de la casa, toda vez que se rezaba en memoria de los muertos de la familia. Todos los que tenían a sus padres vivos, tenían la obligación de hacer eso. Entonces, su regocijo era doble. No sólo podía pensar en la gracia de conservar la compañía de sus padres, sino que el hecho de escapar de las palabras de la muerte, la hacía sentirse al resguardo de todo el desamparo de sus circunstancias y de todos los fantasmas de su época, incluyendo el de Iván el Terrible.
Moshe Nol resultaba siempre el elegido, a la hora de buscar un vecino prominente para la celebración del “Yom Tovim”. El era el encargado de cobrar los impuestos y responsable de cuanto sucediera en la Colonia. Era el “starosta”, el alcalde. A él se le confiaba todo el producto de los campos y era él quien custodiaba las bolsas, hasta su llegada a Mariupol, donde vendía todo. El primer dinero, lo apartaba para las tasas y con el resto compraba cueros, pieles y géneros, para que todos fabricaran ropas nuevas.
Ekaterina solía recibir a Moshe en la puerta de su casa, ansiosa por ver la calidad de los tejidos o por apreciar el color de las pieles. Nadie hubiera sospechado jamás que el rubor que surgía en sus mejillas no obedecía al frío, sino a la aparición de Moshe, en el preciso instante en que doblaba por la “calle de los perros”. Varias reminiscencias licenciosas se disparaban, entonces, a dos puntas, en la memoria de ella, desde los negros bigotes de Moshe. Al mismo tiempo, el apuro que parecía mostrar él por entregarle la mercadería no tenía, en verdad, otro objetivo, que la necesidad de hundirse en el verdor selvático de los ojos de ella.
Desde el principio, sin necesidad de recurrir a los conjuros, fue Ekaterina misma quien encontró el pretexto. Simular disgusto por la elección, poco feliz, de alguna tela y correr a la casa de Moshe, con una ficticia bandera de protesta y una secreta actitud de enredadera, eran un solo acto. El resto de la pasión se desplegaba, entre los dos, como una pieza de tela: de un solo empujón y con varios metros de placeres extendidos.
Lo mejor, además de la comida, era el vino. Ekaterina esperaba a quien fuera que viniese, con el vino en la mesa. Cuando su padre rezaba el “Ma Nishtanah”, en un hebreo tan circunspecto como sensual, siempre llegaba a la parte en que decía “éramos esclavos”. Entonces ella clavaba la mirada en el efímero tiempo circular de alguna bandeja ceremonial donde, una sola hilera de huevo duro y a lo sumo otra, de cebollas pasadas por agua salada, le sugerían el universo. Así, luego de escuchar a su padre decir eso, soñaba con todas y cada una de las libertades humanas.
La esclavitud era cosa del pasado. Sentía que su vida se abría como un arco y con las venas tensadas era tan capaz de objetar, en presencia del mismísimo rabino Pinkhas, algunos de los preceptos de la Torá, como de llevar la complicidad con Moshe, desde el fogoso embrollo de las sábanas, hasta la furia de un llamado común a la asamblea, ante la amenaza de los “progroms”. El propósito, por utópico que pareciera, era quebrar la -por entonces ya endeble- enjoyada paz de Nikolai II.
Aquel Octubre luminoso, no sirvió para nada. El martes 21 de diciembre de 1918, Ekaterina organizó, junto a Moshe, el último llamado a una asamblea popular. Ya se sabía que una fracción de campesinos, comandada por un tal Néstor Machno, un sanguinario a ultranza –y no por anarquista, sino por mal nacido- invadiría Trudoliubovka en cualquier momento.
No se sabe si fue la estrella, en ese ángulo de su carta astral o su noción acerca de la relatividad de los conjuros. Víctor, que lo sabía todo de ella, no dejó testimonio. Pero él, que no hacía más que enamorarse de la fuerza con que Ekaterina cargaba cada decisión de importancia, la apoyó en el grito y en la idea: “Vámonos de aquí!”.
El último “progrom” diezmó a la comunidad de Trudoliubovka, el viernes 24 de diciembre de ese año. Hubo quien dijo que el arma la portaba ella y que hasta disparó varios tiros sucesivos, gracias a los cuales pudieron abrirse paso. Ese mismo día, con una aguja que atravesaba la tragedia desde abajo hacia arriba, para coser las velas y elevarlas al viento, Ekaterina miró hacia América, acodada en la baranda de la cubierta de un barco.
Hoy, a modo de inventario, podría decir que atesoro, por lo menos una estrofa completa de una pequeña canción rusa, sencilla y romántica, en mi memoria. Hay algo, en mi actitud corporal, que repite el modo Kazintsov de abrazar a un hombre amado. Tengo, también, la manía de homenajear todo aquello que estremece, a saber: las revoluciones, el tránsito de las esferas celestes, los besos memorables y alguna que otra cosa que ahora se me olvida.
Pero lo que no olvido, ni descuido y lo que me hizo capaz de jurar amor eterno, es ese ramo de flores inclinadas, siempre vivas, que baja hasta mí, burlándose del tiempo, desde la mano de mi bisabuela Ekaterina Kazintsov, “la Princesa”.
Hypatia
